Un muerto que no se quedó solo
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u201cTuvo la fortuna de contar con un gran amigo que se convirtió en su albacea literario, el magistrado Antonio Barreras, que publicó varios números de Memoria de Alfonso Hernández-Catá. Organizó también un concurso de cuentos con su nombre, de gran prestigio internacional y nacional; y una peregrinación anual a esta tumba, que ostenta el ex libris que usaba el autor. Aquí, junto a su lecho de mármol, hablaron cada 8 de noviembre prestigiosos intelectuales como su gran amigo Juan Marinello, Jorge Mañach, Salvador Bueno, Octavio R. Costa, Raúl Roa, y un muy joven y flacucho Guillermo Cabrera Infante, entre otros.
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u201cDesde que muy pequeña, con apenas 6 ó 7 años, hasta 1958, pocos meses antes de irme al exilio, en cada aniversario de la muerte del abuelo que no llegué a conocer, acudí a esa tradición literaria, citadina y familiar. Me invadía luego una especie de fiebre, y encaramada sobre algún muro del patio de mi casa, y con mis primos y amigos de sorprendida audiencia, ensayaba las palabras que algún día deseaba decir junto a este panteón. Ese sueño que abrigué de niña se hace realidad hoy, más de medio siglo después. No tengo palabras para expresar a la UNEAC, a Nancy Morejón; muy en especial a Ana Vera, de la Fundación Marinello; a Cira Romero que tanto se ha encargado de su obra, y a todos ustedes aquí reunidos, el agradecimiento y la emoción que me embargan u201d. n
Rechazó toda oferta mía de hacer algo por él para mostrarle mi gratitud, y me pidió que no divulgara su nombre. Se excusó porque ya no podía ocuparse. Le aseguré que él había suplido nuestra ausencia, que ahora yo lo haría. Se alegró cuando le conté que aunque la tumba se hubiera quedado sola, había escrito un libro sobre Hernández-Catá y ayudado a difundir su obra.
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Muy a menudo algunos tienden a ver lo peor de los cubanos en la Isla. La labor entusiasta de los que colaboraron para que el pasado 8 de noviembre se recordara de nuevo a Hernández-Catá, no solo ante su tumba, sino en la prensa y la radio, y el gesto tan hermoso de un periodista que por medio siglo se ocupó en el mayor anonimato de cuidar su lecho final, reafirman mi fe de que en Cuba perdura la generosidad criolla, a prueba de todas las mareas y vendavales.
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