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Panorama nublado

Se me ha nublado un poco el panorama. Viajé a Panamá, sólo, a comprar pastillas para dormir, y regresé con una enfermedad viciosa que me ha tenido con una tos convulsiva, dificultades para respirar y grandes tormentos para dormir.

Era tal mi desesperación que bajaba a la piscina y me quedaba dormido allí, mi cabeza apoyada sobre un flotador (dormía dos y tres horas en la piscina como un bendito).

Era una angustia porque no me entraba el aire a los pulmones. Me apliqué los antibióticos más potentes y no sirvieron de nada. Corto de aliento, con tos recurrente, fui todas las noches al iglú que es el canal de televisión y, no sé cómo, conseguí hacer los programas en directo. n

Podría describir mi estado general de salud como uno de depresión crónica o de apatía general o de abulia de casi cincuentón con las bolas que le llegan a las rodillas. No quiero ver a nadie, no deseo salir de mi cuarto, no respondo llamadas ni correos electrónicos.

Nada me da ilusión, ni ir al cine, ni ver algún partido de fútbol, ni leer alguna novela de Marías, ni mucho menos viajar a ninguna parte. He cancelado viajes a Barcelona, Buenos Aires, San Juan, y todo porque no encuentro fuerzas para salir de casa. n

El viaje a Panamá fue nefasto. Fui a comprar unas pastillas sicalípticas que no se consiguen en Miami. A la vuelta, en la cabina del avión, tengo la sospecha paranoica de que se me metió el bicho malo, un íncubo chavista imperceptible al ojo humano, y se alojó en mis pulmones, se adhirió a esas paredes inflamadas y empezó a multiplicarse para dar el golpe final contra mi vida.

Me tiene al borde del colapso, respirando y sin embargo sintiendo que no entra el aire, y convencido de que algunos agentes perniciosos de origen chavista sabotean mi bienestar. No debo viajar más en avión.

La última vez que me enfermé así de mal fue por ir a Playa de Carmen a visitar a mi mamá. nLas siluetas de la familia se difuminan, se diluyen, se cubren de una pátina de niebla que las hace inciertas. Mi madre no me escribe más, yo tampoco, se me ha declarado la guerra fría y estoy dispuesto a publicar u201cLa sagrada familia u201d aunque esa testarudez de escritor cabeza dura me cueste millones de dólares. No me importa.

Mis novelas, cada una de ellas, definen lo que soy, el loco chiflado que soy, y no voy a renunciar a la ilusión de publicar una novela que tantos años me ha costado sólo porque mi querida madre está anclada en sus viejos prejuicios religiosos.

Es una pena, el tema me tiene acongojado. Mis hermanos y hermanas, diez en total, no se cuenten ya los nietos, que son como treinta, se confunden en una meseta feliz de mi memoria, en la que son tantos y se agitan con tanto alboroto que prefiero verlos de lejos, recordarlos, y ciertamente me da orgullo lo bien que los muchachos han hecho las cosas. nPero la familia está diezmada, apocada, ya no más la ternura mi madre, ya no más mis hijas mayores a las que no veo hace cuatro años sólo porque me enamoré de Silvia y ellas le pusieron la cruz, y ya uno se va resignando a que en esta casa calladísima, que parece una capilla ardiente, donde las personas hablamos susurrando y nadie grita nunca, somos tres, Silvia, Zoe, yo, y el resto pertenece a un pasado que se aleja paulatina, gradualmente, y nos va acostumbrando, a mis hijas mayores y a mí, a no vernos, a que pasen un año, dos, tres, cuatro, y no vernos ni buscarnos, y por supuesto cada tanto recibo un correo electrónico de mis hijas que, delicadamente, sutilmente, plantea las cuestiones el dinero, unas cuestiones que me dejan herido porque me quedo con la certeza de que no quieren verme, pactar una reunión conmigo, sólo conseguir dinero a expensas de mi culpa de padre ausente. n

Mientras tenga plata, repartiré plata, y la repartiré con generosidad, qué mas da, no quiero que mis hijas me recuerden como un padre tacaño, avaro, mezquino. Que se den la gran vida a mis expensas y que prescindan de mí para todas las celebraciones, viajes y juergas. Pero duele en el alma cuando comprendes que la felicidad de la otra persona ya no te incluye ni siquiera una semana al año. n

Mi respiración cavernosa, el eco que prosigue a mi respiración pedregosa, la tos virulenta y satánica que me ha hecho expectorar sapos y culebras y creo que hasta fetos de mes y medio, me tienen en estado de coma profundo. No me muevo de la cama.

No como, no leo, no me interesa nada (salvo que liberen a Leopoldo y echen del poder a los usurpadores Maduro y Cabello, algo que sólo pueden hacer unos militares con las nueces bien puestas), sólo procuro darle a mi respiración un poco de aire limpio que airee mis pulmones que, como los del gran Puma Rodríguez, de pronto convertido en el gran líder de la oposición democrática venezolana, están masivamente infectados de tantos viajes en avión, enfermos de fibromatosis pulmonar, que es la manera elegante de decir que están llenos de una mucosidad solidificada de toda clase de bichos y bacterias que hemos ido tragando en las cabinas de los aviones, que es donde uno se enferma siempre, y además pagando. nLas posibilidades de un regreso a Lima, dadas mis circunstancias de salud, parecen improbables.

Todas las señales que recibo de mi cuerpo son de que me queda un hilo de vida y esa vida deseo vivirla aquí, en la isla de Cayo Vizcaíno, en compañía de Silvia y Zoe, alejado de la parte tóxica y manipuladora de la familia, y por eso he dispuesto a que, a mi fallecimiento, mis cenizas sean echadas discretamente en el estudio B de Mega TV, una ceremonia que me honraría que presidiera Charytín y que ella misma soplara mis cenizas esparciéndolas en el estudio donde pasé diez años dando batalla virulenta y acalorada, pero perfectamente inútil, a los enemigos de la libertad. n

Silvia, alarmada por el deterioro de mi salud y mis grandes esfuerzos por respirar, me va a internar en una clínica de desintoxicación. No soy optimista. Lo más probable es que me escape. Pero estoy tomando quince hipnóticos cada noche y eso a ella le parece suicida.

He cumplido ya mis tareas. He sido escritor. He sido padre de tres hijas maravillosas que no serán hermanas, qué más da, no se puede ganar siempre. He trabajado treinta años en televisión. He ahorrado algún dinero. He fracasado, pero he conocido, en raptos fugaces, aquello que llaman la felicidad. n

Ahora, antes de que estas crisis respiratorias acaben de ahogarme, me aferro a la ilusión de viajar el próximo verano a la isla de Ischia, no a Capri, no a Positano, Ischia, tal como me recomendó mi amigo Albert Espinosa, y quedarme en el hotel de cinco estrellas y esperar la muerte tranquilo, sin miedo, con la seguridad de que viví una vida libre y no tuve éxito porque no me fueron dados los dones de los elegidos.

No quiero el éxito, quiero la calma, las noches sin ataques de tos, quiero, si no es mucho pedir, unos días en Ischia, con la familia, sintiendo que mis pulmones todavía no están a la miseria. n

Antes, por supuesto, en octubre, iremos a Disney a que la bella Zoe sea feliz. Espero que la salud me acompañe y no desmaye en esas jornadas de gran excitación.
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