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Fútbol

Llora por ti, Argentina

No se puede esperar mucho. A la generación Messi, en mi opinión, la ha asesinado esta truculenta historia. Se puede hacer y mucho. Hay que refundar, desde los cimientos, el fútbol argentino

Por Eduardo Cancio González

SAN JUAN.- Si calificamos como lamentable el resultado de ayer de la selección de Argentina abonamos al problema y no a la solución. Ese tipo de pensamiento demerita al rival (una Croacia en plena cosecha y con un juego limpio, táctico, orgulloso) para salvar a un rey desnudo que se pasea por el mundo justificando a una sociedad que no aguanta más basura bajo la alfombra. En medio del desespero, la propia selección y su entrenador -aún sin terminar el partido– ya repartían su bravuconada al más puro estilo de la hordas fanáticas que pasean su brutalidad por las calles de Buenos Aires en una tarde futbolera cualquiera.

Para colmo, incluso los propios comentaristas del partido, ponen la esperanza en derrotar a Nigeria. Y se unen, porque sus cadenas televisivas necesitan el rey desnudo, al tufillo racista que calcula los goles que necesitan para pasar a la siguiente ronda (casi implorando a Nigeria que pierda). Desde que comencé a sentir el balompié (así se decía en mi país) y sobre todo después de México 86, he sufrido con cada derrota de una selección que ha sido mi favorita. Y, sin embargo, también he caído en la trampa. Todo nos ha rebotado en la cara.

Argentina ganó su primer su primer Mundial en 1978 bajo el mando de una dictadura asesina que torturaba en la ESMA, enterraba en la mar y robaba bebés, como si fueran faltas de penalti. Para entonces, un grupo de jugadores-hombres que no niños-jugadores, llevaron un bálsamo al país. En las dictaduras, es tanto el miedo, que lloras de alegría en el estadio y te cagas fuera de él. En 1986 llegó el paroxismo. Argentina eliminó a Inglaterra en cuartos (2-1) con una genialidad de Maradona y, hay que decirlo, una trampa enmascarada en nombre de Dios (argentino, por supuesto) que trataba de vengar la sangre inocente de las Malvinas y la derrota humillante con un “ejército” de once hombres. Solo cuatro años antes, la agonizante dictadura, cambiaba el balón del 78 por una guerra nacionalista absurda, cuyo epílogo más ignominioso se pagó, también, en el mar (no olvidar el Belgrano). Luego, un gran juego contra Alemania (3-2) definieron al campeón, liderado por dos futbolistas épicos y dispares al futuro: Diego Armando Maradona y Jorge Valdano.

En la década del 90 la porquería, tanto futbolera como política, siguió su camino bajo la alfombra. Al genio Diego, sin dudas uno de los más grandes, se le perdonaba todo: escándalos, drogas, abusos y, un largo etcétera, coronado por un izquierdismo oportunista y vacío, en una carrera por vengarse contra los otros (otra vez los otros) enarbolando la pobreza con aromas de poder despótico. Corría entonces el gobierno de Menem, un circo que no merece una línea, más allá de olvidar al payaso con ínfulas de mago. En Italia 90, hay que reconocerlo, ya era un todos contra Maradona, que endiosado desde la trampa del 86 (un gol con una mano, guste o no, lo es) y con su egoísta maestría (donde el brillo del resto también era de él) puso al peor arbitro al servicio de una Alemania que no olvidaba. Una Alemania que, por cierto, danzaba sobre los restos de un muro y las miserias de una falsa utopía. De puro milagro no bajó Helmut Kohl a cobrar el penal. Ese mundial se lo robaron a Argentina. Pero ya, Argentina y Diego, “Armando” excusas para su culebrón mediático, promocionaban a un Maradona de pecados milagrosos.

El mundial del 94 en EEUU, al menos para Argentina, debe ser borrado de la historia para beneficio de sus pequeños. Pura caricatura. Desde entonces y hasta hoy, todo lo que ha tocado el ídolo -que también lo fue para mí– ha sido fracaso. Jorge Valdano, sin embargo, con una modestia contenida, creo que por respeto, se ha labrado un camino de éxito profesional y personal. Hizo bien alejándose de la gruesa capa que ya no cubre la alfombra.

A todo esto hay que sumarle una AFA (Asociación de Fútbol Argentino) corrupta y tiranizada que provocó, y permitió, que los chicos de oro del 2000 (Messi, el Pipita, el Kun etc.) perdieran la noción de equipo nacional con mutación en vellocinos de oro para clubes europeos. Si se sigue por ese camino, Messi solo llegará a Campeón Mundial con la incorporación de Cataluña al estado Argentino. Macri, muy relacionado a este negocio también, debe tomar nota. No es posible, porque no es humano ni justo, exigir a este equipo por lo que no son, eso: un equipo. Si Messi, por ejemplo, lleva años compartiendo su talento de otra galaxia con Iniesta o, Higuain, otros tantos al lado del maestro Buffon, no esperemos algo diferente. Por no mencionar los escándalos financieros que han minado al astro y a este deporte a nivel de mundial y de país. Los clubes ya están por encima de las naciones. Con solo mirar el caso Lopetegui–Florentino ya uno sabe que es lo que prima (es asqueroso que se hable de la unidad de España y se venda la bandera en un momento crítico). Y el balompié argentino ya no está pagando el desastre anunciado, se lo está cobrando a sí mismo (como el corralito de La Rua).

No se puede esperar mucho. A la generación Messi, en mi opinión, la ha asesinado esta truculenta historia. Se puede hacer y mucho. Hay que refundar, desde los cimientos, el fútbol argentino. El país es un “granero” de talento que no debe permitir conviertan en transgénicas a sus valiosas “semillas”. Un señor como Valdano puede y debe dar un paso al frente por su país. Es parte del éxito del Real Madrid humano, de fútbol digno (curioso que, como Zizú, también se fue). El Cholo, ha llevado al Atlético de Madrid a lo más alto, con un juego inspirador que llega incluso a mantener a su estrella contra viento y marea. No puedo pensar que no les importe su país. Creo que se han alejado de la pudrición, pero es hora ya que regresen a salvar lo salvable.

En cuanto al próximo partido con Nigeria la suerte está echada. Lo mejor es no prolongar la agonía ni con el resurgimiento milagroso del Ave Fénix.

Argentina necesita llorar como sociedad toda, de una vez, también en el balompié. Por ella y no por los otros. Los otros, nosotros, queremos volver a reír con ella.

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