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RECUERDOS DE UNA HABANERA

El dictador que convirtió la pizza en "plato nacional"

No había que ir a uno de los restaurantes especializados en cocina italiana para comerse una pizza bien elaborada

Por TANIA QUINTERO

A mediados de la década de 1960, en La Habana y en toda Cuba, restaurantes y cafeterías que antes de 1959 ofrecían variados menús criollos, de pronto se convirtieron en pizzerías. Algunas fueron especialmente construidas, en lugares céntricos.

Cuando uno vivió 61 años bajo el mandato ininterrumpido de Fidel Castro, como es mi caso, no se necesita rastrear mucho en internet para darse cuenta de que ese ataque repentino de 'italianitis' fue el resultado de uno de esos 'enamoramientos' del dictador en jefe.

Lo descubrí en el blog Cuba a 360 gradi. En un breve post rinden tributo a Leo Cittone, fallecido el 6 de julio de 2013 a la edad de 90 años en Milán. Considerado "el primer italiano en romper el embargo", en 1962 hizo llegar al puerto de Génova un barco cargado de azúcar, cuyo destino final era la Unión Soviética. Gracias a su amistad personal con el 'comandante', Cittone se convirtió en un privilegiado socio comercial de Cuba.

Los cubanos que peinamos canas recordamos su 'encarne' con la ganadería. De toda la vida, la vaca utilizada en nuestros campos era la cebú, pero a Castro se le metió en la cabeza, cruzar la cebú con la raza Holstein. No paró hasta que lo logró... a medias. La reina de aquel invento, Ubre Blanca, durante los 13 años que vivió (1972-1985) formó parte de las campañas publicitarias de la revolución que supuestamente era de "los humildes y para los humildes".

Otro arranque de embullo fidelista fue el café caturra y ese engendro del Cordón de La Habana. Todo eso coincidió con el Año de la Ofensiva Revolucionaria, o mejor, de las nacionalizaciones de bodegas, comercios y timbiriches. Incluso pensaron en eliminar el dinero. Si quiere conocer a fondo lo ocurrido de 1959 a 1965, le recomiendo que lea el libro Se acabó la diversión (Se acabó la diversión, libro que narra los primeros años de la debacle cubana), del escritor y empresario Omar Sixto.

En 1968, cuando la llamada Ofensiva Revolucionaria, ya hacía rato que los cubanos le estábamos metiendo a la pizza y los spaghettis en la misma costura. Y la epidemia de 'italianitis' aún continuaba. El 30 de septiembre de ese año, en Cangrejeras, en las afueras de la capital, donde antiguamente había existido un instituto cívico militar, clausuró el primer curso -y si no me equivoco, el único- de operadoras de tractores Piccolinos.

Además de pizzas, spaghettis y en menor medida, de lasañas y raviolis, en el panorama nacional habían hecho su aparición los Alfa Romeo, de fabricación italiana y del mismo color, magenta. Sus ocupantes eran 'pinchos', 'mayimbes', quienes con sus escoltas se paseaban por las calles habaneras. Ahora entiendo por qué la marca Alfa Romeo era sinónimo de estatus: el Sr. Cittone los envió a Cuba para uso exclusivo de la clase gobernante. Gracias a Cittone, a la isla igualmente llegaron autos Fiat, las motos Guzzi usadas por la Seguridad del Estado y máquinas de escribir Olivetti, entre otras mercancías.

La diferencia entre las pizzas de los años 60 y las actuales es la calidad. No había que ir a uno de los restaurantes especializados en cocina italiana para comerse una pizza bien elaborada, con puré de tomate y queso. Las había de jamón, chorizo, carne de res molida, langosta, camarones... Entonces, los precios eran accesibles a todos los bolsillos, en moneda nacional. Ahora, para comerse una buena pizza, los cubanos tienen que ir a una paladar o restaurante privado y pagarlas a precio de oro, en pesos o divisas.

De truco que un dictador convirtiera en 'plato nacional' la pizza, menospreciando el tradicional arroz con frijoles, negros o colorados, que, acompañado de una ensalada, aguacate, plátanos fritos, boniato hervido o yuca con mojo, es más sano y nutritivo.

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