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ANÁLISIS

Fabricantes de luz. Václav Havel [II]

“Hoy en medio de circunstancias tan difíciles de mi país-tanto las vividas como las que aún quedan por vivir-, es importante adoptar la verdad como valor superior, sentenciar que ella importa, incluso cuando parece inútil”

Por ORLANDO VIERA-BLANCO

“Es sustituir realidades por apariencias, certidumbre por engaños. Es sustituir a los fabricantes de sombras por fabricantes de luz, amor y verdad, para que termine lo que debe acabar y comience lo que tiene que nacer…”. Václav Havel

Ya lo sentenció el poeta Cesário Verde. “¡Piedad de la miseria!… ¡Compasión de mí!…” Y en las esquinas, eterno, sin descanso, siempre pide limosna un anciano calvo, ¡Mi viejo profesor en clase de latín!”.

Sin misericordia el dolor humano encuentra en amplios horizontes, el odio como hiel, convirtiendo en un mar siniestro-oscuro y profundo-la vida sin descanso…

Havel supo romper con la hostilidad que significa no tener piedad con la miseria. A fin de cuentas es no vivir en paz con uno mismo. Ese es su legado: dejar atrás edificios sepulcrales, como montes llenos de odios, torturas y rencor, para que germine en la tierra su verdor y nazca lo que tiene que nacer: un agreste jardín-silvestre e indómito-donde la luna y el sol se besen, en un libre atardecer.

Porque la libertad es eso: no dominar, no amoldar, no controlar a la legítima soberbia de la naturaleza, lo que nada ni nadie puede domesticar como lo es la esencia del hombre, cuya soberbia por ser libre, supera su propio ego. Y nacen los hombre que vencen las sombras…!Piedad de la miseria!… ¡Compasión de mí!…”

La autoridad moral que precede al poder

Hay hombres cuya importancia histórica puede medirse por los cargos que ocuparon. Otros, por las guerras que ganaron o por los territorios que conquistaron. Václav Havel pertenece a una categoría mucho más rara: la de aquellos cuya verdadera influencia no proviene del poder que ejercieron, sino de la autoridad moral que adquirieron mucho antes de alcanzarlo.

La primera vez que comprendí quién era realmente Havel no fue leyendo sus discursos presidenciales, ni contemplando las fotografías que lo muestran saludando desde los balcones de la Revolución de Terciopelo [noviembre de 1989].

Fue leyendo las referidas Cartas a Olga, donde descubrí a un hombre que hablaba menos de política que de responsabilidad, menos de ideología que de conciencia, menos de victoria que de verdad, menos de él que de su pueblo.

No podemos sustituir un resentimiento por otro repetía incansablemente. Pero también descubrí que aquellos hombres que son capaces de amar a otro ser humano más que a sí mismo, son aquellos que realmente dan la vida por un ideal. Su amor por Olga era tan infinito como desafiante y comprometido.

Mientras el régimen checoslovaco intentaba quebrar su voluntad, él reflexionaba sobre la dignidad humana, sobre la necesidad de preservar una vida interior independiente y sobre el deber de permanecer fiel a la propia conciencia incluso cuando nadie observa. Pensando que nadie le veía, le comenté

—Una vez cenando con Martin Luther King [sobre lo cual escribiré pronto] me comentó: la dignidad no se hereda Orlando, la dignidad se ejerce todos los días, aunque cueste caro.

—Que buena frase Viera-Blanco. Vaya si King la supo honrar, porque aun después de haber pagado con la vida su lucha, sus sueños siguen haciéndose realidad. Y así los hijos de la libertad sin importar el color de piel, siguen compartiendo mesa, himno y una misma bandera.

—Las dictaduras suelen equivocarse acerca de la naturaleza de sus enemigos, agrega Václav […] Temen a los ejércitos, vigilan a los conspiradores y persiguen a los agitadores. Sin embargo, los hombres que terminan derrotándolos suelen ser aquellos que se niegan a mentir”, sentenció. Hombres como Martin Luther King se negaron a vivir en la mentira y murieron dignamente, por un sueño que no por serlo, fue verdad.

Havel comprendió muy pronto que el poder totalitario no descansa únicamente sobre la fuerza. Descansa también sobre la colaboración cotidiana de millones de personas que aceptan fingir, que creen aquello que en realidad saben falso. Colaboración que exprime lo peor del ser humano, por llevarlo al extremo de conculcar la compasión por la cooperación inconsciente.

El poder de los sin poder—obra maestra de Havel—consagra una reflexión que terminaría convirtiéndose en una de las ideas políticas más importantes del siglo XX: la mentira necesita cómplices; la verdad sólo necesita testigos[…] Vuelvo con la historia del verdulero que coloca un cartel propagandístico en el escaparate de su negocio porque todos esperan que lo haga. Es probablemente una de las metáforas más brillantes jamás escritas sobre el funcionamiento de las sociedades sometidas.

