En la antigua Grecia se gestó la política como invención psicológica y, también allí, desarrolló su simbiosis con el deporte. El emperador romano, Teodosio I el Grande, protagonizó una de las más significativas decisiones del período: la prohibición de los Juegos Olímpicos, en el 393 A.D. Estaba condicionada por la aprobación del Edicto de Tesalónica, decretando el cristianismo como religión oficial del imperio y, según Teodosio I, las olimpiadas habían devenido ritos paganos, al practicar la idolatría a más de un Dios.
Juegos Olímpicos: De la Guerra a la post – Guerra Fría
Cuando Pierre de Fredy, barón de Coubertin, inspirado en las citas deportivas griegas, intentó traspolar la idea a la actualidad, pretendía perpetuar el clima de paz que rodeaba a las competiciones en el mundo antiguo. Desde los primeros Juegos Olímpicos del siglo VIII BC en la ciudad de Olimpia hasta el fin de los festejos deportivos, las guerras de la península Helénica eran detenidas para honrar desde los campos de batalla atlética a los dioses.
La pretensión de desarrollar las Olimpiadas en un clima de apoliticidad devino utopía. Los Juegos Olímpicos de Tokio (2020), recién concluidos, reafirman la simbiosis política – deporte. Pensemos en el equipo de refugiados que unió a deportistas de 29 países, por motivos étnicos, políticos y religiosos, entre ellos, el boxeador venezolano Eldric Sella, enviando a casi 83 millones de personas, desplazadas por la fuerza hasta el 2020, un mensaje de solidaridad y esperanza. Rusia debió integrarse en una delegación del Comité Olímpico (COR), al dictaminar la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) la existencia de un programa gubernamental para el uso de esteroides, impidiendo, además, que se enarbolara su bandera y cantar el himno de esa nación.
La ausencia de Corea del Norte fue noticia en los Juegos Olímpicos. El líder norcoreano, Kim Jong Un, dijo, que era para proteger a sus atletas de la pandemia de COVID -19. Sorprendiendo al presidente surcoreano, Moon Jae-in, quien pretendía promover el acercamiento entre ambas naciones, como en los Juegos de Invierno (2018), en Pyeongchang, Corea del Sur, cuando participó la hermana del “niño gordo y loco”, al decir de John MacCain , Kim Yo Jong.
Fue relevante la historia de la atleta bielorrusa, Kristsina Tsimanuskaia, acusada, según declaraciones de la televisión pública de su país, de no poseer “espíritu de equipo”, y perder el “equilibrio psicológico y emocional”, al no querer incluirse en una nueva competición como exigía su gobierno. Ella pidió protección al Comité Olímpico Internacional (COI), al sentir peligro por su vida: Polonia le ofreció asilo político. Este ejemplo, nos rememora la narrativa de la “Guerra Fría”, signada por el enfrentamiento capitalismo – socialismo desde 1947 a 1991.
En el libro “Política y Deporte: El socialismo como último desertor”, abordo la antinomia desde la génesis hasta el fin de la Guerra Fría, aún cuando en las competiciones se simulará la caída de la “Cortina de Hierro” o “Telón de Acero”, legitimada por Winston Churchill, el 5 de marzo de 1946, como símbolo de ruptura física e ideológica.
Si debiera elegir los sucesos más trascendentes en la historia de los Juegos Olímpicos, incluiría el boicot a Moscú (1980), en respuesta a la intervención militar de los soviéticos en Afganistán, y la ausencia de la URSS, cuatro años después, en las Olimpiadas de los Ángeles (1984): apoyada por otros 14 países, que adujeron problemas de seguridad. Una era que finalizó, paradójicamente, en Seúl 88, los últimos juegos de la “Guerra Fría”: triunfo atribuido, al entonces presidente del COI, Juan Antonio Samaranch.
