Una bomba que palpita y padece
Desde las épocas más remotas el corazón ha sido no sólo el motor que impulsa el cuerpo, sino el símbolo del pensamiento emocional
Según las últimas estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, 17 millones de personas fallecieron en 2011 a causa de un problema cardiovascular, es decir, tres de cada 10 muertes se debieron a un infarto o a un accidente cerebrovascular.
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Corazón y las emociones n
Pero el corazón es mucho más que sólo el órgano rector de la función circulatoria, es también el símbolo de lo que sentimos, el albergue de nuestras emociones. Para comprender el por qué debemos remontarnos a la antigua Grecia, época en la que se creía que el corazón era la sede de todo, de hecho, Aristóteles, sostenía que este lo controlaba todo: la razón, nuestra emoción, e incluso nuestros pensamientos discursivos. Los egipcios, por su parte, pensaban que el corazón contenía la esencia vital del alma.
Se nos ha enseñado con insistencia que el cerebro es donde se procesa todo lo que nos sucede, pero ciertas respuestas fisiológicas a las emociones nos conectan con el corazón, y es que a medida que el cuerpo se prepara para algo interesante, la frecuencia cardiaca y el flujo sanguíneo aumentan, lástima que los estudios científicos sugieran que la frase u201cte amo con todo mi corazón u201d es prácticamente una mentira porque esa bomba, diseñada exclusivamente para mover la sangre, no está pendiente de eso.
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