Estás viendo fantasmas
Cuando era niña no le tenía miedo a nada. No tenía miedo de caminar cerca de un precipicio, de bajar en una tabla precaria una ola más o menos grande
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Y como ese amor no fue correspondido, una vez más esos fantasmas se quedaron conmigo. Desde entonces esa era otra casa a la que tampoco quería entrar, porque también me parecía que era de terror. Pero ella tampoco me dejaba ir y un día me decía toca, toca la puerta, y otro día me decía no sé de qué puerta me estás hablando. Solo le bastaba entreabrir un poco la puerta para que todos esos fantasmas salieran y me pusieran de nuevo de rodillas, como en esa antigua casa del terror. Y juro que esta casa era aún más terrorífica cuando ella me miraba sonriendo, cuando ponía su mano en mi hombro o cuando íbamos juntas en su auto, yo cambiando la radio, ella diciendo esa no, cambia, esa tampoco. Se volvía terrorífica cuando ella me hablaba y yo sentía que la oreja se me movía un poco, no exagero, o cuando alguna vez me abrazó y fui absurdamente feliz todo el resto de ese día, o cuando llegaba a mi casa y buscaba su olor en mi ropa, o cuando me compraba ropa pensando en ella, o cuando le escribía largas cartas a mano, o cuando miraba las pecas de su pecho, los anillos en sus dedos, cuando advertía que no llevaba sostén, cuando la miraba a través de sus pantalones de lino, cuando trataba de adivinar en voz alta de qué color eran sus ojos, cuando le regalé una flor seca que había encontrado en un libro de mi abuela, cuando un día le di un beso en la mejilla y me fui corriendo, cuando mis padres viajaron a Nueva York y mi único encargo fue un regalo para ella. Como si eso no fuera suficientemente aterrador, todo se volvía aún peor cuando ella no me miraba, cuando abrazaba a otra persona, cuando me decía tengo otras cosas que hacer, cuando me decía tengo prioridades, cuando no me contestaba el teléfono ni los mensajes, cuando una tarde se olvidó de que nos reuniríamos, cuando se reía de mí, cuando una vez nos peleamos a los gritos y me dijo: estás viendo fantasmas, estás obsesionada conmigo. En todos esos últimos casos la odiaba. Odiaba cómo se había vestido, como me había hablado, como se había peinado, como caminaba. En esos momentos todo en ella me parecía repulsivo y a la vez deseable. Eran breves, brevísimos momentos en los que la odiaba tan profundamente que eso solo podía ser mi primer amor.
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Creo que esa ha sido la segunda casa más terrorífica a la que he entrado. De esa casa no salí con los brazos abiertos, no recuerdo cuándo salí, solo sé que salí.
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