La nación cubana no puede comprenderse desde una sola mirada ni desde una única experiencia. Reducirla a una narrativa, a una ideología o a un momento histórico específico sería desconocer la complejidad de su tejido humano. Este artículo propone entender todas las partes que la conforman, sin excluir a nadie, independientemente de su afiliación política, religiosa o generacional. La nación no es un bloque compacto, sino un organismo vivo, en constante transformación.
Cuba, la reconciliación como destino histórico
Una reflexión sobre la nación como casa común y la necesidad histórica de sanar desde la conciencia
Quienes hemos vivido fuera de la isla sabemos que es posible construir sociedades donde múltiples visiones coexistan, aun cuando entren en tensión. Las democracias modernas no se sostienen en la unanimidad, sino en la capacidad de gestionar diferencias. El desafío no es eliminar el desacuerdo, sino aprender a convivir con él sin deshumanizar al otro. El objetivo común debería ser siempre el mismo: edificar un país donde la convivencia sea posible, una gran casa compartida por todos.
Cuba parece, a veces, una herida abierta que desea cicatrizar, pero permanece expuesta al polvo del resentimiento. Cada palabra cargada de odio, cada gesto de exclusión, cada postura intransigente actúan como sal sobre una piel sensible. Las fracturas no solo son políticas; son también emocionales y familiares. Han atravesado generaciones, dividido hogares, separado amistades. Y así, la tierra soñada y evocada en tantas conversaciones continúa fragmentada, dividida por memorias que no terminan de reconciliarse.
Sin embargo, incluso las heridas más profundas tienen vocación de sanar.
Mi Cuba, la de mi infancia y la de mis abuelos; la de mis padres y también la de tantos otros, no le pertenece a una ideología ni a una generación. Nos pertenece a todos. Vive en la memoria, en el acento, en gestos heredados casi sin darnos cuenta. Está en la manera de decir ciertas palabras, en la música que nos atraviesa, en la manera de reír y de resistir. Es tierra generosa, vasta como el recuerdo, donde caben todas las historias y todas las miradas.
Hoy esos sueños están dispersos: algunos caminan sus calles; otros la evocan desde lejos, más allá del mar. Pero todos laten con el mismo pulso. Desde la distancia también se ama, también se construye, también se honra la cultura que nos formó. El origen no se pierde en el viaje; se transforma, madura, dialoga con otras realidades, pero no desaparece. La diáspora no es negación, es extensión.
Las culpas, por sí solas, no levantan países ni sanan memorias. Señalar errores del pasado puede ser un ejercicio necesario, pero permanecer atrapados en ellos nos condena a una repetición interminable. Lo que verdaderamente reconstruye una nación es la voluntad compartida de mirarse sin rencor y caminar juntos. No se trata de borrar lo sucedido, sino de asumirlo con madurez histórica.
Imaginar una Cuba reconciliada es imaginar una sinfonía donde resuenen los tambores batá junto a las guitarras y el tres; donde la trova dialogue con la música sinfónica; donde la tradición campesina conviva con la modernidad urbana; donde todas las voces puedan elevarse sin temor. Una partitura abierta en la que cada cubano, esté donde esté, sea instrumento imprescindible. Ningún timbre sobra en esa orquesta; cada uno aporta una textura única al conjunto.
Reconciliar no significa uniformar. Significa aceptar que somos diversos, pero hermanos; que nuestras vivencias han sido distintas, pero compartimos un mismo origen. El dolor ha sido real; las pérdidas también. Hay heridas que aún laten con fuerza. Pero también lo es la esperanza. No se trata de negar las fracturas, sino de decidir que no estamos condenados a repetirlas eternamente. La historia no es una prisión; puede ser también una maestra.
Tal vez la reconciliación no nazca de una consigna pública ni de un acuerdo formal, sino de un acto íntimo de conciencia. No se impone ni se decreta: se elige. Se elige cuando dejamos de descalificar automáticamente al que piensa distinto. Se elige cuando reconocemos que nadie posee el monopolio del amor por la patria. Se elige cuando comprendemos que la nación no es una trinchera donde defendernos unos de otros, sino una casa común donde siempre hay espacio para volver a empezar.
En ese espíritu cobran vigencia las palabras de Nicolás Guillén:
«Alcemos una muralla juntando todas las manos;
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.»
No una muralla que divida, sino una que resguarde lo esencial: la dignidad de sabernos parte de lo mismo. La imagen no es de confrontación, sino de protección colectiva. Una nación madura no se define por la ausencia de conflictos, sino por su capacidad de resolverlos sin destruirse a sí misma.
Reconciliar es comprender que, antes que adversarios, somos un mismo cauce que viene de lejos. Que la historia de unos no invalida la de otros. Que la patria no se reduce a una época ni a un territorio. Solo cuando todas las manos se junten, las de dentro y las de fuera, las de ayer y las de hoy, Cuba dejará de doler para volver a ser proyecto.
Porque toda tierra, cuando se cultiva con amor y paciencia, vuelve a florecer. Y toda nación que decide mirarse con honestidad tiene la posibilidad de reinventarse sin perder su esencia. La reconciliación no es debilidad; es la forma más elevada de fortaleza histórica.
Cuba, más que un territorio, es una promesa. Y las promesas, cuando se asumen con conciencia y responsabilidad, están llamadas a cumplirse.
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