Utilicé el calificativo de paradoja, pues las olimpiadas tuvieron el mismo escenario de la guerra de Corea, donde se enfrentaron estadounidenses, chinos y soviéticos entre 1950 - 1953, aunque solaparan su presencia. Fue un conflicto de dimensiones tales que, según innumerables politólogos, si la Casa Blanca se percata de que los norcoreanos volaban aviones MIG – 15 soviéticos, hubiesen usado la bomba atómica. En esos Juegos, el bloque socialista apostó por la estrategia de Fidel Castro, partidario de exigir una organización entre las dos Corea. El COI sólo admitió la celebración en Corea del Norte de algunos deportes, como tiro con arco, tenis de mesa, varios eventos de ciclismo y partidos de fútbol: una idea rechazada por Kim Il- sung, que boicoteó los Juegos, junto a Cuba y Albania.
Dos hechos mantuvieron al mundo en tensión, previo a la cita; el sabotaje norcoreano del “Vuelo 858 de Korean Air”, el 29 de noviembre de 1987, con 115 muertes, incluyéndose en la lista de países patrocinadores del terrorismo, y la detonación de una bomba en el aeropuerto Gimbo, de Seúl, 5 días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos, que causó la muerte a 5 personas. Los sucesos impactaron psicológicamente en la URSS y la República Democrática Alemana (RDA), entonces líderes del comunismo mundial, quienes, cuidando su imagen ante la opinión pública internacional, prefirieron no sumarse al boicot.
La Guerra Fría llegó a los Juegos Olímpicos Helsinki (1952). En los Juegos coincidieron el debut de la URSS, al aceptar Joseph Stalin la participación; el regreso de Alemania y Japón después de su derrota en la Segunda Guerra Mundial; la inclusión del naciente estado de Israel, aunque los países del Oriente Próximo no reconocieran su independencia; y de China, con una fugaz presencia que no se repitió hasta Los Ángeles (1984). Fueron Olimpiadas con un elevado clima de tensión, en medio de la guerra de Corea; decidiendo los organizadores construir una nueva villa para separar a los atletas de EE. UU y la Unión Soviética. La “ley del silencio”, impuesta entre ambas delegaciones, fue rota por el sacerdote estadounidense, Robert “Bob” Richards, único bicampeón olímpico de salto con pértiga en la historia (1952, 1956), quien felicitó a sus rivales soviéticos cuando obtuvo la medalla de oro.
La actuación en Helsinki de los países de Europa del Este fue excelente. Sobresaliendo el teniente checo, Emil Zapótek, degradado por apoyar a su pueblo en los sucesos de la “Primavera de Praga” (1968). “La locomotora humana” ganó medallas de oro en 5.000, 10.000 y en la maratón; pero la URSS obtuvo 18 títulos menos que EE. UU, resultado calificado por Stalin como descrédito comunista, ordenando multiplicar la inversión deportiva, y reafirmando la tesis de suplantar las ideas de Pierre Fredy, barón de Coubertin, por las de Jean Francoise Paschal Grousset, un activo luchador en la Comuna de París (1871), que creó en 1888 el movimiento deportivo obrero “Liga Nacional para la educación física”. Pero “El hombre de acero” murió, menos de un año después, el 5 de marzo de 1953.
La Olimpiada de Melbourne, Australia, 1956, fue protagonista de uno de los ejemplos, harto elocuentes, de la relación política – deporte. El partido de polo acuático Hungría - Unión Soviética, el 6 de diciembre, reprodujo la violencia que vivió el pueblo húngaro en las calles, al defender sus derechos durante la Revolución liderada por jóvenes, estudiantes y obreros: rememoro el 11J en Cuba. Una represión dirigida por el tristemente célebre Yuri Andrópov, embajador en Budapest y, en 1982, presidente de la “gerontocrática” URSS.
