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Plancha, estira, inyecta

Con los años, las líneas de expresión se van acomodando en tu rostro y el orgullo va cediendo al lado oscuro de la belleza

Como europea fui condicionada a recibir las arrugas como una señal de respeto y madurez: cuantas más arrugas, mejor te queda la receta del conejo con ciruelas, el cocido y la merluza rellena.

Y de repente aterrizo en Miami. Sin arrugas. El conejo y el cocido son dos platos que me hacen mi madre y mi tía cuando las visito, no la receta que pretendo perfeccionar, porque mi piel es de porcelana y mi prioridad es el éxito laboral.

Qué inocente. Vivo en Miami, la meca de la eterna juventud y las inevitables manchas en la piel causados por el insistente y consistente sol. Miami es una ciudad donde lo segundo peor que te puede pasar es que la gente piense que eres mucho mayor pero aparentas menos por tus obvias cirugías y donde lo peor que te puede pasar es que la gente averigüe tu edad porque no tienes ninguna.

Con los años, las líneas de expresión se van acomodando en tu rostro y el orgullo va cediendo al lado oscuro de la belleza.

To Botox or not to Botox? That is the question.

Que me perdone Shakespeare, pero es culpa suya por haber escrito una frase tan simple y tan aplicable a cualquier situación, por frívola que sea.

La primera vez que me puse Botox estaba aterrorizada. Atormenté a la doctora con un sinnúmero de advertencias: no me quiero ver plástica, no quiero ser una de esas con las cejas hasta la frente, etc.

Tres días después, mi rostro presentaba un Photoshop de carne y hueso. Ya no hacían falta los filtros en Instagram. Tenía el ceño más liso que una camisa planchada con almidón. Las líneas de los ojos más estiradas que el presupuesto de los colegios públicos en Miami Dade.

La presentadora Kelly Rippa reconocíó esta semana que el Botox le cambió la vida. Su vida es bastante agraciada. Tiene al marido más sexy de la tele, tres hijos preciosos y una carrera envidiable. Pero Rippa no hizo alusión a ninguna de esas bendiciones. No, le dedicó su felicidad al Botox.

Y la entiendo. La depresión, la preocupación, el estrés, la ansiedad que refleja el rostro de una mujer que es madre, pareja y profesional se queda, con el Botox, en el estómago. Ni rastro en la cara.

He perfeccionado el conejo con ciruelas al punto que creo que superé la receta de mi madre. Ni hablar de los garbanzos, que me quedan de fábula, con morcilla Argentina porque en Miami no consigo la de Burgos.

Pero reto a cualquiera que no me conoce a adivinar mi edad, porque bastante me cuestan los ocho pinchazos cada cuatro meses.
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