Regalo de Navidad
Para los que tenemos fe, la Navidad es la celebración del cumpleaños del niño Jesús y, en su esencia, el milagro de la vida, renovándose
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Apenas pude esperar a estar vestida para salir a la calle y pregonar a toda voz u201c u00a1Fresa, vainilla, chocolate! u00a1Piña, coco, mamey! u201d.
A los vecinos, que naturalmente me conocían, les hacía gracia y paraban a u201ccomprarme u201d.
Muy seria les preguntaba si querían vasito, barquillo, o bocadito, y les entregaba los helados imaginarios que a veces me pagaban con dinero igualmente invisible, y otras con algunas monedas que me regalaban. n
A la hora de acostarme no hubo forma de que me separaran del carrito de helados, hasta que no quedó otro remedio que subirlo a mi cuarto y colocarlo al lado de mi cama.
No recuerdo un regalo mejor que el de aquellas Navidades. nMe imagino que como a todos los pequeños, el embullo se me habrá pasado pronto, el carrito de u201cHelados Uvita u201d habrá quedado olvidado en algún closet, y finalmente pararía en la basura.
Muchos años después, ya adulta, le pregunté a mi madre dónde lo habían conseguido, y me contestó con toda naturalidad: n- Ernesto en persona se lo mandó a hacer a un carpintero. n
Pensé en aquel médico, cirujano, profesor universitario, conocido, respetado y querido por pacientes, colegas, alumnos, familiares, y lo imaginé entre consultas, operaciones y clases, explicándole a un carpintero cómo debía construir aquel carrito para su pequeña hija soñadora que quería ser heladero.
Todavía hoy, al escribir estos párrafos, me embarga la emoción ante su gesto de amor de padre. nEstas Navidades, tal vez porque en 2013 he perdido a dos amigos muy queridos, o acaso porque no tenemos en estos momentos niños pequeños en el núcleo familiar -en enero nació Lucy, mi sobrina bisnieta, pero vive lejos y sólo la he visto una vez-, me ha invadido a menudo una honda melancolía.
Comprendo hoy por qué cada mes de diciembre mi madre rememoraba melancólica el guirlache y el Roscón de Reyes, sabores de su infancia madrileña, del mismo modo que yo ahora me quejo de que no hay turrón de yema que pueda compararse con el que compraba mi padre en la Casa Suárez en La Habana.
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Recuerdo las distintas etapas de mi vida y cómo fueron cambiando los rituales. Nunca podré olvidar esos tiempos en que llevábamos a mis hijas pequeñas a ver el árbol de Navidad de la Casa Blanca y que escuchaba la misa de Gallo con el peso de una de ellas dormida en mi regazo.
Hasta me parecen lejanos los años en que mis nietos eran pequeños -ahora los cuatro miden más de seis pies y tienen de 17 a 21 años-. u00bfEn qué momento, cómo, cuándo dejaron de ser niños y se hicieron hombrecitos? n
Para los que tenemos fe, la Navidad es la celebración del cumpleaños del niño Jesús y, en su esencia, el milagro de la vida, renovándose.
Siempre espero que en estas fechas me invada, siquiera por breve segundos, el asombro ante ese milagro. nPocos años después de mandarme a hacer aquel carrito de helados, cuando tenía yo nueve años, mi padre murió.
Pero su regalo es aún asidero de mi fe en el amor de familia y el amor del Padre. Combato las nostalgias con proyectos y sueños. Son muchos los que me acompañan para el 2014. Ojalá que también a ustedes.
* La autora es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española
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