El jugador Valentin Prokopov, émulo de la brutalidad de las tropas soviéticas, arremetió contra el húngaro Ervin Zádor, legando al mundo una foto que trascendió como “Baño sangriento de Melbourne”, aunque los relatos de que se jugó en una piscina teñida de rojo tienen matices mitológicos. Ni a través de la fuerza derrotaron a los “magiares”, que los doblegaron 4 – 0 y, finalmente, fueron campeones olímpicos al vencer a Yugoslavia. Después del partido, inmortalizado por Lucy Liu y Quentin Tarantino en el docudrama “Freedom´s Fury” (2006), Zádor aseguró: “Sentíamos que jugábamos no por nosotros, sino por nuestro país” y, al obtener la medalla de oro olímpica, una parte importante de la delegación, incluyendo al propio Ervin Zádor, pidió asilo político y emigró a EE. UU.
En medio del clima de represión existente, el pueblo húngaro festejó, no sólo la victoria de su equipo de polo acuático, sino la tercera medalla de oro olímpica de László Papp (1948,1952, 1956), quien recibió en 1965 un permiso especial para retar en el “Madison Square Garden” al campeón mundial profesional Joey Giardello, pero le fue revocado por el presidente húngaro János Kadar, quien aseguró: “no podemos permitirnos la mala imagen de un peleador del bloque soviético haciéndolo por dinero”.
Una retrospección puede llevarnos a Alemania (1936). Entonces, Adolfo Hitler preparaba a su ejército para conquistar Europa. Él, manejó de manera magistral el temor al aislamiento social, como defiende Erick Fromm en “El miedo a la libertad, prohibiendo los partidos políticos, salvo el “Nacional Socialista”. Una de las vertientes de su estrategia era usar el deporte como instrumento para fomentar la violencia, aun cuando fuera controlada, ensalzando al boxeo en Mein Kampf (1924): “la práctica del boxeo es el mejor deporte para formar físicamente a una juventud que se había de preparar para la lucha”.
La sede de los Juegos Olímpicos de 1936 fue otorgada a Alemania en un acto de infantilismo político. La competición quiso ser usada por Hitler para mostrar al mundo el poderío alemán, aunque al conocer que Berlín había superado a Barcelona en la puja olímpica se preocupó, pues la organización de la lid podía desviarlo de la ingente militarización del país. Joseph Goebbels, sin embargo, lo convenció de su importancia para obtener dinero, publicitar la ideología, y reafirmar que las ideas del pedagogo alemán Friederich Ludwig Jahn, el padre de la gimnasia, eran superiores a las del barón de Coubertin; pero las posturas racistas y nacionalistas alemanas tropezaron con Jesse Owen, El Antílope de Ébano.
El deportista estadounidense, nieto de esclavos, destronó al saltador de longitud Luz Long, ídolo de la Alemania nazi por su condición de rubio, con ojos azules, y descrito por Hitler como un paradigma del nacional - socialismo. Sus actuaciones, con 4 medallas de oro, recibieron la ovación de los 100.000 alemanes en el estadio olímpico y, aunque la historia pocas veces lo reseña, Owen pasó a la final, después de dos saltos foul, gracias a los consejos de Long en la clasificación. De él, dijo: “Se podrían fundir todas las medallas que gané y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que hice con Long”.
Si Julius Streicher, el ideólogo y editor del periódico antisemita “Der Sturmer”, calificó a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles (1932) como “un infame festival dominado por los judíos”, el sentimiento alcanzó el paroxismo político en Múnich 72, cuando el comando palestino “Septiembre Negro” arremetió en la villa olímpica contra la delegación de Israel, el 5 de septiembre, asesinando a dos periodistas y secuestrando a 9. Exigieron, a cambio de los rehenes, la liberación de 200 guerrilleros palestinos prisioneros en cárceles israelíes. A la postre, un intercambio de disparos en el aeropuerto, al intentar salir del país, suscitó la detonación de varias granadas por los terroristas, que terminaron con la vida de los capturados. Múnich, de Steven Spielberg, disecciona con la maestría que lo caracteriza los sucesos.