El comerciante no cree en el lema. Ni siquiera le interesa. Lo exhibe para evitar problemas. ¡Proletarios de todos los países uníos! Sin embargo, cada vez que lo hace contribuye a sostener edificios—concretos sepulcrales decíamos—construidos precisamente sobre ese ritual colectivo de simulación, mientras no vende nada, sino su alma. Y al primer cataclismo humanista las ideologías caen como esos pilares en suelos sediciosos.

La Carta del 77. La Revolución de Terciopelo

En 1977 fue uno de los principales impulsores de la Carta 77, un manifiesto que exigía al gobierno checoslovaco respetar los compromisos internacionales sobre DDHH que el propio Estado había firmado. No pedía una revolución. No reclamaba la caída del régimen. Tan sólo exigía coherencia entre las promesas oficiales y la realidad.

No era un hombre especialmente carismático en el sentido tradicional del término. No poseía la retórica de un tribuno ni el magnetismo de un caudillo. Era más bien un intelectual tímido, un dramaturgo acostumbrado a observar antes que a imponerse. Sin embargo, precisamente en esa aparente fragilidad, residía parte de su fuerza.

Los regímenes autoritarios siempre esperan enfrentarse a enemigos que se les parezca. Necesitan adversarios violentos porque saben combatir la violencia. Necesitan fanáticos porque entienden el lenguaje del fanatismo. Lo que les resulta incomprensible es un hombre que responde a la arbitrariedad con serenidad, a la propaganda con verdad y a la persecución con una obstinada fidelidad a sus principios.

Mientras muchos soñaban con el día de la revancha, Havel reflexionaba sobre algo completamente distinto. Comprendía que la libertad política carecería de sentido, si terminaba reproduciendo las mismas deformaciones morales del sistema que pretendía sustituir.!Piedad de la miseria!…¡Compasión de mí!…decía el poeta.

—Asumir el poder no es cambiar el rencor de manos. Es tener el gesto superior de redimir. La dignidad que comporta el perdón no nos hace débiles. Es lo que nos distingue de aquellos que alimentan la tiranía con la ‘alegría’ del dolor ajeno.

Dignidad que se ejerce todos los días y en todos los sitios, en las praderas o en las mazmorras, frente a un bosque iluminado por el misterio de la noche o frente a un pelotón de fusilamiento de hiel y sangre derramada de inocentes. ¡Piedad de la miseria!… ¡Compasión de mí!…es dar luz sobre la sombras.

Décadas después, al observar numerosos procesos políticos en distintos lugares del mundo—y pensando en el nuestro, el venezolano—sigo pensando que la dignidad y la piedad fueron sus intuiciones más profundas. Sin ellas seremos otra versión...

Es relativamente fácil derrocar una estructura de poder

Lo difícil es evitar convertirse en una versión diferente de aquello que se ha derrotado.

El antivalor del odio llegó acompañado del “mérito” del trepador, el cooperante y el inmisericorde. Carencias que han minado el valor del trabajo honesto y el mérito de la verdad. Václav Havel ha significado en la historia más reciente de la humanidad, un sano recordatorio de los clásicos: la certeza que la libertad y la democracia no es sólo responsabilidad del estado, sino también responsabilidad y participación de sus ciudadanos.

Una sociedad que asume su compromiso grupal hace que los partidos políticos, los burócratas y las instituciones, incluyendo la justicia, rindan cuentas.

—Cuál es el precio de la libertad, pregunté a Havel con ansiedad.

—El precio no es muy alto ni difícil: “El precio de la libertad amigo invisible, es la responsabilidad. *El tema es trabajar por algo bueno, no sólo por aquello que tenga posibilidades de éxito.*

Esa frase contiene el concepto más prístino de nobleza y generosidad como base del ejercicio de la función pública. No es sentirse victorioso por ganar una elección o coronar el poder. No es sentirse bien por alcanzar objetivos. Es sentirse ganador porque se ha hecho un trabajo que procura la felicidad de los ciudadanos y el buen ejemplo en los jóvenes. No es construir un puente, una plaza o una escuela. Es conservarlo, es que perdure en el tiempo…lo cual no depende del militante. Depende de nosotros.

¡Piedad de la miseria!…! ¡Compasión de mí!…

—Téngalo presente Viera-Blanco: Sin ciudadanos libres y responsables, no puede existir un estado libre. Ahí reposa la lección aprendida. Parafraseando a Václav diría: Sin ciudadanos responsables, la democracia es frágil y el estado quedará a merced de los rencorosos, sin piedad, sin compasión. Y [El estado] se hará ausente.

La Revolución de Terciopelo.

