La pregunta incomoda, pero tras casi siete décadas de dictadura no puede seguir siendo evadida: ¿puede Cuba liberarse sin ayuda exterior? Si las posibilidades internas han sido anuladas, surge otra pregunta: ¿por qué Estados Unidos tendría que impulsar una acción internacional para poner fin al régimen cubano?
¿Puede Cuba liberarse sin ayuda exterior?
Ningún pueblo es libre si no asume su libertad. La pregunta es si un pueblo desarmado, vigilado y reprimido durante casi siete décadas puede romper una maquinaria diseñada para impedirlo.
Cuba está a apenas noventa millas de la Florida. Su tragedia no termina en sus costas: proyecta crisis migratorias, tensiones de seguridad e influencia autoritaria sobre todo el hemisferio. Pero la relación entre Cuba y Estados Unidos no puede reducirse a los titulares recientes ni a los reflejos ideológicos de siempre. Sus raíces son mucho más antiguas, densas y contradictorias.
Esa complejidad no comenzó con Fidel Castro, ni con la invasión de Bahía de Cochinos, ni con la Crisis de Octubre. Viene de más lejos. Antes de que Estados Unidos interviniera en la guerra contra España, Cuba ya había dejado una huella significativa en la independencia norteamericana.
La tradición recuerda los recursos enviados desde La Habana para apoyar la causa de George Washington y contribuir al financiamiento de la campaña de Yorktown. Cuba aparece así, no solo como objeto posterior de interés estratégico, sino como una presencia temprana en el nacimiento de la república estadounidense.
Un siglo después, en el siglo XIX, el vínculo se invirtió. Ya no eran recursos cubanos llegando a la causa norteamericana, sino cubanos organizando desde territorio estadounidense la liberación de Cuba del dominio español.
En Nueva York, Tampa y Cayo Hueso se tejió buena parte de la gesta independentista. No fue conspiración extranjera, sino prolongación nacional en el exilio. Allí Martí encontró base política y material para organizar el Partido Revolucionario Cubano. Los tabaqueros no fueron espectadores: fueron financistas populares que convirtieron salario en pólvora cívica.
En 1898, Estados Unidos entró en la guerra contra España y fue decisivo para poner fin al dominio colonial. Cuba nacía a la independencia en una isla devastada, sin instituciones republicanas consolidadas y en un Caribe disputado. Con la Enmienda Teller afirmó que Washington no buscaba anexarse la isla ni ejercer soberanía permanente sobre ella. Posteriormente, con la cuestionada Enmienda Platt, debe entenderse en ese contexto como un intento de proteger la estabilidad de una república naciente y evitar que su fragilidad inicial la dejara expuesta a nuevas amenazas.
La dinámica de apoyo exterior no terminó ahí, durante el machadato, en la década de los 1930’s, muchos opositores salieron hacia Estados Unidos, México y otras capitales, desde donde denunciaron y conspiraron.
Lo mismo ocurrió tras el golpe de Batista a la presidencia de Carlos Prio Socarras, en 1952. México fue el punto de reorganización de Fidel Castro y de otros exiliados que prepararían la expedición del Granma, cuya compra fue posible gracias a fondos reunidos en el exilio, principalmente por el propio Prío Socarrás.
Aquí Estados Unidos también fue pieza clave: desde Miami, Nueva York y otras ciudades se movieron contactos, dinero, armas, propaganda y logística.
Ese dato no reivindica el desenlace castrista. Recuerda una tragedia mayor: buena parte de la nación ayudó desde dentro y desde fuera a derribar al régimen de Fulgencio Batista creyendo abrir paso a la restauración democrática, y terminó entregando el poder a una maquinaria totalitaria más larga y cruel.
Pero el hecho permanece: la libertad cubana se pensó, financió y organizó desde fuera. El exilio no ha sido nota al pie, sino trinchera principal.
