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Perspectiva

Cuando el socialismo se disfraza

El socialismo ya no se anuncia como control, sino como democratización; no como concentración de poder, sino como ampliación de derechos

Por FRANK ZIMMERMAN

Texto adaptado para publicación editorial a partir de un capítulo de 12 mitos sobre el socialismo, libro de Frank Zimmerman.

El socialismo contemporáneo ha reemplazado el lenguaje revolucionario por una narrativa de justicia social y derechos para ampliar gradualmente el papel del Estado. El autor advierte que este cambio puede debilitar la libertad económica, la propiedad privada y las instituciones liberales si no se preservan los límites al poder político.

El auge de Democratic Socialists of America (DSA) ilustra una mutación decisiva del socialismo en Estados Unidos. Ya no se presenta con el lenguaje que lo definió durante buena parte del siglo XX, sino con un vocabulario moral adaptado a las sensibilidades contemporáneas: equidad, derechos, vivienda, salud, justicia racial, dignidad laboral y compasión.

La organización se presenta como la principal fuerza socialista del país y propone una sociedad en la que las grandes corporaciones pasen a propiedad pública y queden sometidas a un supuesto “control democrático”.

Su eficacia no reside únicamente en el programa que defiende, sino en la forma de presentarlo. Lo que, en esencia, implica una mayor concentración del poder económico en manos del Estado aparece revestido de una expansión de la democracia, la participación y la justicia social.

Ese es el cambio decisivo: el socialismo ya no se anuncia como control, sino como democratización; no como concentración de poder, sino como ampliación de derechos.

El socialismo contemporáneo ya no entra en la conversación pública hablando de dictadura del proletariado, expropiaciones masivas o planificación central. Ese vocabulario quedó demasiado ligado a la experiencia soviética, la censura, el racionamiento y la pobreza administrada. Por eso aprendió a presentarse de otra manera: sustituyó el lenguaje de la revolución por el de los derechos, la equidad y la justicia social, sin abandonar necesariamente su aspiración de ampliar el control político sobre la economía.

En Estados Unidos, su principal puerta de entrada es la justicia social: vivienda asequible, salud universal, deuda estudiantil, transporte gratuito, control de rentas, impuestos a los ricos, transición energética, derechos laborales, defensa de minorías y crítica al “poder corporativo”.

Si se presentara como heredero de la Unión Soviética, Cuba, China maoísta o Venezuela, encontraría una resistencia inmediata. Al envolverse en el lenguaje de la compasión, baja las defensas. Ya no propone expropiación, sino “propiedad pública”; no invoca la lucha de clases, sino “trabajadores contra multimillonarios”; no promete control, sino “democracia económica”.

El nuevo vocabulario no elimina la vieja lógica. La suaviza y la vuelve culturalmente aceptable.

El socialismo democrático seduce porque no promete abolir la libertad, sino completarla. Se ofrece como una versión más justa, humana e inclusiva de la democracia liberal. Sin embargo, esa promesa oculta una transformación profunda en la relación entre ciudadano y poder. Una cosa es sostener políticas sociales dentro de una sociedad con propiedad privada, mercado, instituciones independientes, prensa plural y límites constitucionales. Otra muy distinta es convertir al Estado en administrador creciente de la vida económica, distribuidor de oportunidades, regulador de precios, definidor de necesidades y árbitro moral de toda desigualdad.

Estados Unidos ofrece un terreno fértil para esa mutación. Es símbolo de empresa, innovación y movilidad social, pero también una nación marcada por vivienda costosa, endeudamiento estudiantil, frustración generacional, deterioro urbano, polarización, corporaciones influyentes y élites desconectadas. El socialismo entra por esas grietas. No necesita negar el éxito histórico estadounidense; le basta con reinterpretarlo como producto de explotación, racismo, imperialismo y codicia.

La discusión, por tanto, no debe reducirse a si Estados Unidos se convertirá mañana en Cuba o Venezuela. Esa caricatura debilita el argumento. El peligro real es la normalización gradual de ideas que erosionan los fundamentos de una sociedad libre: propiedad, mercado, mérito, responsabilidad individual, seguridad jurídica, pluralismo institucional y límites al Estado.

