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Juanita, una anciana de La Habana que vive de hacer "mandados"
LA HABANA.- Los años parece que se hubieran detenido en los viejos paredones del caserón de “Juanita”, en la barriada habanera de Miramar, en los que cuelgan retratos amarillentos, diplomas que enseñan nombres de gentes del presente y del más allá, murales de corte rupestre y toda suerte de elementos decorativos que bien podrían haber sido arrancados de la casa de los Buendía, en “Cien años de soledad”.
“Juanita” es mexicana, pero se siente tan cubana como el tabaco, y aunque no fuma, porque cuida su salud con esmero, siempre tiene una botella de tequila en el que llama su “escondite secreto”, en la alacena de la cocina, lejos de los fantasmas que dice oír en los rincones de su casa de fachada ecléctica. De mañana, tarde o noche, un trago de la típica bebida del país de los azteca le devuelve la vitalidad de la que hace alarde y por la que, con pocas excepciones, todos la conocen en el barrio.
Su llegada a Cuba se remonta a 1962, pocos años después de que Fidel Castro implantara su Gobierno. Eran momentos de cambios profundos en la nación insular, y también en la vida personal de “Juanita”, con solo 21 años por ese entonces. La comida era una de las barreras que le impedía ser feliz del todo en esa nueva tierra, pero con el paso del tiempo los frijoles negros y las masas fritas de puerco comenzaron a aparecer en su mesa. De la misma forma, provista de una paciencia insondable, logró vencer el calor del Caribe.
Menuda, de ojos pequeños y rostro indio, ágil como una hormiguita, su nombre real es María Monroy, y es enfermera de profesión, actividad que ya no ejerce. Solo a los 19 años, cuando inició los trámites migratorios para dirigir sus pasos hacia la mayor isla de las Antillas, tuvo conciencia de que su abuelo la llamaba “Juanita” por cariño, y que su verdadero nombre era María.
Desde 1975 vive en el mismo caserón de enormes puertas y ventanas, que evoca una época de gran prosperidad en las primeras cinco décadas del siglo XX, en lo que fuera una de las zonas residenciales más exclusivas de la capital cubana.
La construcción es de los tiempos del capitalismo, de bonanza económica, que se evaporaron y que solo se asoman a los recuerdos temerarios de quienes siguen anhelando la Cuba de antaño.
La vida de esta mexicana, que sabe perfectamente el significado de expresiones cubanas como “qué bolá” o “vamo’ echando”, es interesante por dos razones primordiales. En primera instancia, literalmente sin ella mucha gente no tendría nada para comer. Y como segundo aspecto –importante también– es la hija adoptiva del connotado poeta Regino Pedroso, uno de los mayores referentes literarios de Cuba, en tiempos recientes.
Sus "buenos oficios"
Decir que sin los buenos oficios de “Juanita” mucha gente dejaría de comer no es exagerado. Esta mujer, en cuyo vocabulario no existe la palabra “anciana”, porque se siente tan vital como una joven de 25, es la encargada de realizar los “mandados” de decenas de familias que le confían la tarea de llevarles a casa los alimentos diarios.
De tal suerte, no es extraño observarla caminar las calles, con sus pasos cortos pero raudos, siempre jovial, siempre sonriente, cargando “jabitas” que contienen panes, vegetales, frutas y otras veces algún tipo de carne, generalmente de puerco, que es la más común en la isla. Las medicinas también forman parte de los encargos de sus “clientes” y casi nunca faltan los periódicos.
Aunque no tiene una medida exacta, “Juanita” cree que recorre alrededor de 7 kilómetros por día. Pero además de los “mandados” que hace a un elevado número de vecinos, otra de sus labores consiste en llevarle comida, y algunos insumos de hogar, a una sobrina que vive en las inmediaciones de Nuevo Vedado, contiguo a Miramar. Asimismo, otras dos mujeres de edad avanzada reciben sus servicios.
“¿Cansarme? Yo no conozco el significado de esa palabra. Algunas veces me ha tocado ir hasta el Vedado [vecindario también próximo a Miramar] pasando por el Puente de Hierro o por el Puente Almendares, después llego a mi casa y con las mismas vuelvo a salir”, afirma.
Mediante ese “trabajo”, que ella considera una “mera actividad física” para mantenerse en forma y no envejecer más allá de los años que le muestra el calendario, “Juanita” se ganó el reconocimiento de sus vecinos. Pero siempre hay un pero: son pocos los pesos que le entran a los bolsillos como retribución por esa labor. “Son contribuciones voluntarias, y a nadie obligo”, dice.
Sin embargo, sostiene que no lo hace por dinero: “Lo hago para mantenerme activa y en comunicación con mis vecinos, que son mi razón de vivir, porque no tengo a más nadie en la vida”. En otras palabras, sus vecinos son su única familia. “Juanita” vive sola y llena de recuerdos, pero sin miedos ni complejos.
Su relación con el poeta
Entre sus remembranzas siempre tiene presente al poeta Regino Pedroso, y a su esposa Petra, quienes fueron las personas que le permitieron llegar a La Habana, con una visa de refugiada, convirtiéndose en hija putativa de la pareja. Hoy es la heredera del activo más preciado del literato: sus libros, su música, montones de fotografías y decenas de distinciones, que exhibe con orgullo a todo el que se lo pide.
Del poeta Pedroso lo que más recuerda es el profundo amor y respeto que sentía por ella. Según “Juanita”, el escritor valoraba su forma de mirar a los ojos de las personas y nunca bajar la cabeza, lo que para él significaba lealtad y pureza.
Para María Monroy, nombre por el que nadie la conoce en Miramar, el ganador del Premio Nacional de Poesía de Cuba, en 1939, y autor de obras laureadas como “El ciruelo de Yuan Pei Fu” es su más grande ídolo por lo que representa para el mundo de las letras aún después de su muerte, en 1983.
Mirando una realidad
“Juanita” vive de lo poco que recibe por su oficio de “lleva y trae”, como ella misma lo describe, y gracias a una mediana pensión del Gobierno por sus años como enfermera, que no supera el equivalente a 40 dólares mensuales.
En el jardín de aquella casa de paredes que parecen alzarse hasta rozar el cielo, entre plantas comunes de la flora cubana, tiene el más grande de sus tesoros: los cactus o nopales a los que los científicos les atribuyen propiedades anticancerígenas y nutricionales, y que son representativos de la cultura y la alimentación de los mexicanos.
Pero por encima de cualquier vínculo con su país natal, como esos “nopalitos” que come en ensaladas o simplemente hervidos, o los recuerdos de unos padres que dejó a muy temprana edad para abrirse camino en la vida, “Juanita” tiene claro que salió de México hace 54 años para morir algún día, próximo o lejano, sola o acompañada por algún vecino caritativo, en la Cuba que inmortalizó el poeta Pedroso en sus composiciones.
Mientras llega ese momento ineludible, “Juanita” sigue recorriendo las calles ardientes de una ciudad que es como una poesía sin métrica, en donde la pobreza es el enemigo a vencer y la gente pareciera hundirse en un profundo abismo, sin esperanzas de un mejor futuro, en contraste con los pasos seguros de esta mujer que camina por la pasarela de la vida sirviéndole a la humanidad a su alrededor.
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