Comenzó en noviembre de 1989. Millones de ciudadanos salieron a las calles de Praga y otras ciudades exigiendo reformas democráticas. El bloque soviético se encontraba en proceso de descomposición y el régimen comunista checo perdió la capacidad de imponer obediencia.

No fueron jornadas dominadas por la violencia sino por una extraordinaria movilización cívica. Los ciudadanos agitaban las llaves en las plazas públicas. Aquel sonido metálico parecía anunciar el cierre de una época y la apertura de otra. Havel apareció entonces en sede de la historia, que no toca la puerta, simplemente entra e inaugura, con discreción, determinación y compasión, otra historia.

El 29/12/1989 fue elegido presidente de Checoslovaquia [por elección de la Asamblea Legislativa]. Es difícil imaginar una transición más improbable. Un dramaturgo perseguido por el Estado asumió la jefatura del mismo Estado que había intentado silenciarlo pero que no pudo, porque había decidido no sólo vivir en libertad sino vivir en la verdad, que es practicar la dignidad, cada día, cueste lo que cueste.

Lo que más me impresionó de aquellos primeros meses no fue su ascenso al poder sino su actitud hacia quienes lo habían perseguido. Muchos esperaban ajustes de cuentas. Muchos deseaban humillaciones públicas. Muchos confunden justicia con venganza. Havel no. En sus discursos insistía una y otra vez en la necesidad de reconstruir la vida democrática sobre fundamentos morales sólidos.

Sabía que una sociedad fracturada por décadas de opresión podía caer fácilmente en la tentación una nueva versión del odio. El eligió a una versión noble del amor, como el que sintió por Olga, por la verdad.

Y precisamente allí aparece la lección que considero central en toda su trayectoria: ¡Piedad de la miseria!…! ¡Compasión de mí!…

—La democracia Orlando, no consiste en cambiar quién humilla y quién es humillado. La democracia consiste en terminar con la humillación como instrumento político.

No porque ignorara los sufrimientos provocados por el régimen comunista. No porque creyera que los responsables debían quedar impunes. Sino porque la justicia pierde legitimidad si no viene precedida de piedad ni misericordia. Ya lo dijo San Agustín: Pobre de aquellos miserables, que aún siendo míseros, no son capaces de tener misericordia por sí mismos.

En una época cada vez más inclinada a reducir la política a intereses, estrategias y cálculos electorales, insistía en hablar de conciencia, verdad, dignidad y deber. Muchos consideraron aquellas palabras ingenuas.

Hoy me parecen extraordinariamente realistas, por humanas, por gloriosas, por magnánimas, por redentoras.

Entonces llega la transición y el 1 de enero de 1993 nace la República Checa tras la división pacífica de Checoslovaquia, es reelecto presidente por votación popular y ejerció el poder hasta 2003.

Desde ese cargo continuó defendiendo la integración europea, el Estado de Derecho y la protección de las libertades fundamentales. Nunca pareció sentirse completamente cómodo con el poder. Y quizá esa incomodidad constituía una virtud: Los hombres más peligrosos son aquellos que terminan creyendo que el poder les pertenece. Havel siempre pareció considerarlo una responsabilidad prestada.

El 18/12/2011 murió en Hrádeek, la casa de campo donde había pasado buena parte de sus últimos años.

Su legado: No es humillación, es perdón.

Havel demostró que la conciencia puede resistir al miedo sin convertirse en odio; que las naciones cambian cuando se levantan antes que el terror sea capaz de moldear su espíritu y que la verdad posee una fuerza histórica superior a la propaganda cuando encuentra hombres dispuestos a vivir [y morir] por ella.

Demostró que el perdón no es una forma de debilidad, sino una expresión de fortaleza moral. Que una nación no se reconstruye si sustituye redención con más humillación. Que la justicia y perdón genuino, es la base espiritual de la paz republicana. Un equilibrio entre lo ético y lo normativo difícil de conciliar, pero imperativo.

Hoy en medio de circunstancias tan difíciles de mi país-tanto las vividas como las que aún quedan por vivir-, es importante adoptar la verdad como valor superior, sentenciar que ella importa, incluso cuando parece inútil; porque hace que la dignidad se imponga, incluso cuando su costo es muy caro.

La verdad—me dijo en su lecho—no consiste en saber que algo saldrá bien, sino que algo tiene sentido para que termine lo que tiene que terminar, y nazca lo que tiene que nacer: Fabricantes de la luz que vence las sombras, que hace que el sol-con legítima soberbia-bese a la luna...indomable, natural, silvestre, libremente.

-¡Piedad de la miseria!…!Que nada ni nadie domestique vuestro espíritu libre! !Que [Dios] tenga compasión de mí…! y de vosotros.

*Abogado. Ex Embajador en Canadá
@ovierablanco vierablanco@gmail.com

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