Bernie Sanders ayudó a volver aceptable, especialmente entre los jóvenes, una palabra que durante décadas había sido políticamente tóxica. Alexandria Ocasio-Cortez dio a ese fenómeno un lenguaje generacional, digital, identitario y emocionalmente atractivo. Ninguno habla como un dirigente soviético. Precisamente por eso resultan más eficaces en el siglo XXI. Se refieren a alquileres imposibles, salud, salarios, clima, deuda y dignidad. Tocan problemas reales y conectan con quienes sienten que el sistema protege a grandes intereses mientras la movilidad social se debilita.

Reconocer esos problemas no obliga a aceptar cualquier remedio. Una causa puede partir de una preocupación legítima y conducir, aun así, a una arquitectura peligrosa de autoridad pública. La pregunta decisiva no es solo qué dolor denuncia, sino cuánto poder reclama para curarlo.

El mito consiste en creer que basta con votar para que el socialismo deje de ser riesgoso. Si un proyecto llega mediante elecciones, se supone que no amenaza la libertad. Sin embargo, esta no muere únicamente por golpes, revoluciones o tanques. También puede erosionarse mediante leyes, regulaciones, subsidios, dependencias, capturas institucionales y mayorías acostumbradas a considerar todo límite como obstáculo.

La democracia no es solamente el acto de votar. Requiere zonas de autonomía que el Estado no debe invadir: propiedad segura, prensa independiente, justicia imparcial, empresa privada, sociedad civil libre y ciudadanos capaces de criticar sin perder empleo, contratos, permisos o beneficios. Las elecciones son indispensables, pero no suficientes. Un gobierno nacido de las urnas puede volverse invasivo, una mayoría legislativa puede debilitar derechos y una república puede conservar sus procedimientos mientras pierde su sustancia liberal.

Una de las vías más eficaces para ampliar el poder estatal es la expansión ilimitada del lenguaje de los derechos. Salud, vivienda, educación superior, transporte, energía, internet, ingreso mínimo o trabajo garantizado pasan a presentarse como obligaciones exigibles al gobierno. La fórmula posee una enorme eficacia moral: cuestionar el mecanismo parece negar el objetivo; preguntar por el financiamiento suena a indiferencia; advertir sobre límites fiscales se interpreta como crueldad.

Ninguna sociedad decente puede ignorar las necesidades básicas. El problema aparece cuando cada necesidad humana se transforma automáticamente en un derecho administrado por el poder público. Todo derecho social exige recursos, criterios de acceso, proveedores, regulaciones y sanciones. Esa maquinaria nunca es políticamente neutral. Quien distribuye beneficios también puede condicionar, excluir, premiar o disciplinar.

El Estado real no es una abstracción benevolente. Está compuesto por políticos, burócratas, agencias, sindicatos públicos, contratistas y grupos de presión. Puede corregir abusos privados y crear abusos públicos; proteger y controlar; ayudar y capturar. La justicia social no debería consistir en multiplicar promesas imposibles, sino en crear condiciones para que las personas dependan menos del favor político: propiedad, empleo productivo, educación de calidad, moneda estable, competencia, seguridad jurídica e instituciones confiables.

La gran debilidad del socialismo democrático está en su desdén por la relación entre libertad económica y libertad política. La propiedad, el ahorro, la empresa, los contratos y la inversión suelen tratarse como asuntos secundarios frente al bienestar colectivo. Sin embargo, constituyen la base material de la independencia ciudadana. La propiedad ofrece un espacio propio; el emprendimiento reduce la dependencia del empleo estatal; el ahorro protege frente al desorden fiscal; la competencia dispersa poder.

Cuando el gobierno decide quién produce, importa, vende, alquila, construye, contrata, publica o financia, la vida civil queda bajo vigilancia administrativa. El ciudadano puede conservar formalmente la palabra, pero sabe que existen inspecciones, multas, licencias denegadas, investigaciones tributarias, créditos bloqueados o contratos perdidos. La libertad política se vuelve más costosa, y cuando ejercerla cuesta demasiado, muchos aprenden a callar.

La propiedad privada cumple, por tanto, una función política. Hace posibles medios independientes, universidades autónomas, organizaciones civiles, iglesias, empresas, sindicatos libres y ciudadanos con recursos propios. Una sociedad donde toda riqueza depende directa o indirectamente del gobierno es políticamente frágil, aunque conserve elecciones.

