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No tengas miedo a crecer, Dania

Ya jubilada, al fin gozo de ese ocio creador que tanto apreciaban los griegos, aunque las horas para leer, oír música y escribir nunca me parecen suficientes

Leí recientemente en estas páginas de DIARIO LAS AMÉRICAS una columna de Dania Ferro en que se lamentaba de la agonía de su lado romántico. A los 30 años sentía nostalgias de u201ccanciones, poesía, espiritualidad, besos delicados con ojos cerrados u201d y otros placeres que se había negado en su nueva madurez. Al leerla pensé en mi misma a esa edad, e incluso mucho más joven, cuando apenas adolescente escribí unas cuartillas tituladas u201cNo te vayas, infancia, no te vayas u201d. El dilema de la joven periodista me hizo reflexionar sobre las ventajas de cada edad. n

Desde mis casi 70 años -que espero cumplir el próximo verano- cada vez me siento más cómoda conmigo misma. He aprendido a aceptar mis defectos, y por tanto, soy más tolerante con los de los demás. Sigo disfrutando inmensamente la compañía de familiares y amigos, pero atesoro mis horas de soledad. Ya jubilada, al fin gozo de ese ocio creador que tanto apreciaban los griegos, aunque las horas para leer, oír música y escribir nunca me parecen suficientes. Por primera vez, hago ejercicios regularmente y el taichí me ayuda además con el estrés, que nunca desaparece, porque es parte de la vida del siglo XXI. Lo evito cuando puedo. Si prefiero no tomar la autopista de noche, busco otro camino o a alguien que me maneje. No aspiro a quedar bien con todo el mundo. Tampoco digo mentiras cuando me excuso por no asistir a algún acto. Casi siempre la verdad es suficiente: u201cEstaba cansada esa noche u2026 u201d, u201cOpté por ir a un juego de baloncesto de mi nieto u2026 u201d , u201cNo lo apunté y se me olvidó u201d. n

No me incomoda tanto tener que usar unos horribles zapatos ortopédicos. Estoy convencida que el que no me aprecie por mi cabeza y mi corazón, no vale la pena. Me queda, sin embargo, suficiente vanidad para usar collares grandes que llamen la atención y que así no se fijen mucho en mis pies. (La verdad es que los colgalejos extravagantes me han gustado siempre). Además, veo que muchas mujeres de mi edad usan calzado parecido. n

Entiendo cómo cambia la dinámica entre las personas, dependiendo de cuántas se reúnan. Aunque continúa pareciéndome imprescindible que la familia entera celebremos juntos ocasiones especiales, me agrada pasar tiempo a solas con cada una de mis hijas y nietos. Atesoro las tradiciones; valoro la espontaneidad, lo inesperado. He aprendido que si lo estoy pasando bien en un lugar, no me marcho aunque hubiera tenido previsto otra actividad. Una vez dejé de usar un boleto para una función de ópera que había pagado a buen precio, por no abandonar una grata charla con amigos. n

Hay cosas a las que he tenido que renunciar. No puedo comer chocolate porque me da migrañas. He gustado así de nuevos sabores insospechados. Ya no se me ocurre bailar bajo la lluvia, pero contemplarla desde mi ventana me produce una grata serenidad. Me asusta bañarme sola en el mar. Es más, necesito del brazo de uno de los nietos u2013 ya jóvenes de más de seis pies u2014para sentirme segura al entrar o salir del agua, especialmente si hay olas o desniveles en la arena. No importa. Hace años, cuando eran pequeñines, les daba la mano yo a ellos, y, antes, a sus madres. Es el ciclo de la vida. n

He visto morir demasiados seres queridos y cada uno es una herida en el alma, cuya cicatriz no sana del todo, porque se reabre con las memorias que trae inesperadamente una canción, un lugar, una vieja foto. Algunos de mis alumnos son hoy profesores universitarios o jóvenes profesionales. Sus éxitos me compensan el vacío por la ausencia de mis maestros. n

Sé que no leeré todos los libros, no veré todas las películas, no visitaré todas la ciudades que hubiera querido, pero todavía disfruto a plenitud las cosas que me gustan: ese primer sorbo de scotch, la luna llena, los aeropuertos, las puestas de sol, una buena exhibición de pintura, el café de la mañana, un filme, el tiempo compartido con los que amo, descubrir un nuevo amigo, salir de viaje, regresar a casa u2026 n

No veo canciones, poesías, espiritualidad, besos, abrazos, entregas, alas, cielo, mar y mucho más como parte de un yo romántico que fue. Forman parte de mi esencia más íntima u2013alimentada por recuerdos e ilusiones- y no contradicen, sino enriquecen, a la periodista, conferencista, novelista, profesora. Todavía -y ojalá así sea hasta que cierre los ojos- me enfurecen las injusticia y me apasiona la política, la historia, la literatura, Cuba. nNo tengas miedo a crecer, Dania. Vale la pena.
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