Después de 1959, esa tradición adquirió una dimensión dramática. El régimen que prometió restaurar la Constitución de 1940, devolver la libertad y convocar elecciones destruyó la alternancia, subordinó la sociedad al partido único y convirtió la soberanía nacional en argumento para perpetuar a una casta.
Desde entonces, millones de cubanos han salido porque dentro de la isla fueron canceladas las vías normales de participación política.
Por eso, la discusión sobre ayuda exterior no puede clausurarse con la palabra “injerencia”. ¿Es injerencia apoyar a un pueblo al que se le arrebataron todos los caminos internos hacia la libertad? ¿Es respeto a la soberanía permitir que una dictadura convierta la isla en prisión y sus costas en rejas? ¿Puede un régimen que niega al pueblo el derecho a decidir seguir hablando en nombre de ese pueblo?
La régimen cubano actual convirtió la soberanía en máscara. Habla de soberanía para blindarse frente a la presión democrática, pero niega la soberanía elemental de los ciudadanos.
No hay elecciones libres, alternancia, prensa independiente protegida, separación de poderes ni derecho efectivo a organizar oposición. El Estado no representa a la nación: la ocupa. La soberanía reside en una casta político-militar encabezada por Raul Castro y sus familiares, quienes administran el país como finca ideológica y aparato de seguridad.
Una intervención internacional no puede ser el primer recurso; debe ser el último. Pero llamar “último recurso” a una opción implica reconocer que los recursos anteriores ya fueron probados.
Durante casi siete décadas, presión diplomática, sanciones, denuncia, aislamiento de represores, apoyo a la sociedad civil, información libre, ayuda humanitaria y coordinación regional no han desmontado la dictadura. Han servido para resistir; también han permitido que el régimen gane tiempo.
La historia demuestra que estos regímenes rara vez ceden ante argumentos morales. El nazismo no cayó por diálogo; Milosevic no frenó su maquinaria represiva por presión retórica; Idi Amin no dejó Uganda por arrepentimiento. Ruanda recuerda el costo de no actuar, y Libia el peligro de intervenir sin arquitectura política posterior.
Por eso, en Cuba, cualquier intervención tendría que subordinarse a una arquitectura clara: presos políticos libres, gobierno provisional, partidos legales, prensa libre, reforma judicial, apertura económica, elecciones y un marco que impida reemplazar una arbitrariedad por otra.
¿Por qué Estados Unidos? Porque ningún otro país reúne la misma combinación de cercanía geográfica, responsabilidad histórica, capacidad material, comunidad cubana organizada y peso hemisférico. Porque Tampa, Cayo Hueso, Nueva York y Miami pertenecen a la historia política de Cuba.
El régimen cubano actual no es solo una tiranía nacional. Es una maquinaria regional de inteligencia, represión y desestabilización, visceralmente antinorteamericana y orgánicamente hostil a Occidente y a los valores de la libertad.
Precisamente por todo ello, Estados Unidos tendría que actuar con humildad republicana, no con soberbia imperial. Cualquier ayuda exterior solo sería legítima si devolviera el poder a los cubanos, no si lo sustituyera; y si naciera bajo una promesa clara: ni anexión, ni protectorado, ni ocupación indefinida.
Ningún pueblo es libre si no asume su libertad. La pregunta es si un pueblo desarmado, vigilado y reprimido durante casi siete décadas puede romper una maquinaria diseñada para impedirlo. La soberanía cubana no pertenece al Partido Comunista ni a sus generales. Pertenece a los cubanos.
Cuando la soberanía ha sido secuestrada por quienes dicen defenderla, ayudar a rescatarla no es una agresión contra la patria. Es afirmar que Cuba no pertenece a sus carceleros, sino a los cubanos, y que ningún régimen tiene derecho a convertir una nación en prisión.
Frank Zimmerman es Asesor Estratégico en el Adam Smith Center for Economic Freedom en la Florida International University.
Consultor y comentarista político, es autor del libro 12 Mitos sobre Cuba y otros artículos analiza temas de libertad, democracia y autoritarismo en América Latina.
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