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OPINIÓN

Una lenta, cruel y deliberada denigración

La crónica sobre los apagones en Cuba expone la penosa situación de los ciudadanos obligados a dormir a la intemperie, evidenciando la decadencia del régimen.

Por NINOSKA PÉREZ CASTELLÓN

El reportaje de Rolando Nápoles en Martí Noticias no era simplemente una crónica de cómo las azoteas y los portales se han convertido en refugio para los cubanos que intentan dormir en medio de los apagones. Era una nítida fotografía del ocaso de la revolución cubana. Tres días después de la decadente celebración del centenario de Fidel Castro, el testimonio del exprofesor de sociología Alexis Mijans no era una denuncia, era el epitafio de una revolución que una vez prometió convertir a Cuba en un paraíso y terminó obligando a sus ciudadanos a retroceder al punto de vivir sin luz, ni agua.

El profesor y su joven hijo ciego comenzaron a dormir en la azotea para escapar del calor, a la práctica se le han unido cada vez más vecinos. “Ya tenemos repartidos los pedacitos. Aquí duerme el vecino de al lado mío, allá atrás duerme la otra vecina”. Cada noche la azotea de Mijans es un paradero de quienes suben a compartir la intimidad del descanso nocturno con vecinos y extraños. No puedo evitar pensar en la profunda humillación de dormir a la intemperie. Es parte del macabro juego, de la ruleta rusa colectiva que les ha tocado padecer a los cubanos. ¿Y si llueve? Se mojan. ¿Y si alguien sube a robarles, a abusar de una mujer o de un niño? Son víctimas y no pasa nada. ¿Si las ratas se pasean entre ellos? Da lo mismo, también las padecen en las calles abarrotadas de basura. Es parte del guion de deshumanizar, de humillar, de quitarle fuerza a un ser humano hasta hacerlo sentir inferior, débil, impotente, imposibilitado.

El régimen podrá decir que se trata de las sanciones de Trump y Marco Rubio. Nos podrá culpar a los cubanos de Miami con la verborrea habitual. Podrá decir lo que quiera. El pueblo sabe que la culpa radica en el camino del fracaso y la amargura que comenzó en 1959, cuando llegó al poder una pandilla de delincuentes que ha destruido a Cuba. Al escuchar a Alejandro pensé en Mercedes. No porque sus historias fueran iguales, sino porque ambos cuentan la misma tragedia con dos décadas de diferencia. Hace 20 años escribí un artículo sobre la casa de Mercedes, para Diario Las Américas, hoy escribo sobre la azotea de Alejandro, dos fotografías separadas por tiempo y distancia, pero parte del mismo proceso: La lenta y deliberada degradación de la vida del cubano.

Mi amiga Mercedes llegó al exilio siendo una niña. Sus padres y abuelos fueron despojados del trabajo de toda una vida. Mercedes ha vivido siempre fuera de Cuba, pero Cuba duele y Mercedes no la olvida. Por eso, cuando una reportera le dijo que viajaría a Cuba para hacer una historia sobre cómo vivían allí quienes hoy residen fuera de la isla, Mercedes no lo pensó dos veces. Para alguien que, por principio, no ha regresado a Cuba, no dudó en darle la dirección de la casa de su niñez y la de la farmacia de su padre. Una mañana sonó el teléfono. La reportera estaba en Güines, pero no podía encontrar la casa. Las calles ya habían perdido sus nombres; ahora eran numeradas. Mercedes le sugirió que fuera a la iglesia, que estaba en la esquina de la farmacia de su papá de allí alguien sabría guiarla. Veinte años atrás, lo que quedaba de la Farmacia Fraga, producto del trabajo y tesón de su padre, era una esquina tapiada y despintada.

De la casa de Mercedes, Habana 661, en Güines, quedaba una vivienda en ruinas, a la que se le habían desprendido grandes trozos de la fachada. La otrora joya arquitectónica era ahora una cuartería donde vivían seis familias. No dignamente: con sábanas dividiendo los espacios y con la colectividad propia de una prisión. En el patio, en los canteros donde su madre cultivaba rosas y orquídeas, ahora criaban puercos. Las rejas de la baranda habían desaparecido. Las paredes, que alguna vez fueron blancas e impecables, eran ahora color churre, el verdadero color oficial de la revolución. Donde alguna vez hubo paredes, había mugrientas tablas y cartones que cubrían los huecos. Salvo por una hermosa columna romana que había sobrevivido al maremoto, todo lo demás eran tablas y ventanas rotas que algún día formaron parte de la estructura de lo que fue un acogedor hogar familiar.

En la cocina, los gabinetes ya habían perdido sus puertas. Allí seguía el aguerrido refrigerador, el mismo de antes de la revolución. Donde alguna vez hubo una elegante cortina, colgaba de un alambre una cobija llena de agujeros. ¿Qué lograron al albergar a seis familias en esas condiciones? La deshumanización del ser humano. Si la revolución pensó que, confiscando, encarcelando y asesinando, iba a mejorar la vida de los cubanos, ¿por qué condenó al resto a la miseria asfixiante y a la denigración? ¿Qué mérito tiene que seis familias vivan en calidad de indigentes, sin privacidad alguna? ¿Qué ha logrado la maldita revolución que no sea la destrucción material y espiritual de un país? ¿Cuál fue el propósito de despojar al cubano del fruto de su trabajo, acabar con la empresa privada y provocar que millones terminaran en el exilio? ¿Para qué? ¿Cuál era ese plan siniestro que nada logró y que hoy, 67 años después, vemos la respuesta frente a nuestros ojos? Todo por unos cuantos sinvergüenzas que decidieron regresar al capitalismo que destruyeron, mientras las víctimas sobreviven sin luz ni agua, cocinando al aire libre, bañándose bajo la lluvia y dando de beber agua contaminada a sus hijos.

Hace 20 años, cuando vi aquellas fotos, pensé que la casa de Mercedes era el reflejo de Cuba. Ahora los victimarios han perfeccionado el fracaso. Es un pueblo maldecido por un tirano que lo odió tanto que lo condenó a la miseria perpetua de una decadente ideología. Eso sí, para la cúpula, sus familiares y sus amigos, sobran los lujos. Esos se reparten el botín como desalmados delincuentes. Sus hijos no duermen en azoteas, no tienen que despojarse de su privacidad, ni en Cuba ni cuando viajan al exterior, donde se hospedan en hoteles cinco estrellas. La destrucción de Cuba no le corresponde a nadie más que a Fidel y a Raúl Castro y a todos los esbirros que se han prestado para mantener viva la corrupción y el saqueo sistemático de la nación cubana.

No se equivoquen cantando victoria los sicarios que hoy se nutren de la miseria de un pueblo indefenso. Pueden apagarle la luz, obligarlo a dormir en una azotea, arrebatarle su casa, su privacidad y hasta la dignidad de vivir como un ser humano. Pero cuando el poder ignora el sufrimiento, la indignación se abre camino y con ella trae una luz que no podrán apagar: la que brilla dentro de las almas de un pueblo que cada vez más exige ser libre. Y cuando ese pueblo encuentre nuevamente su voz, les advierto que ninguna fuerza podrá contenerlo.

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