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La mente de un terrorista

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El 14 de julio de 1986 una bomba colocada por ETA en la plaza de la República Dominicana, en Madrid, segó la vida de 12 jóvenes guardias civiles que viajaban en el interior de una furgoneta. La masacre fue perpetrada por el tristemente célebre Comando Madrid, uno de los más sanguinarios de la banda terrorista, que sembró el terror y la destrucción en la capital de España durante los años ochenta. n
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Años después, tuve la oportunidad, a través de mi entrañable amigo el periodista Matía Antolín, de conocer y conversar en diversas ocasiones con Juan Manuel Soares Gamboa, uno de los miembros de aquel comando de la infamia, que cuenta con el abominable currículum de haber participado en el asesinato de 28 personas. n nY esta vez no les voy a hablar de cárceles o corredores de la muerte. Nos vimos en mi despacho de la productora de El Mundo, comimos en distintos restaurantes y hasta paseamos por el lugar del atentado en la plaza de la República Dominicana, donde nos explicó con detalle cómo se había planeado y ejecutado su detestable plan. n
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Se preguntarán cómo es posible que alguien que haya cometido semejantes atrocidades podía pasear por la calles en libertad, como si su pasado se hubiera borrado de un plumazo.

Soares Gamboa se acogió a un programa de reinserción que llevó consigo un arrepentimiento público, la petición de perdón a las víctimas de sus crímenes y la colaboración con la justicia para delatar y dar información sobre las actividades de sus compañeros terroristas. n
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Durante aquellos días de contactos con Soares, intenté dejarme los sentimientos en casa para obtener la mayor información posible e indagar en la mente de un terrorista, de alguien que apaga la luz cada noche con la conciencia de ser un asesino, más allá de perdones o arrepentimientos. n
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Quizás una de las cosas que más me llamó la atención fue la motivación de Soares siendo casi un adolescente para comenzar sus coqueteos con la banda asesina. Los ideales revolucionarios, la lucha de clases y un nombre: el de Ernesto Guevara, el u201cChe u201d. Otro violento, que al otro lado del mundo se había hecho famoso por sus andanzas con un fusil. n
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La lección final de aquellas charlas fue que de nuestra memoria es del único lugar que nos podemos huir, de allí no hay escapatoria. Y aquéllos que se han cobrado vidas en la búsqueda de unos ideales u2013justos o no- jamás podrán escapar del dolor que han generado a sus víctimas. Cada noche al apagar la luz, los rostros de las personas a las que robaron la vida se les aparecerán para recordarles sus despiadados actos.

Es el único consuelo que nos puede quedar a las personas de bien. Pensar que el castigo más contundente para un terrorista nace de su propia mente, del mismo lugar donde se encendió la mecha para generar nuestro dolor.

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