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OPINIÓN

Sin imponer, recomendaciones para la prensa internacional en una Cuba hipotéticamente democrática

La primera recomendación sería sustituir la lógica de conquista comercial por una investigación seria de las necesidades informativas

Por ZOÉ VALDÉS

Imaginemos que Cuba iniciara un cambio radical hacia un sistema democrático, con garantías efectivas para la libertad de expresión, el pluralismo y el ejercicio independiente del periodismo. Con estas palabras no preconizo ese desenlace ni presupongo cuándo podría producirse: propongo un escenario hipotético para examinar cómo deberían actuar los periódicos internacionales de renombre interesados en establecerse en la isla. Su principal desafío no sería simplemente abrir una oficina o ganar lectores, sino construir una presencia legítima, útil y sostenible. Una marca reconocida puede facilitar el primer encuentro; la confianza tendría que ganarse mediante información rigurosa, atención presencial y continuidad.

La primera recomendación sería sustituir la lógica de conquista comercial por una investigación seria de las necesidades informativas. Antes de diseñar una edición local, convendría conversar con lectores potenciales, periodistas, universidades, bibliotecas y organizaciones profesionales. Habría que conocer hábitos de lectura, disponibilidad de conexión, posibilidades de pago y temas insuficientemente atendidos. Ninguna de esas condiciones debería deducirse de estereotipos ni darse por resuelta con la apertura democrática. Oír atentamente también significaría aceptar que el prestigio internacional no proporciona automáticamente conocimiento local. La pregunta decisiva sería qué servicio puede ofrecer el periódico que todavía no esté disponible, no qué imagen desea proyectar.

Un cambio radical -y no una transición- no debería confundirse con un marco institucional ya consolidado inexistente por el momento. Antes de comprometer inversiones importantes, las empresas tendrían que verificar las normas vigentes sobre actividad periodística, contratación, propiedad de medios, fiscalidad y protección de datos, mediante asesoramiento cualificado. Deberían comprobar también si existen procedimientos transparentes de acreditación, acceso a información pública y recursos frente a restricciones arbitrarias. Los Indicadores de Desarrollo Mediático de la UNESCO ofrecen una referencia para examinar libertad de expresión, pluralismo, formación e infraestructura. Ese enfoque aconseja evaluar condiciones concretas, en vez de tratar cualquier cambio formal como garantía suficiente para trabajar sin interferencias. Pero recuerden que la UNASCO -como la renombró Reinaldo Arenas- ha sido en gran medida cómplice del castrismo.

Una corresponsalía formada exclusivamente por visitantes correría el riesgo de interpretar el país desde referencias ajenas. Sería preferible integrar profesionales locales -reformateados- con capacidad real para proponer temas, editar y participar en decisiones editoriales. El conocimiento del territorio no debería quedar reducido a servicios auxiliares o contactos ocasionales. Las contrataciones tendrían que contemplar remuneración justa, condiciones claras, formación y protocolos de seguridad. También resultaría conveniente desarrollar una red de colaboradores fuera de la capital, evitando que una sola ciudad sustituyera al conjunto del país. Las alianzas con medios existentes deberían reconocer autorías y autonomía, sin absorber su identidad ni convertirlos en proveedores invisibles. Aunque no se crea es algo que ya se está haciendo de manera efectiva aunque sumamente discreta.

En el escenario planteado, la independencia tendría que poder comprobarse, no limitarse a una declaración corporativa. Cada periódico debería explicar quién lo financia, cómo separa publicidad e información y qué mecanismos utiliza para gestionar conflictos de interés. Los acuerdos comerciales no deberían conceder a anunciantes o socios el derecho a intervenir en las noticias. Una política pública de correcciones, la distinción entre hechos y opiniones y la verificación de afirmaciones ofrecerían señales concretas de responsabilidad. Los estándares periodísticos de Reuters destacan precisamente la exactitud, las correcciones transparentes y la gestión de conflictos de interés: criterios útiles para cualquier proyecto informativo.

