La paternidad
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Al bajar a la cocina a tomar un jugo, he encontrado de pronto a mi esposa y mi hija. Las he saludado con el cariño habitual y he notado enseguida una cierta crispación. Mi hija no ha dejado que la cargue y la bese. Mi esposa me ha dicho: Está de mal humor, está en un mal día. De inmediato he preguntado si ha dormido la siesta y se me ha dicho que sí, pero veo en su rostro tenso que está mal dormida y enemistada con la realidad. Por qué será, no lo sé, no puedo saberlo, sólo puedo intentar mejorarle el humor con una invitación a visitar un zoológico de pájaros tropicales y monos saltarines. Ella se entusiasma y se dispone a salir en ese momento, sin perder tiempo. n
Al llegar ha dejado de llover, lo que es un alivio, y después del estrés que supone encontrar un espacio para aparcar, pagamos una fortuna (110 dólares) para ver papagayos, monos y serpientes. Apenas entramos, mi hija se queda absorta mirando a los papagayos y no hay manera de moverla de allí. Los mira y los mira y no habla y no intenta tocarlos ni alimentarlos, los mira con fascinación, maravillada, y tal es su asombro que no corresponde interrumpirla y nos sentamos cerca de ella, a esperar a que se canse de mirar. Pero no se cansa, pasa media hora y no se cansa, y mi esposa intenta cargarla, distraerla, sugerirle ver a los monos, pero mi hija se niega y no hay quien la mueva de allí.
Eventualmente consigo animarla a que nos acompañe a dar de comer unas semillas de colores a los pájaros tropicales, semillas que caen en nuestras palmas después de depositar monedas en un vertedero de comida. Los papagayos son curiosamente educados en capturar las semillas con sus picos alargados, punzantes, y se cuidan de no lastimar nuestras manos ni dar chillidos que nos asusten. Es el mejor momento de la tarde, mi hija se anima a darle una semilla al papagayo azul y la operación resulta exitosa y ella se siente toda una exploradora como la que admira en unos dibujos animados. n
Después vemos al tigre blanco, la pantera negra, los monos lujuriosos, los orangutanes, las cabras y los chivos, hasta que nos cansamos y nos sentamos a la sombra y le ofrecemos a mi hija una merienda y un refresco. Toma el jugo de naranja dulce, parece contenta, está en calma a pesar de las circunstancias adversas y el humor errático. Luego ocurre el principio de la catástrofe: mi esposa sugiere comprar helados en la máquina, mi hija se entusiasma moderadamente, metemos billetes en la máquina, sale la paleta roja de hielo y fresa y mi hija empieza a lamer la paleta mientras caminamos hacia la salida. Hace calor, un calor bochornoso, y en dos minutos la paleta helada se derrite y mancha las manos de mi hija y mancha sus zapatos, su ropa, y la desespera y se pone a llorar. Mi esposa intenta socorrerla, quitarle el helado, limpiarla, pero mi hija es terca y no suelta el helado y llora porque se derrite y sin embargo se aferra porfiadamente a la circunstancia que la hace llorar, una paleta roja que cae en gotas sobre su mano, su ropa y sus zapatos, turbando su precaria felicidad y enemistándola de nuevo con el mundo. n
No hay manera de quitarle el helado ni impedir que se derrita ni acallar su llanto. Es un momento de angustia, de suprema tensión. No sabemos qué hacer, cómo aliviarla, cómo ayudarla, y ella no colabora, no se deja, quiere seguir comiendo el helado y no quiere que se derrita y tal cosa no es posible y todo termina en un llanto a gritos, desesperado, que crispa los nervios y desmoraliza profundamente porque elimina por completo la capacidad de razonar. n
Luego estamos de vuelta en la camioneta y ella llora y no para de llorar y no suelta el helado que sigue derritiéndose, ahora sobre un cubo de plástico en el que habíamos llevado sus cereales. Manejo deprisa, ofuscado, tratando de recortar ese momento aciago y llegar a casa tan pronto como sea posible. Pero no es posible llegar tan rápido, estamos lejos y hay tráfico, es un sábado a la tarde, y de nuevo llueve. Por suerte ella se calma y deja de llorar pero está triste y afligida porque el helado se ha derretido y convertido en una gran mancha roja que le recuerda que la vida es así, inmanejable, cambiante, viciosa, el caos puro, todo acaba por estropearse y derretirse y mancharnos lo que prometía ser feliz; ésa es la vida y no hay quien pueda impedirlo y es cosa de tener paciencia y no estallar.
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Llegando a la casa, ella vuelve a llorar. La nana acude a consolarla con una paciencia profesional. Yo salgo atormentado de la camioneta, subo a mi escritorio y me encierro a escribir. Qué sería de mí sin las nanas, no lo sé, qué sería de mí sin el confinamiento ante la computadora para desahogar mis frustraciones en palabras vanas, no lo sé. Pero llega la calma cuando cada uno se recluye en su cuarto, en su espacio de la casa, y se resigna a la idea mínima de que la felicidad, o la calma, no está en un lugar en el que saltan los monos enjaulados y despliegan sus plumas lujuriosas los pájaros tropicales. Es una derrota, una rendición, el recuerdo de que la paternidad es una experiencia agridulce que a menudo, mal que nos pese, termina con los padres y los hijos peleándose por unas circunstancias adversas que se imponen maléficamente, como palos que traban la rueda de una bicicleta y hacen caer a los ciclistas que creían ser felices hasta que se dan de bruces con el suelo.
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Todo lo que sé de la paternidad es lo que aprendí como hijo y luego como padre, y el resultado final es triste, desalentador: los padres hacemos nuestro mejor esfuerzo y los hijos no estamos contentos y exigimos que los padres sean mejores.
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