La ciudad de Cienfuegos fue fundada en 1819, pero San Fernando de Camarones, el más antiguo de sus poblados, fue fundado en 1714. Situada en la costa sur, a 336 kilómetros al este de La Habana, la provincia cienfueguera cuenta con ocho municipios: Abreus, Aguada, Cienfuegos, Cumanayagua, Cruces, Lajas, Palmira y Rodas.
Crónica de un viaje a Cienfuegos hace 28 años
Aquellos palmares de palmas reales, cuando en las vacaciones viajaba con mi madre a Sancti Spíritus, ya apenas se divisaban
En 1998, razones ajenas a intereses históricos o turísticos me llevaron en ómnibus de la empresa nacional Astro hasta la Perla del Sur: visitar a mi primo Vladimiro Roca Antúnez (1942-2023), quien, después de cuatro meses detenido en Villa Marista, cumplió la condena de cinco años de privación de libertad en la prisión de Ariza.
El pasaje costaba 14 pesos. El trayecto desde La Habana a Cienfuegos por las Ocho Vías se hacía en cinco horas, pero casi siempre surgía un contratiempo. En el ómnibus en que viajé se partió una de las dos correas antes de llegar a Aguada. El resto del recorrido, con la incertidumbre de que se rompiera la otra y tuviéramos que esperar al borde de la carretera a que apareciera un servicio móvil de reparación u otro ómnibus que nos transportara.
Comparada con la ciudad de La Habana, Cienfuegos era mucho más limpia. En las calles no se veían papeles ni desechos, tampoco escombros convertidos en vertederos con moscas, cucarachas y ratones, usuales en municipios habaneros. En poblados como Caonao, los desperdicios de alimentos se los echaban a los puercos.
Algo novedoso fueron los huertos, les llamaban organopónicos. En quioscos diseminados por las barriadas, podías comprar, a precios módicos, col, lechuga, acelga, zanahoria, remolacha, rábanos y tomates, entre otras hortalizas. También existían jardines experimentales que ofertaban flores, plantas ornamentales y yerbas medicinales.
Circulaban viejos ómnibus urbanos. En vez de 'almendrones' (autos americanos), los cienfuegueros contaban con una gran cantidad de coches con caballos. En cada uno cabían de seis a diez personas y cobraban un peso per cápita. Los bicitaxistas eran escasos, creo por ser una región montañosa.
Los precios en el mercado agropecuario y en la bolsa negra eran muy inferiores a los de La Habana. Una libra de camarones se podía conseguir por 15 o 18 pesos, aunque con el riesgo que si la policía te registraba, tenías que pagar una elevada multa. La bahía de Cienfuegos es una de las más importantes de Cuba.
En 1998, la presencia de turistas se notaba a simple vista, por las jineteras, que se localizaban por los alrededores de los hoteles Jagua y Rancho Luna o se trasladaban a Trinidad. En ese ambiente proliferaban los homosexuales. Algunos se ganaban la vida en shows de travestis, una actividad reconocida por funcionarios estatales del sector cultural. Los gays eran clasificados como "artistas aficionados al arte."
Conocí a uno de esos artistas. Lesvany, de 23 años, vivía con su "compromiso" en un cuarto fabricado en la azotea de la vivienda propiedad de los padres de Lesvany. La pareja trabajaba en los espectáculos que los fines de semana se organizaban en los altos de una tienda en el centro de Cienfuegos. La entrada costaba 5 pesos los cubanos y 5 dólares a los extranjeros. "Con las propinas nos buscamos de 300 a 500 pesos a la semana", me dijo Lesvany.
Los travestis reconocidos no podían participar en fiestas particulares, pero se las arreglaban para participar. Esas fiestas les permitían tener un vestuario, adquirir zapatos de tacones, maquillaje, adornos. La mayoría de los travestis cienfuegueros basaban sus actuaciones en doblajes de cantantes famosas, cubanas o extranjeras.
El hecho de que Cienfuegos fuera un polo turístico tenía su costo. Buena parte de los reclusos en Ariza habían cometido delitos relacionados con el desvío de divisas o estaban implicados en el robo a tiendas y almacenes de mercancías para su venta en dólares. Otro delito típico del interior del país también se localizaba en Cienfuegos: el hurto y sacrificio de ganado vacuno y caballar. Como en otras provincias, los matarifes utilizaban nuevos métodos: los inyectaban con anestesia o con un medicamento que les provocara un infarto.
El regreso a La Habana lo hice en tren. Poco más de 300 kilómetros demoraron 10 horas, el doble del tiempo que se demoraba por ómnibus. El pasaje costaba 9.50 pesos. Era un 'tren lechero'; paraba en todos los pueblos por donde pasaba. A la altura de Calimete, Matanzas, se rompió la manguera, por suerte, en Guareiras la arreglaron.
El viaje demorado en tren se compensaba con el paisaje. Más ameno que la monotonía de la autopista de las Ocho Vías. En el viaje de ida por ómnibus, las cañas estaban tan flacas como las que se veían desde el tren. Igualmente flaco el ganado. Descalzos, los hombres trabajando en el campo o con calzado y ropa que daban grima.
Aquellos palmares de palmas reales, cuando en las vacaciones viajaba con mi madre a Sancti Spíritus, ya apenas se divisaban. En Agramonte, los naranjales recordaban que estábamos cerca de una de las zonas citrícolas más extensas del país, Jagüey Grande. Tabaco tapado descubrí cuando pasamos por Pedro Betancourt.
A diferencia del tren, que paraba en cada estación y de donde bajaban o subían pasajeros, el ómnibus solo hacía una parada, en un restaurante privado, un ranchón, donde por 20 pesos ofrecían un plato de congrí, bistec de cero, yuca con mojo y ensalada de lechuga y tomate. Las raciones de los choferes "iban por la casa."
En el tren se suponía que vendieran comida para 400 pasajeros. Pero ese día solo ofertaron 10 cajitas de cartón con una ración mínima de arroz blanco y una salchicha, al costo de 2.40 pesos. Al viajar en el último vagón, por donde comenzaba la repartición, fui una de las diez afortunadas que pudieron almorzar durante 10 horas de viaje.
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