La cobertura no debería reducirse a grandes acontecimientos institucionales ni a relatos dirigidos exclusivamente al público extranjero. Una edición orientada a lectores locales necesitaría explicar asuntos cotidianos: servicios públicos, educación, transporte, cultura, medioambiente y cambios administrativos. El periodismo de servicio podría ayudar a comprender procedimientos, contrastar anuncios y distinguir medidas aprobadas de proyectos todavía pendientes. Junto a esa utilidad inmediata, habría espacio para investigación, entrevistas y reportajes de profundidad. El objetivo sería acompañar la comprensión del país, no presentar cada noticia como confirmación de una conclusión previa. Una agenda propia surgiría del trabajo sobre el terreno y de preguntas relevantes.

La estrategia tecnológica debería partir de mediciones, no de suposiciones sobre conectividad o equipamiento. Si los estudios detectaran restricciones de acceso, convendría ofrecer páginas ligeras, contenidos descargables, boletines y formatos que consumieran pocos datos. La accesibilidad incluiría tipografía legible, navegación sencilla y alternativas textuales para contenidos audiovisuales. Una eventual edición impresa tendría sentido únicamente si la demanda y la distribución la justificaran. Además, la búsqueda de suscripciones no debería bloquear toda información de utilidad pública. Combinar contenidos abiertos con productos especializados permitiría explorar ingresos sin identificar calidad con exclusividad. El formato adecuado sería aquel que acercara información verificable a sus lectores, y que les ayudara a ser más libres y no más esclavos.

Sería poco responsable equiparar apertura con rentabilidad inmediata. La entrada debería organizarse por etapas: investigación inicial, un proyecto piloto de alcance limitado y ampliación sujeta a resultados revisables. Antes de crecer, habría que contrastar costes operativos, retención de lectores, disposición de pago y estabilidad de los ingresos. Un modelo combinado de suscripciones, publicidad identificada y servicios profesionales podría estudiarse sin presentarlo como fórmula universal. La dependencia excesiva de un solo financiador exigiría especial vigilancia. La UNESCO -que reiteró debiera pedir perdón a los cubanos- también señala la fragilidad económica y la concentración de propiedad como desafíos del pluralismo mediático; la sostenibilidad debería fortalecer la independencia, no sacrificarla para acelerar el crecimiento.

La existencia hipotética de nuevas libertades no eliminaría automáticamente los riesgos profesionales. Toda redacción necesitaría protocolos para proteger comunicaciones, limitar la recopilación de datos personales y explicar a las fuentes las condiciones de una entrevista. Publicar nombres, documentos o imágenes exigiría valorar su relevancia informativa y posibles consecuencias. Ante rumores o materiales manipulados, convendría privilegiar la comprobación sobre la velocidad. La inteligencia artificial podría apoyar tareas auxiliares, pero no sustituir entrevistas, inventar testimonios ni producir evidencias inexistentes. También harían falta planes de continuidad frente a interrupciones técnicas. Una organización fiable mantendría los mismos estándares cuando la atención internacional disminuyera.

Por último, el éxito debería medirse con indicadores que fueran más allá de visitas y notoriedad: lectores recurrentes, correcciones atendidas, utilidad percibida, alcance territorial y estabilidad financiera. Sería valioso abrir canales de reclamación y explicar periódicamente las decisiones editoriales. En una Cuba hipotéticamente democrática, los periódicos de renombre podrían aportar experiencia, recursos y conexiones internacionales, siempre que reconocieran los límites de su mirada. Su mejor recomendación sería llegar para trabajar, no para dictar un relato. Posicionarse significaría merecer un espacio dentro de un sistema plural, donde el reconocimiento procediera de la calidad del servicio y del respeto a los lectores. Esto va lo mismo para los que van con PRISA como a los que van haciéndose EL ECONOMISTA.

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