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SALUD

¿Por qué nos cuesta tanto desconectar de las malas noticias?

Vivimos pendientes de lo que ocurre en el mundo, pero ¿qué precio emocional pagamos por estar siempre informados?

Por Dra VIOLETA GARCÍA

¿Alguna vez has abierto el móvil para consultar una noticia y, sin saber muy bien cómo, has terminado leyendo sobre cinco desgracias distintas? Una guerra, un accidente, una crisis económica, una nueva amenaza para la salud… Y cuando por fin dejas el teléfono, resulta que no estás más tranquilo ni tienes demasiado claro qué has aprendido. Eso sí, ahora tienes unas cuantas preocupaciones más.

Lo curioso es que, aunque sabemos que determinadas noticias nos generan malestar, seguimos buscándolas. Nos levantamos y miramos qué ha pasado durante la noche, escuchamos la actualidad mientras desayunamos, recibimos alguna alerta a media mañana y, antes de acostarnos, volvemos a comprobar si hay novedades. Como si el mundo necesitara nuestra supervisión permanente.

Y aquí aparece una pregunta interesante: ¿nos informamos porque queremos saber qué ocurre o porque nos cuesta soportar no saberlo?

La respuesta tiene bastante que ver con cómo funciona nuestra mente. Nuestro cerebro está especialmente preparado para detectar peligros. En psicología hablamos del sesgo de negatividad, una tendencia a prestar más atención a los acontecimientos amenazantes que a los positivos o neutros. Desde el punto de vista evolutivo tiene sentido: para nuestros antepasados era más útil detectar a tiempo un peligro que entretenerse contemplando un paisaje bonito.

El problema es que nuestro cerebro sigue funcionando con esos mecanismos, pero ahora recibe información sobre amenazas prácticamente a cualquier hora. Y no hablamos únicamente de lo que sucede en nuestro entorno. Podemos desayunar en Tenerife mientras conocemos, casi en directo, una tragedia ocurrida al otro lado del planeta.

Esto no significa que nuestro cerebro confunda necesariamente una noticia con un peligro inmediato, pero sí que determinados contenidos pueden activar respuestas de preocupación, miedo o alerta. Y cuando esa exposición se repite constantemente, podemos acabar sintiéndonos emocionalmente saturados.

De hecho, existe un término para describir esa costumbre de consumir noticias negativas de manera casi interminable: doomscrolling. Es lo que hacemos cuando empezamos a deslizar el dedo por la pantalla buscando información y nos cuesta parar, aunque lo que estamos leyendo nos esté haciendo sentir cada vez peor.

¿Y por qué no cerramos simplemente el teléfono?

Porque muchas veces buscamos algo más que información: buscamos tranquilidad. Cuando una situación nos preocupa, intentamos comprenderla, anticipar sus consecuencias y encontrar alguna respuesta que nos permita sentir que tenemos cierto control. El problema es que las noticias no siempre ofrecen respuestas. A veces solo añaden nuevos interrogantes.

Así podemos entrar en un círculo curioso: cuanto más preocupados estamos, más información buscamos; y cuanto más contenido negativo consumimos, peor podemos llegar a sentirnos.

No es únicamente una impresión. Una investigación de Christopher Kelly y Tali Sharot, publicada en Nature Human Behaviour en noviembre de 2024, analizó esta relación mediante cuatro estudios con un total de

1.145 participantes. Los investigadores encontraron que consultar información de contenido más negativo se asociaba con un peor estado de ánimo y que, a su vez, sentirse peor podía favorecer la búsqueda de información negativa. Sus resultados también apuntaban a que modificar los hábitos de navegación podía influir en cómo nos sentimos.

Es decir, nuestro estado emocional influye en lo que buscamos, pero lo que buscamos también puede influir en nuestro estado emocional.

Y quizá por eso, cuando tenemos un mal día, no siempre elegimos precisamente los contenidos que más nos ayudan a desconectar.

Cuando estar informado empieza a cansar

Lo interesante es que esta saturación también se está reflejando en la forma en la que consumimos la actualidad.

Según el Digital News Report 2026, elaborado por el Instituto Reuters de la Universidad de Oxford, el 42 % de las personas encuestadas en los países estudiados reconoce que evita las noticias algunas veces o con frecuencia. En 2017 ese porcentaje era del 29 %. En España, la cifra se sitúa en torno al 37 %.

Estos datos no significan necesariamente que hayamos dejado de interesarnos por lo que sucede. También pueden reflejar que determinadas personas necesitan poner distancia frente a una actualidad que perciben como demasiado negativa, repetitiva o agotadora.

Y aquí conviene detenernos, porque una cosa es estar informado y otra vivir permanentemente preocupado.

