Sergio me confiesa que le costó trabajo asumir que la niña estaba en problemas, que no era casualidad que llevara tanto tiempo sola en el banco, estirando el cuello, pero sin levantarse del lugar, buscando a la persona que la había dejado allí, quizás con la promesa de un regreso inmediato.
Una flor, un perro o un abrazo
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
“En mi país me hubiera acercado enseguida, pero aquí, humm… tú sabes como son las reglas con los menores de edad, por eso fui de a poquito, me demoré como una hora”.
Sergio se retuerce las manos mientras me cuenta, yo creo que es nerviosismo, el pretende que no, que está escenificando los gestos de la niña cuando la abordó para preguntarle quién era y qué hacía solita aquella tarde en el parque público de su barrio.
“Loló o Lou Lou, algo así dijo, además me pidió que no llamara a nadie porque Manina ya estaban por venir a buscarla, trate de darle confianza, pero cada vez que sacaba el teléfono se ponía más nerviosa, así que decidí calmarla y jugar al protector antes de llamar al 911, porque no me quedaban dudas: la habían abandonado”.
Sergio dice que sufría por adelantado, el desenlace estaba cantado, finalmente tendría que llamar a la policía y perder la confianza que había logrado trasmitirle a la niñita, “la pobre, ya me creía su cómplice, intentaba ganar tiempo como si en cuestión de minutos aparecería la Manina a recogerla, yo ensayaba la bronca que le montaría a la mujer, porque en el subconsciente, también deseaba desesperadamente que apareciera”.
Pero no vino, y ante la proximidad de la noche Sergio terminó por marcar los tres números y pedir que enviaran la policía al lugar, “ella de repente, como último recurso para que suspendiera la llamada, me extendió un papelito doblado en cuatro, era un dibujo”. Sergio deja de frotarse las manos para hacer como si desdoblara la hoja, “por un momento pensé que encontraría el nombre o la dirección, o el teléfono de la familia, pero era solo el garabato infantil de lo que parecía una familia con una flor o un perro”.
El policía se apareció con recelo hacia Sergio, mucho más desconfiado cuando la niña, asustada ante el uniforme, intentaba agarrar la mano de su nuevo amigo, como buscando seguridad. “¿la conoce o no?” insistió el agente antes de escuchar la versión del regreso de Manina de boca de la niña, “yo como prueba de algo, que no acabé por explicar, le extendí al agente el dibujo de la familia con la flor o el perro, luego lamentaría no haberme quedado con el papelito”.
El agente seguía desconfiando, por eso le pidió a Sergio que le acompañara hasta la estación de policía, “yo encantado, no quería que me viera como un traidor ocasional por eso me senté detrás, al lado de la chiquilla que insistía en agarrarme la mano, pero tú sabes como son las cosas con los niños aquí, así que, aunque estaba dispuesto a darle ternura, mantuve la distancia ante la mirada del retrovisor”.
En la unidad los sentaron juntos, la agente que atendió el caso se percató de la dependencia de la pequeña con Sergio y prefirió tranquilizarla, al menos por un momento.
“La mujer del children and family sobreactuaba en amabilidad, la niña temía, esta mujer sí la tomo de la mano y se la llevó por el pasillo, no sé a dónde. A mí se me partió el alma viéndola, volteando la cabeza, como si no entendiera que nos separaran. Una, dos, tres veces me miró antes de comenzar a llorar, entonces la mujer la cargó y la acurrucó mientras desaparecían, para siempre, por el pasillo”.
Sergio vuelve a frotarse las manos, “yo no me iba, me quedé pasmado, la mujer policía tuvo que venir a agradecerme e insistirme que podía regresar a casa, a cambio me dio un teléfono, un uno ochocientos de esos en los que nunca te atienden, dice que allí podía preguntar por la menor”.
Sergio sonríe ahora, “tenías que ver la cara de asombro de mi hijo, el adolescente, cuando llegue a casa y saltándome el protocolo del respeto a su absurda rebeldía, intentaba abrazarlo, sin razón aparente”.
Dice que se siente arrepentido de no haberse acercado más a Loló o Lou Lou, “es que nunca entendí su nombre, si al menos me hubiera quedado con el dibujo, pero bueno… a lo mejor tenía que ser así… solo un instante para que luego desapareciera, aunque te confieso que no consigo olvidarla volteando la cabecita por el pasillo”.
Terminamos el sábado hablando de cualquier cosa, buscando no regresar a la historia de la niña. Pero al final, ya cuando nos separamos en el estacionamiento lo llame a gritos.
“Sergio, espera, no te vayas, ¡déjame darte un abrazo, coño!”.
Nos fundimos y hasta un lagrimón soltamos, como si nos despidiéramos para siempre, como si uno de los dos fuera Loló o como quiera que se llamara la niña del dibujo, el de la flor o el perro, nos daba igual lo que pintara.
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