Nunca ha resultado tan fácil el acceso a la cultura. Lo bueno de este siglo es que uno puede elegir ser un analfabeto o un tipo cultivado como una buena lechuga, sin que medie en la decisión ningún tedioso discurso sobre la distribución de la riqueza. Particularmente, siempre me he sentido más atraído por el asunto de la distribución de la cerveza, pero me desvío del meollo. Ya no hace falta ser rico, viajar por el mundo, y asistir a las más elitistas escuelas para convertirse en un torrente cultural. Es suficiente con tener conexión a internet y una cierta inquietud intelectual. Es posible que el acceso total y gratuito a la cultura no exista jamás, entre otras razones porque lo gratis siempre termina pagándolo alguien, y a menudo le toca a usted. Y sin embargo, tan sólo el archivo de dominio público, con más de un millón de libros, disponible en Google Books, es bastante más de lo que pudieron leer a lo largo de su vida cualquiera de los grandes sabios del pasado.
Usted puede ser sabio
Es posible que el acceso total y gratuito a la cultura no exista jamás, entre otras razones porque lo gratis siempre termina pagándolo alguien, y a menudo le toca a usted. Y sin embargo, tan sólo el archivo de dominio público, con más de un millón de libros, disponible en Google Books, es bastante más de lo que pudieron leer a lo largo de su vida cualquiera de los grandes sabios del pasado.
Todo esto supone un problema. No tenemos ya excusa para no leer. De hecho, nadie disfruta ya de dispensa alguna para no leer en cualquier lugar y a todas horas. Los grandes de la literatura, las obras históricas, los originales más extraordinarios, o la investigación de un montón de autores contemporáneos, están al alcance de un clic, sin coste alguno, y pueden llevarse fácilmente en cualquier soporte digital. Si pertenece usted al modo analógico, no desespere, porque también puede imprimírselos y pasearlos debajo del brazo; aunque creo que con este método las búsquedas por palabra dentro del libro no ofrecen tan buen resultado.
La vida digital es odiosa, el mundo moderno repele a cualquier persona con sentido común, y el siglo XXI es, a grandes rasgos, un vertedero bastante más terrorífico del que imaginaba el inolvidable tango Cambalache. Y sin embargo, toda cruz tiene su cara. Ahí tienen la cultura. Abrumadora, universal, atemporal. La gran cultura. Todo. La vieja moral, la educación perdida, la escritura culta y elegante, el costumbrismo, la documentación histórica a salvo de intoxicadores, las vidas ejemplares, las profecías cumplidas, las novelas eternas, los libros clásicos de la filosofía, del arte, de las ciencias, de la religión. Todo al alcance también de esas mismas personas que malgastan sus vidas en fechorías, maldades, y radicalismos varios, y que los de siempre justifican por las desigualdades sociales y la falta de oportunidades culturales. No. En realidad ya no existe esa coartada cultural para nadie que disponga de Internet. Así que los de siempre pueden ir trabajando ya en otro discurso para justificar la barbarie.
Y luego están los que ya no sienten, los sin escrúpulos, los niños sobre-estimulados de la revolución digital. Los que cayeron idiotizados en las redes de lo cibernético en los 90 matando zombies y desde entonces no han experimentado actividad cerebral alguna. Hoy tampoco tienen excusa. Porque el mismo veneno que digitalizó sus vidas en la adolescencia, el mismo que le robó los libros de papel, la misma pantallita que los volvió tontos a los 15, ahora, con 20 o 30 años puede rescatarles. No necesitan gastarse más dinero en psicólogos. Tienen en su mano la elección. Y esto demuestra que, incluso en los peores tiempos, la libertad siempre termina asomando para rescatar a los cautivos, sean voluntarios o involuntarios.
Miles de páginas web, Internet Archive, el Proyecto Gutemberg, el Proyecto Cervantes Virtual, los libros gratuitos en millones de dispositivos, y por supuesto la gran literatura de hoy y siempre a bajo coste que ofrecen las tiendas digitales. Vivimos un momento culturalmente apasionante y no somos conscientes. El mundo como un gran museo, como una biblioteca universal. Nos hemos situado de repente ante la primera oportunidad real de convertirnos en los tipos más leídos y cultivados de la historia de la humanidad. Jóvenes y mayores, quizá deberíamos arrancarnos del cuerpo durante unos minutos todas esas ventosas de inagotables estímulos sensoriales que nos impiden coger aire, y mirar cara a cara durante un momento al valiente reto de la cultura. No lo soluciona todo. Pero, a priori, no hace daño.
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