Los juegos fueron suspendidos 34 horas. Después de grandes polémicas, Avery Brundage, único presidente estadounidense del COI alegó: "The Games must go on", y se decidió regresar a Mark Spitz, trasladado a Londres por su seguridad al ser judío. El suceso no tiene parangón histórico, siendo sólo comparable a lo ocurrido en Los Ángeles, 1996, al detonarse una bomba en el “Centennial Olympic Park de Atlanta”, muriendo una persona a causa de infarto, y 111 resultaron heridas. Pero no quiero abandonar los Juegos Olímpicos de Múnich, obviando un hecho de trascendencia política. Fue calificado por unos, como “el robo del siglo”, por otros, como “la mayor sorpresa del siglo” e involucra a Cuba: la final del Baloncesto masculino EE. UU – URSS.
La Unión Soviética obtuvo allí una sorprendente victoria. Los estadounidenses habían ganado las finales olímpicas 1952, 1956, 1960 y 1964 frente a los soviéticos y, en 1968, ante el quinteto de Yugoslavia. Los euroasiáticos agruparon el mejor equipo de la historia, dirigido por el entrenador del “Spartak de Leningrado”, Vladimir Kondrashin, artífice de una revolución estratégica en el baloncesto europeo. Liderados por jugadores en plena madurez como Modestas Paulauskas, Sergey Belov (no el hermano de “Sasha”), Alzhan Zharmukhamedov y Zurab Sakandelidze.
El rival de la URSS en la semifinal fue el no menos poderoso equipo cubano: con su mejor actuación en el baloncesto de los Juegos Olímpicos. Los antillanos dominaron el primer tiempo, apoyados por el pueblo alemán casi en pleno, pero un segundo período errático condicionó la derrota (67 – 61) en un partido que, algunos aseguran, fue negociado entre La Habana – Moscú.
El gran favorito en la final era EE. UU. Aunque fueron derrotados por la URSS en los Juegos Universitarios de ese año. Las ausencias de Julius Erving y Swen Nater, dos estrellas del básquet estadounidense pesaban sobre el equipo; unido a la no menos polémica decisión de optar por el técnico Henry Iba, en su condición de doble campeón olímpico, y no tener en consideración a John Wooden, aún en activo, y con una soberbia actuación dirigiendo la Universidad de California (UCLA).
EE. UU ganaba el juego por dos tiros libres de Doug Collins, después entrenador de Michael Jordan, faltando 3 segundos. Al declararse el pitazo final (50 – 49), confluyeron el júbilo de los jugadores estadounidenses y la euforia del público en el Rudi -Sedlmayer- Halle. Entonces, los árbitros decretaron un error en el cronómetro, iniciando la “leyenda de los 3 segundos”, e hicieron repetir el saque a la Unión Soviética ya que, supuestamente, su entrenador Vladimir Kondrashin había pedido tiempo muerto. El diseño estratégico de la URSS fue efectivo, anotando el pívot Alexander “Sasha” Belov, primer jugador ajeno a la NBA en integrar el Salón de la Fama, la canasta que les dio la victoria (51 -50).
El rechazo a la decisión arbitral llegó a niveles tales que, los estadounidenses, nunca aceptaron las medallas de plata. En la actualidad permanecen en poder del COI, y hasta jugadores como Kenny Davis y Tom Henderson dejaron escrito en su testamento que sus hijos nunca podrán recogerlas. Al ser testigos de los sucedido aquel 9 de septiembre, el entonces presidente Richard Nixon, aseguró: “Nos la han metido”, mientras un eufórico Leonid Brézhnev, ripostó: “Ahora sé que Dios existe”.
A sólo una semana de finalizar los Juegos Olímpicos de Múnich, el mundo tenía un nuevo campeón mundial de ajedrez. El match entre Boris Spassky y Robert “Bobby” Fisher fue definido como el “encuentro del siglo”. Enfrentaba, tablero por medio, no sólo a dos países, sino a dos sistemas. La escuela soviética era, para ellos, un símbolo de superioridad intelectual; reafirmando, además, las tesis de la teoría geopolítica “Heartland”, de Harford John Mackinder, que reflejaba las pretensiones imperiales del Kremlin.