El socialismo democrático no habla de abolir la propiedad, pero puede vaciarla de contenido mediante impuestos confiscatorios, controles de alquileres, precios intervenidos, permisos interminables y regulaciones selectivas. Algo similar ocurre con el mercado. Se lo presenta como una fuerza deshumanizada que debe ser domesticada por la política, cuando en realidad constituye una red de decisiones, información, precios, intercambios e innovación. Tiene fallas, pero posee una virtud que la planificación no puede sustituir: dispersa el poder.

La batalla tampoco es exclusivamente económica. En universidades, medios, organizaciones estudiantiles, plataformas digitales y espacios artísticos, el capitalismo aparece con frecuencia como sinónimo de explotación, racismo, colonialismo y destrucción ambiental. El éxito empresarial se vuelve sospechoso; la propiedad, privilegio; la desigualdad, injusticia automática; la defensa de la nación, vergüenza.

El socialismo crece cuando ocupa el terreno de la virtud. No necesita demostrar que administra mejor; le basta con convencer de que siente mejor. Quien pide más mercado parece frío; quien exige más Estado, compasivo. El desacuerdo deja de ser legítimo y se convierte en culpa moral.

Desde hace más de seis décadas, los cubanos hemos venido advirtiendo sobre esa lógica. No porque Estados Unidos sea Cuba, sino porque ciertas palabras, consignas y reflejos políticos resultan demasiado familiares. El socialismo no comienza anunciando censura, escasez o represión. Suele presentarse primero como justicia, dignidad, igualdad, derechos, vivienda, salud y esperanza. La experiencia cubana enseña que la secuencia importa: primero conquista el terreno moral; después expande el Estado; más tarde politiza las instituciones y, finalmente, convierte la crítica en sospecha, deslealtad o amenaza.

La respuesta no puede consistir en negar los problemas reales de Estados Unidos. La vivienda es costosa, la salud resulta inaccesible para muchos, la educación endeuda a millones y muchas familias sienten que el sueño americano se aleja. Ignorar esas heridas equivaldría a regalarle el terreno moral al socialismo.

La justicia exige igualdad ante la ley, oportunidades reales, competencia, propiedad accesible, educación de calidad, salud eficiente y gobiernos limitados. Estados Unidos necesita reformarse, no suicidarse ideológicamente. Debe corregir los abusos corporativos sin destruir la empresa, ampliar la vivienda eliminando barreras artificiales y reducir costos sin convertir al ciudadano en rehén de nuevas burocracias.

El socialismo democrático resulta peligroso precisamente porque al principio no lo parece. Llega con compasión, regula antes de censurar, condiciona antes de expropiar y debilita las bases materiales de la independencia antes de atacar abiertamente las libertades políticas. Cuando suficientes personas dependen del Estado, el poder no necesita prohibir toda crítica; le basta con volverla costosa.

Una advertencia final: cuando el socialismo habla de compasión, conviene preguntar cuánto poder reclama. La libertad no se pierde solo cuando es arrebatada. También desaparece cuando una sociedad, cansada de sus problemas, la entrega voluntariamente a quienes prometen administrarle la justicia.

Conclusiones

El principal desafío del socialismo democrático no reside en una ruptura abrupta con el sistema liberal, sino en la normalización progresiva de políticas que expanden el poder estatal en nombre de la justicia social. Sostiene que preservar una sociedad libre requiere atender las demandas legítimas de los ciudadanos sin debilitar la propiedad privada, la iniciativa individual, la competencia y los límites constitucionales al poder político.

Autor

Zimmerman es un estratega de medios, analista político, autor y productor multimedia cubano-estadounidense con más de veinticinco años de experiencia en comunicación, televisión, publicidad, asuntos públicos y producción estratégica de medios. Actualmente se desempeña como asesor estratégico sénior y productor multimedia sénior en el Adam Smith Center for Economic Freedom de la Florida International University, donde desarrolla contenidos estratégicos e iniciativas públicas centradas en la libertad económica, la democracia, el autoritarismo y la geopolítica de América Latina. Como exejecutivo de NBCUniversal/Telemundo con más de dos décadas de trayectoria en medios y comunicación, Zimmerman es el creador y director de Contracorriente, una plataforma dedicada al análisis político y geopolítico de América Latina. Es autor de “12 Myths About Cuba”, y colabora habitualmente con análisis y comentarios políticos en destacados medios de comunicación en español. Zimmerman posee una maestría en Lengua y Literatura Españolas por el City College of New York (CCNY), cursó estudios de posgrado en CUNY y realizó formación avanzada en artes visuales y fotografía en Nueva York.

Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com

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