En el Big Five de Miami han inaugurado dos canchas de padel que traen de fiesta a todos los miembros de este club familiar de cubanos.
Un pelotazo mal dado
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
Yo estoy incluido entre los nuevos fanáticos: Compramos raquetas, pelotas especiales y nos encerramos tras las paredes de cristales y rejas, al menos dos veces por semana, para descubrir las reglas, la forma de lograr los mejores tiros y las posibilidades de sobrevivir a dos sets de constantes acciones, todo esto durante la hora que nos permiten rentar el terreno.
Más leve para las rodillas, con piso de hierba sintética, y menos violento que la cancha cubana, pero un ejercicio más continuo, o sea que se suda más. Estas han sido algunas de las razones por las que muchos de los jugadores que ya peinamos canas emigráramos al nuevo deporte.
Pero igual hemos enriquecido la experiencia del padel con nuestros vicios: le aportamos la pasión cubana de la cancha o el softball, que nos lleva a discutir cada punto, a pelear con los de adentro y con los de fuera, con los que se quedan a mirar y con los que pasan ocasionalmente por la pista y ya se creen expertos consejeros.
A nuestro favor debo asegurar que una vez que termina el partido volvemos a ser los mismos amigos de siempre, que el demonio se queda de la puerta del terreno hacia adentro y que la sangre nunca va a correr en estos lares.
Este martes en especial hay un rival que no conozco y que no pelea entre punto y punto. No nos llama tramposos, pero nos mira con una intensidad que corta.
El tipo ha esperado pacientemente a que se termine el partido para acercarse y decirme que tiene algo que preguntarme.
No abandono mi pose de jugador contrariado y le digo que lo que quiera, que pregunte, aunque quizás se le hizo tarde para cualquier reclamo.
“¿Qué tú crees que va a pasar con Cuba?” me espeta de repente y me deja con todo el caudal de justificaciones de pelotas y rayas en zonas foul. Es una realidad que por muy entretenidos o divertidos que estemos con el nuevo deporte, no nos podemos desprender de la situación cubana, de lo que puede pasar en estos días antes de que llegue la elección de medio termino en los Estados Unidos, “o el veintiséis de julio en Cuba”, como me dice el nuevo jugador.
Me demoro en buscar la respuesta, estoy haciendo la transición de fallido jugador de padel a analista político, el titulo con que me bautizaron hace más de veinte años cuando comencé a trabajar en la televisión local.
Pero el tipo interpreta mi silencio de otra manera: “Ahh, no sabes, me lo imaginaba”, me dice y me da la espalda, se va de la pecera que forma la cancha, se aleja sin esperar por mí. Yo siento una especie de alivio, el hombre sin darse cuenta me está ayudando con su decisión apresurada, porque realmente, a esta altura, ¡no tengo la mejor idea de lo que puede pasar con Cuba!
Julio, mi compañero de juego me consuela, “no te sientas mal, yo ando igual de perdido, ahora mismo esto es un remolino donde solo vemos a los que salen a flotar, pero por dentro hay tremendo dale al que no te dio”.
Yo sigo contrariado, ahora por partida doble, primero por el tipo que me empujó contra las cuerdas y ahora porque mi compañero tampoco entendió la razón de mi silencio. Pero con Julio también decido ahorrarme las explicaciones.
Julio me vuelve a dar apoyo, “déjalo, está frustrado, igual le ganamos el partido, le dimos jaque mate”, me dice mientras mira al rival recoger sus cosas y largarse. Pero Julio está equivocado, en este último movimiento, el tipo me comió la reina.
Me puso a la defensiva, como muchos de los que comentan en mis videos o escritos, esos recurrentes que solo necesitan una línea para sacarme de paso: “¿y que tú propones?, ¿cuál es la solución para ti?
Tengo un cuento largo para ellos, uno que no cabe en el espacio de un comentario. Pero prefiero resumirlo diciendo que lo que quiero es que las riendas del cambio se las den a ellos, no a tipos disfrazados de sabios o dictadores que jueguen a empresarios.
Aprovecho para compartir mi frustración e involucro a mi partner, “Julito, ¿y qué tú crees que vaya a pasar con Cuba?”, el amigo se mete en un laberinto de argumentos, entre lo que viene, o quizás lo que no viene, de supuestos riesgos, dudas y confirmaciones.
Prefiero escapar y le digo que tiene razón que al final le ganamos la partida al que se va, que solo nos quiso sacar de paso.
“No”, insiste Julio, “no es que quisiera, es que nos sacó de paso”.
Total, yo vine a jugar para despejar, pienso mientras comienzo a recuperar las pelotas regadas por el lugar y a guardar la paleta en su bolsa, pero con el subconsciente ando buscando al tipo, quiero un segundo round, aunque no tenga preparado el argumento de la revancha.
NULL
