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OPINIÓN

Había una vez un villano...

“El discurso político del marxismo fue diseñado para hacer sonar las mentiras como verdades y el asesinato como algo respetable.” George Orwell

Por NINOSKA PÉREZ CASTELLÓN

Había una vez un villano. Pero no cualquier villano. Era un agresor imperialista que puso a todo el país a revolcarse en las trincheras practicando entrenamiento bélico para derrotar su imperio del mal.

Durante meses, el régimen cubano, con el viceministro de Relaciones Exteriores Carlos Fernández Cossío al frente, dedicó lo mejor de su retórica revolucionaria a describir a Donald Trump como la reencarnación caribeña del mal absoluto. En enero del 2025, el propio Fernández Cossío lo comparó con Hitler. En mayo del 2026 lo calificó de "criminal". Miguel Díaz-Canel no quiso quedarse atrás y con la kufiya de Hamás al cuello, describió a la administración de Trump como "fascista".

Los voceros oficiales denunciaban genocidio, guerra económica y crímenes contra la humanidad. Era la misma letanía de siempre: La lucha contra el imperialismo y esa retórica cargada de decadente ideología que solo existe en los manuales de la Escuela Superior del Partido.

Y, de pronto, ocurrió un milagro.

El propio Fernández Cossío, con el cinismo de quien sabe que el dinero no tiene olor ni ideología, le dice al New York Times que no existe razón alguna para excluir a Trump o a su organización de hacer negocios en Cuba. "Si quiere hacerlo de manera pacífica, no vemos ninguna razón para excluirlo". ¿Pero no era Trump un villano hasta ayer? Y el vicecanciller revolucionario remata la invitación con una frase que merece pasar a los anales de la diplomacia de la desesperación: "Lo que prohíbe que Donald Trump invierta en Cuba son las leyes de Estados Unidos". Nosotros, los revolucionarios, no tenemos problema alguno. Que venga. Que traiga su capital. Como parte del reordenamiento podemos hasta cambiarle el nombre a Cayo Santa María. Aquí no somos creyentes, no tenemos problemas con llamarlo la Isla de Trump."

Por supuesto. Esas mismas leyes que convirtieron la propiedad privada en un pecado mortal, solo para los cubanos, no para los extranjeros y los dólares que en una época eran una amenaza existencial, han dado un nuevo giro hacia el mundo de la tolerancia. Siempre y cuando ese capital extranjero se llame Trump.

La transformación es tan elegante como la de un ilusionista que cambia de vestuario en medio del espectáculo. Ayer Trump era el malo de la película. Hoy es un posible socio estratégico. Ayer era el criminal que asfixiaba al pueblo cubano. Hoy es el hombre que podría financiar la próxima torre frente al Malecón. Uno puede imaginarse la conversación en la Cancillería: "Compañeros, el fascista tiene dinero. Y nosotros tenemos apagones. Quizás podamos encontrar un punto medio entre el antiimperialismo y la Torre Trump en La Habana"

La hipocresía no es nada nuevo en la política, pero pocas veces se exhibe con tanta desfachatez y tan poco pudor. Durante años, el régimen vendió la idea de que el capital estadounidense era el veneno que destruiría la Revolución. Ahora resulta que ese veneno es, en realidad, el antídoto siempre y cuando llegue en el momento preciso de la crisis energética, la escasez de alimentos y el aislamiento diplomático. El mismo gobierno que hablaba de "genocidio" ahora invita al supuesto genocida a la mesa de inversiones. Es como si, después de acusar a alguien de ser el matón de una organización mafiosa, le des licencia para invertir en un crematorio.

Uno puede imaginarse la publicidad del futuro: "La Isla de Trump, donde la dignidad revolucionaria queda opacada por el brillo de las cinco estrellas de los lujosos hoteles". Al fondo, una estatua de José Martí observa con un gesto de desconcierto un casino que lleva el apellido del magnate. Una foto de Fidel que recibe en el lobby a los turistas ávidos de probar mojitos a la que con inteligencia artificial le agregaron una gorra con el lema de Trump esta es tu casa y un conjunto con claves y maracas que cantan “Si Trump es fascista, que me pongan en la lista”

Y no se trata únicamente de Trump. Se trata del principio. O, mejor dicho, de la ausencia de principios. Cuando la retórica ideológica choca con la realidad de las cazuelas sonando y las termoeléctricas paralizadas, el discurso se dobla con la facilidad de cualquiera de los miembros del consejo de estado carente de columna vertebral. El mismo aparato que exige "respeto a la soberanía" y "no injerencia" descubre de repente que la soberanía es perfectamente compatible con que el presidente de Estados Unidos deje su huella en suelo cubano. Bienvenidos a Cuba, territorio libre desde que llegó Trump.

Hay algo casi estremecedor en la desesperación de los sicarios. Un régimen que se jacta de haber resistido 6 décadas de bloqueo admite ahora, entre líneas, que necesita el capital del hombre al que satanizo sin piedad. Esto no es una apertura. Es una rendición disfrazada de pragmatismo. No es diálogo. Es el reconocimiento implícito de que los principios se venden al mejor postor cuando se apagan las luces y deja de llegar el petróleo.

La pregunta que ningún sicario del Cartel de La Habana quiere responder es sencilla: si Trump es un villano, ¿por qué ahora le abren la puerta?

Por la misma razón que le vendieron la soberanía a la antigua Unión Soviética, dinero, dinero y más dinero y porque la retórica ideológica sirve para los actos políticos, pero no genera electricidad. Porque las consignas no llenan los tanques de combustible ni los estómagos vacíos. Porque el discurso antiimperialista no impide que los aliados miren hacia otro lado cuando Washington aprieta las tuercas.

Esta es la esencia de lo que queda de una revolución fracasada. El viceministro que comparó a Trump con Hitler ahora lo invita a invertir. El gobierno que hablaba de genocidio ahora habla de oportunidades de negocio. Y el pueblo cubano, como siempre, observa desde la oscuridad de otro apagón mientras sus dirigentes nos muestran, una vez más, que la dignidad revolucionaria tiene un precio. Y ese precio, al parecer, se cotiza en dólares estadounidenses y lleva por nombre Donald Trump.

Bienvenidos a Cuba, donde los traidores dejan de serlo cuando traen dólares. Donde al fascista de ayer se le invita a ser el inversionista de mañana. Donde el enemigo brutal puede ser el generoso inversor y la única ideología que realmente importa es la de cómo conseguir dólares para llenar las arcas de GAESA, la compañía privada de la familia Castro.

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