Pensemos en alguien que consulta las noticias por la mañana, conoce los acontecimientos más relevantes y continúa con su día. Ahora pensemos en otra persona que revisa constantemente las actualizaciones, consulta varias fuentes sobre el mismo asunto y siente inquietud cuando pasa unas horas sin saber qué ha ocurrido.

Las dos personas están interesadas en la actualidad, pero su relación con la información es bastante diferente.

En el segundo caso puede aparecer lo que conocemos como intolerancia a la incertidumbre, esa dificultad para convivir con situaciones en las que no tenemos respuestas claras ni sabemos qué sucederá.

Buscamos información para sentirnos más seguros, pero olvidamos algo bastante evidente: por mucho que leamos, hay acontecimientos que seguirán siendo inciertos.

Y ahí está una de las grandes trampas. Podemos acabar dedicando muchísimo tiempo a intentar resolver mentalmente problemas que, sencillamente, no están en nuestras manos.

Además, no todas las personas reaccionamos igual. Nuestra situación personal, el momento emocional que atravesamos y las experiencias previas influyen en cómo nos afectan las noticias.

Una persona que está pasando por un periodo de ansiedad o que tiene familiares viviendo en una zona de conflicto puede experimentar una preocupación mucho más intensa ante determinados acontecimientos.

Por eso tampoco conviene convertir el consumo de noticias en otro motivo para juzgarnos. No existe una cantidad exacta de información que todo el mundo deba consumir para estar psicológicamente bien.

Lo que sí podemos aprender es a reconocer cuándo hemos dejado de informarnos y hemos empezado a alimentar nuestra preocupación.

¿Cómo informarnos sin llevarnos todos los problemas a casa?

La solución, por supuesto, no consiste en dejar de leer periódicos ni en vivir ajenos a lo que sucede. Estar informados es necesario para comprender nuestro entorno, tomar decisiones y participar en la sociedad.

La cuestión está en recuperar el control sobre nuestra atención.

Por ejemplo, podemos empezar por algo tan sencillo como elegir cuándo queremos consultar la actualidad. No es lo mismo dedicar un momento del día a leer información contrastada que estar recibiendo titulares, vídeos y opiniones desde que nos despertamos hasta que nos acostamos.

También podemos preguntarnos cómo nos sentimos después de informarnos. ¿Tengo una idea más clara de lo que está ocurriendo? ¿He aprendido algo que me resulta útil? ¿O llevo veinte minutos dando vueltas a la misma preocupación sin obtener ninguna respuesta nueva?

Otra cuestión es distinguir entre aquello que podemos cambiar y aquello sobre lo que tenemos poca capacidad de actuación. Hay noticias que pueden llevarnos a tomar decisiones, participar en iniciativas o ayudar a otras personas. En otros casos, seguir consultando actualizaciones no modifica lo ocurrido ni aumenta nuestra capacidad de respuesta.

Y esto no significa mostrarnos indiferentes. Podemos preocuparnos por una situación sin necesitar estar pendientes de ella cada cinco minutos.

También merece la pena revisar qué imagen del mundo estamos construyendo con los contenidos que consumimos. Si únicamente prestamos atención a conflictos, amenazas y desgracias, es fácil que terminemos percibiendo la realidad como un lugar mucho más peligroso y desesperanzador de lo que refleja una visión más completa.

Porque mientras ocurren acontecimientos terribles, también hay personas ayudando, avances científicos, iniciativas solidarias y pequeñas historias que merecen ser contadas.

Informarse bien también implica conocer esas otras realidades.

Y, sobre todo, conviene recordar que nuestra atención tiene límites. No podemos estar emocionalmente disponibles para todos los problemas del planeta y, al mismo tiempo, pretender que nos quede la misma energía para nuestras relaciones, el trabajo, la familia o simplemente para disfrutar de un rato tranquilo.

A veces hablamos mucho de cuidar la alimentación, hacer ejercicio o dormir lo suficiente, pero prestamos bastante menos atención a lo que introducimos cada día en nuestra cabeza.

Quizá también necesitemos aprender a cuidar nuestra dieta informativa.

No para evitar las noticias desagradables, sino para que no acaben ocupando todo nuestro espacio mental.

Porque, al final, estar al día no debería significar vivir permanentemente en alerta. Y preocuparnos por el mundo tampoco debería impedirnos disfrutar del pequeño mundo que tenemos delante.

Así que la próxima vez que llevemos un buen rato pasando de una noticia preocupante a otra, podemos hacernos una última pregunta:

¿De verdad necesito saber algo más o lo que necesito ahora es dejar de buscar?

A veces, cerrar el periódico, apagar la televisión o guardar el móvil no significa desentendernos de la realidad. Significa recordar que, mientras seguimos pendientes de todo lo que ocurre fuera, nuestra propia vida también está sucediendo.

Y esa también merece toda nuestra atención.

Escrito por Violeta García, psicóloga.

Puedes encontrar este y otros artículos en www.violetagarcia.es.

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