El pragmatismo, como corriente filosófica, apareció en Estados Unidos alrededor de 1870 y fue concebido como respuesta al idealismo europeo, bajo la premisa de que la verdad de una idea se puede medir por sus efectos. En otras palabras, el pensamiento es un instrumento para la predicción, resolución de problemas y la acción, en contraposición con la idea de que el pensamiento se limita solo al describir, representar o reflejar la realidad.
Los dilemas de política exterior de Biden
El pragmatismo ha sido generalmente la referencia del pensamiento estadounidense. Una publicación del Instituto Brookings, titulada Negociación Política, de 2015, sostiene que Estados Unidos fue siempre visto como un país de amplio consenso y política pragmática.
“Las diferencias ideológicas marcadas estuvieron prácticamente ausentes. Pero hoy la política en Estados Unidos está dominada por una intensa polarización de partidos y un acuerdo limitado entre los representantes legislativos sobre los problemas y sus soluciones políticas”, señaló entonces.
A pesar de la severa polarización que afecta la política estadounidense desde hace ya varios años, aún se perciben signos de que el bipartidismo todavía es posible en temas claves de política exterior.
Si bien las divisiones entre republicanos y demócratas no disminuyeron durante los cuatro años de la presidencia de Donald Trump, sí hubo muestras de cómo la Cámara Baja y el Senado aprobaron casi unánimemente una legislación para imponer nuevas sanciones a Rusia. Y aunque otros temas no contaban con el consenso de ambas agrupaciones políticas, eso no impidió, por ejemplo, la formación de coaliciones para limitar la venta de armas estadounidenses a Saudí Arabia por la preocupación en torno a la matanza de civiles por parte del ejército saudí en Yemen.
Ahora bien, es igualmente cierto que desde el día en que Joe Biden asumió como presidente de Estados Unidos, emitió decenas de órdenes ejecutivas, que en su mayoría buscaban revocar políticas de la administración anterior, convirtiendo la acción casi en un ritual político.
Durante sus primeros 100 días en La Casa Blanca, el expresidente Trump igualmente emitió órdenes ejecutivas para desmantelar políticas clave del legado de su predecesor, Barack Obama.
Por lo pronto, Biden ya anunció que iniciará una revisión del acuerdo alcanzado entre Estados Unidos y los talibanes, en la primera fase del proceso de paz en Afganistán, luego de los indicios de que este grupo radical musulmán no ha cumplido con los compromisos del acuerdo firmado en Qatar el 29 de febrero del año pasado.
Así mismo, dentro los círculos políticos de Washington se espera que Biden reinserte a Estados Unidos en el acuerdo nuclear con Irán, firmado en 2015 durante la era Obama, y que impuso límites al programa nuclear iraní a cambio del levantamiento gradual de las sanciones
El nuevo secretario de Defensa, Lloyd Austin, cuyo nombramiento fue confirmado con rapidez por el Senado, también ha dicho que estudiará revertir la decisión del expresidente Trump de retirar miles de tropas estadounidenses de Alemania.
Los cambios de personal en el Consejo de Seguridad Nacional dejan entrever que China y en general la región Asia-Pacifico serán el tema dominante de la agenda Biden, en tanto que el Medio Oriente cederá en protagonismo.
El propio secretario de Estado, Antony Blinken, convino en que China representa el mayor desafío para Estados Unidos porque es un adversario poderoso y competitivo y por lo pronto anunció que su política estará orientada a rechazar los reclamos de Pekín sobre el mar del Sur de China más allá de lo permitido por el derecho internacional, mientras ofreció apoyo para los aliados asiáticos.
Según Margaret Meyers del Interamerican Dialogue, "Biden tendrá la mirada puesta en el creciente papel de China en América latina y el Caribe, incluyendo sectores con considerables implicaciones estratégicas y de seguridad para ofrecer la mejor opción de crecimiento y desarrollo como una alternativa a la presencia china en la actividad económica latinoamericana”.
Pero, a fin de cuentas, para que Estados Unidos desempeñe el papel de estabilizador internacional que desea, primero deberá procurar que su gobierno hable con una sola voz para no poner en riesgo su influencia y credibilidad ante el mundo.
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