Otro primo que se va
Quisiera pensar que su partida inesperada me unirá más a los familiares que quedan, porque nos hace cobrar conciencia de la incertidumbre que pesa sobre nosotros
Fernán, como le decíamos cariñosamente, era el hijo mayor de mi primo hermano Fernando Rodríguez Aragón, ya fallecido, y nieto de Aurora de Aragón, hermana de mi padre. De pronto, se me agolpan los recuerdos de las vacaciones de Semana Santa que pasamos, pocos meses después de morir mi padre en enero de 1954, en Ácana, la finca de su abuelo Máximo Rodríguez, cerca del pueblo de Cidra, en Matanzas. Fernando y su esposa Olga Amaro, nuestros anfitriones durante esos días, querían mucho a mi madre y la atendieron con especial amor al quedarse viuda a los 40 años con tres niñas pequeñas. n
Mi hermana Lucía y yo, de 11 y 9 años (Gloria tenía sólo dos), compartíamos con sus hijos. Fernandito era trigueño, flaco, ágil, sabichoso. Olguita, alegre, dicharachera, pícara. Aunque menores que nosotras, ya conocían los secretos del lugar. Con ellos aprendimos a montar a caballo, bañarnos en un arroyuelo, cazar cocuyos, distinguir el canto de las aves, el nombre de los árboles, y corretear sin descanso campo abierto. Los únicos ratos tranquilos eran cuando nos dejaban participar en algún juego de dominó, y la hora de la cena alrededor de la gran mesa, donde se servían abundantes manjares criollos, y a la que se sentaban, especialmente los domingos, un gran número de familiares y amigos. Por las noches nos deleitábamos escuchando a los guajiros entonar décimas o contar leyendas fantasmales de la zona. Caíamos rendidos en la cama, protegidos de los insectos por los altos y blancos mosquiteros.
nLamentablemente, uno de los precios más altos del exilio ha sido la dispersión de la familia, y no fue hasta 2007, en la celebración de los 80 años de su tío, Roberto Rodríguez Aragón, fallecido hace año y medio, que volví a ver a Fernán, y a conocer a su hermano Ernesto, que no sólo lleva el nombre de mi padre sino que guarda un asombroso parecido con él. n
Aunque desde entonces nos hemos mantenido en contacto por vía electrónica, comprendo con tristeza que apenas llegué a conocer a este primo más joven que yo que la muerte ha sorprendido a temprana edad. n
Quisiera pensar que su partida inesperada me unirá más a los familiares que quedan, porque nos hace cobrar conciencia de la incertidumbre que pesa sobre cada uno de nosotros. Me reitera que nunca debemos dejar de decir una palabra amable ni de expresar sin rubor nuestros sentimientos, porque nunca sabemos si habrá otra oportunidad.
nSé también que nunca nadie muere mientras otros lo recuerden. Sin duda para muchos mi primo Fernando ha dejado una vida de memorias de momentos que no compartí. En la distancia, los abrazos a todos, al igual que a su hermana Olguita. A mí me queda para siempre la imagen de aquel niño moreno e intrépido, compañero inseparable de aventuras en el campo cubano, quien, sin saberlo quizás, ayudó a aliviar el gran dolor por la muerte de mi padre.
nOtro primo que se va, otra rama del árbol familiar que se quiebra. Afortunadamente, también hay nuevos frutos. Descansa en paz, Fernan querido.
*Miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española
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