La victoria de Bobby Fisher fue una aplastante derrota para el comunismo, aunque, sin desdorar la grandeza del estadounidense, el Comité Deportivo de la URSS ejerció, en aquel momento, nefastas presiones sobre Spasski quien, al caer en desgracia, pidió asilo político en Francia, en 1984.
Devienen símbolos los campeonatos sucesivos de 1984, 1985, 1987 y 1990 entre Anatoli Kárpov (“Tolia”), defensor del comunismo, y Garry Kaspárov (“El Ogro de Bakú”), opositor al régimen y partidario de la “perestroika” y la “glasnost”. En el match de 1990, “El Ogro de Bakú” se negó a jugar con la bandera de la Unión Soviética y, dijo, que, sólo lo haría representando a la Federación Rusa, obligando, a la postre, a disputar el título mundial sin ellas.
Fue el fin de la “era dorada del ajedrez”, caracterizada, no sólo por la rivalidad ajedrecística, sino también personal entre ambos trebejistas. Kárpov siempre arremetía contra Kaspárov con una frase del propio “Ogro…”: “Si no eres tú, ¿quién?”. Pero, es digno subrayar que, cuando Kaspárov creó el partido “Otra Rusia” para enfrentar a Vladimir Putin y fue encarcelado, práctica habitual contra los actuales opositores de la “tandemocracia” rusa, alguien siempre estuvo allí, a su lado: Anatoli Kárpov, quien se convirtió en su gran amigo, al punto que lo hizo exclamar: “Siento que estoy en deuda con él, no sólo por su actitud de ir a la cárcel, sino también por haberme creado. Es que sin Kárpov nunca habría existido Kaspárov”.
Al cierre de este artículo, resumiré de manera cronológica sucesos que no quisiera eludir:
§ El juego España – Unión Soviética, el 21 de junio, en la final de la Eurocopa (1964), fue interpretado por Francisco Franco como una oportunidad para propinar un golpe al comunismo. En 1960 “El Generalísimo” le negó a la URSS la entrada al país para jugar los cuartos de final. En esa oportunidad, los españoles ganaron 2-1 al equipo del “viejo zorro”, Gavril Katchalin, con un mítico gol de Marcelino Martínez en el minuto 84. Los titulares resaltaron la proeza del Santiago Bernabeu sobre “los rojos”, y sobre Lev Yashin,“La araña negra”, único portero que obtuvo el “Balón de Oro”. Sobre él pesaban leyendas como la de ser un hijo de la Guerra Civil a quien le habían lavado el cerebro: esa tarde - noche no vistió la camiseta del equipo nacional, sino del Dínamo de Moscú. El escritor español Manuel Vázquez Montalbán, describió así los hechos: “La victoria sobre el enemigo de fondo, la exportadora de la revolución mundial, de la monstruosa hidra cuya cabeza hemos cercenado en 1939” (refiriéndose a la Guerra Civil en España).
§ Los Juegos Olímpicos de México (1968) se inauguraron, el 12 de octubre, por el entonces presidente, Gustavo Díaz Ordaz. Al decir del novelista Carlos Fuentes: “con una sonrisa de satisfacción tan amplia como su hocico sangriento”. Una semana antes, el 2 de octubre, el país fue víctima de la célebre Masacre en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, con un número de muertes que aún no encuentra consenso histórico, a manos del Batallón Olimpia, creado para proteger la cita deportiva. Fueron esos Juegos, además, testigos de las protestas de los atletas norteamericanos de raza negra, Tommie Smith y John Carlos, ganadores de oro y plata en 200 metros planos, quienes levantaron el puño enguantado en negro durante la premiación, como acto de protesta por la segregación racial en su país. Ambos, fueron suspendidos del equipo olímpico de EE. UU, y se les pidió que abandonasen la villa olímpica.
§ El 22 de junio de 1986 Argentina se enfrentó a Inglaterra en el Mundial de México con victoria albiceleste 2-1. El partido trascendió las fronteras futbolísticas, para algunos, por la mano de Dios, gol logrado por Diego Armando Maradona usando la mano; para otros, por el Gol del Siglo, una de la construcciones futbolísticas más brillantes en la historia; mientras sobresale el contexto político, al percibirse como un desquite por la Guerra de las Malvinas, del 2 de abril de 1982 al 14 de junio de 1982, que, con la rendición de Argentina, dejó una herida difícil de cerrar al morir 649 soldados del país sudamericano. Cuenta José Luis “Tata” Brown que Maradona, antes de salir a la cancha, le gritaba de sus compañeros de equipo: “Vamos eh, vamos que estos hijos de puta capaz nos mataron a un vecino, capaz nos mataron a un familiar”.
§ En los Juegos Olímpicos de invierno (1980) se enfrentaron la selección de hockey sobre hielo de EE. UU y la URSS, en unos juegos desarrollados en Lake Placid, con el matiz de la negativa de Taiwán a participar por autorizar el COI la asistencia de China. Los soviéticos eran los archifavoritos; campeones olímpicos en 1964 ,1968, 1972 y 1976; además, devenía oportunidad para humillar a los “yankees” frente a su propio público, como respuesta, además, a la decisión de Jimmy Carter de no asistir a Moscú 80. La victoria de los universitarios de EE. UU fue un suceso que la prensa definió como un “verdadero milagro”.
Existen otros sucesos trascendentes que reafirman el vínculo deporte - política, pero quedarán para otra oportunidad. Entre ellos, la “guerra del fútbol” o “Guerra de las Cien Horas” entre Honduras - El Salvador, el campeonato de tenis de mesa que abrió las puertas de China a EE. UU, o el posible boicot del Reino Unido a la Copa Mundial de Fútbol Rusia (2018) por el envenenamiento del ex - espía ruso Sergei Skrypal en Inglaterra, a los que sumaría, un largo etcétera.
Si la historia del deporte está permeada por la impronta política, el presente no es la excepción. Pensemos en la polémica del delante del AC Milán, Zlatan Ibrahimovic, con el basquetbolista de la NBA, LeBron James, por la posición de James en defensa de la comunidad negra en EE. UU. Un debate que aúna a Stephen Curry y Colin Kaepernick, líderes de protestas en la NBA, la NFL, y la MLB. Este activismo político sumó al corredor de Formula 1, Lewis Hamilton, con una iniciativa que, a la postre, le granjeó más detractores que seguidores.
Ejemplos fehacientes de salto desde el deporte a la política, son el exfutbolista, George Weah, único “Balón de Oro” africano (1995), y el boxeador, Manny Pacquiao. Weah, es presidente de la República de Liberia desde el 2018, representando al partido “Congreso para el Cambio Democrático”, mientras, Pacquiao, es presidente nacional del “Partido Democrático Filipino-Poder Popular” y, además, senador en Filipinas.
Fue representativa la celebración del presidente chino Xi Jinping de la actuación de su país, a sólo dos medallas de oro de desplazar a EE. UU en el medallero, como una premonición del total liderazgo de la nación asiática en el escenario global. El deporte perfila su continuidad como espacio para expresar el diferendo político en el tránsito de la “Guerra Fría” a la “Post -Guerra Fría”, marcado por el discurso de Xi Jinping en el centenario del partido político más autoritario del mundo, al describir en la ensangrentada “Plaza Tiananmen” un enfrentamiento con China: “Cualquiera que se atreva a intentarlo encontrará su cabeza golpeada contra un muro de acero forjado por 1400 millones de chinos”. Las velocistas Bao Sanju y Zhong Tianshi, al subir al podio, lucieron sendas insignias rindiendo homenaje al líder, Mao Zedong, violando con esta manifestación de ultranacionalismo el artículo 50 de la Carta Olímpica.
Los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 reafirman que, política y deporte siguen unidos para bien o mal, promoviendo espacios de profundo contenido nacionalista que, en ocasiones, me hacen rememorar a George Orwell: “el deporte tomado en serio es como la guerra pero sin tiros”.
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