MEMORIAS

La Habana difunta para un Infante premiado

Crónica escrita en La Habana en diciembre de 1997

Por TANIA QUINTERO

Desde la creación del Premio Cervantes, en 1976, España se lo ha otorgado a tres cubanos. Al novelista Alejo Carpentier, militante del partido comunista que residía en París; a la poeta Dulce María Loynaz, autoexiliada en su mansión habanera del Vedado desde que triunfó la revolución fidelista, y en 1997 al escritor Guillermo Cabrera Infante, quien decidió echar raíces en Londres.

Entre 1959 y 1961 debí haber visto alguna vez a Cabrera Infante, pues en esa época el periódico Revolución, dirigido por Carlos Franqui, quedaba en la misma cuadra de las oficinas del Comité Nacional del Partido Socialista Popular (PSP), donde yo trabajaba como mecanógrafa. Si me tropecé o no con el ilustre gibareño, no importa, porque lo que quiero rememorar es que ya, en la esquina de Oquendo y Carlos III, hace tiempo que no existe el cafetín que allí había y donde políticos, periodistas y linotipistas de Revolución iban a tomar café, solo o con leche.

A dos cuadras, en Oquendo y Pocito, detrás de la antigua Compañía Cubana de Electricidad, todavía está en pie la cafetería El Frisco -entonces moderna- donde uno se podía tomar la mejor limonada frappé de La Habana. En su oferta actual, con suerte, se encuentran croquetas de “averigua” (de qué están confeccionadas), hamburguesas de masa cárnica (también para averiguar sus componentes) y "guachipupa", como le dicen al refresco preparado con sirope de fresa. O con un sobrecito de Caricia, la marca de refresco instantáneo chileno, el más vendido en las 'shoppings', por ser el más barato: diez centavos de dólar.

En Reina y Belascoaín, antes de llegar a la iglesia y frente a la antigua Casa de los Tres Quilos -rebautizada Yumurí- había otro cafetín similar al aledaño al periódico Revolución. A ese era al que solía ir con mi padre y algún empleado del PSP, a tomar café con leche y pan con mantequilla. Si la memoria no me falla, la combinación costaba diez centavos o un dime.

Te echaban la leche hervida humeante y el café acabado de colar, a gusto: más claro o más oscuro. No era una taza de las tradicionales, sino una jarra de cristal con asa que nunca más he vuelto a ver. Desapareció como han desaparecido tantas cosas en nuestras vidas. El café con leche siempre siempre fue para los habaneros como el té para los ingleses, con la diferencia de que se tomaba a cualquier hora. Hace tiempo se convirtió en un lujo en Cuba. Otro más, como las frutas.

En la misma cuadra del establecimiento de mis cafés con leche juveniles, por Belascoaín, antes de llegar a la calle Estrella, había un pequeño comercio donde el más nostálgico de los provincianos podía adquirir dulces típicos de su región.

Había queques, casabe, pru oriental, cacao en bola, raspadura de Sancti Spiritus, guayaba en barra, en mermelada o en casquitos, turrón de maní, boniatillo, tamarindo azucarado en pulpa, cucuruchos de Baracoa, queso blanco de Jicotea (Ciego de Ávila), cremitas de leche de Cascorro (Camagüey), coquitos blancos, prietos y acaramelados, miel de abeja de la tierra...

Golosinas hoy muy difíciles de encontrar, desconocidas por las nuevas generaciones de cubanos.

En 1959, si a uno le sobraba un peso, caminaba varias cuadras, en Zanja y Belascoaín, casi al lado de la funeraria Bernardo García, se podía dar un 'banquete'. En el bar-cafetería OK preparaban los mejores sándwiches de la ciudad, que se solían acompañarse con una malta embotellada de Hatuey o La Polar, dos cervecerías habaneras.

Cerca de OK quedaba el Barrio Chino, cuando era chino de verdad, y no el simulacro de la actualidad. Un poco más lejos, quedaba la Plaza o Mercado Único, las 24 horas de servicio. A menos de doscientos metros, en las cuatro esquinas conocidas por Cuatro Caminos, había lugares para tomarse un trago, comer o simplemente echar un níquel (moneda de cinco centavos) en la vitrola y enamorar mientras se escuchaba un bolerón o se descargaba con amigos.

A unas ocho cuadras, subiendo por Monte, quedaba La Esquina de Tejas. Además de dos cantinas o cafeterías con mostrador y sillas, había vidrieras-quincallas abiertas de lunes a domingo. También, una valla de gallos y el cine Valentino. Los miércoles ofrecía funciones a diez centavos. Las películas eran melodramas mexicanos o argentinos, las preferidas de las mujeres de

Carraguao y El Pilar, las barriadas de los alrededores.

Si del Valentino solo se acuerdan los habaneros nacidos en la década de 1940, el resto de los cines tampoco los recuerdan los nacidos en los 50, 60 y 70. Apenas quedan en pie los utilizados como sede de los festivales de cine latinoamericanos. En el castrismo, el dólar lo ha ido sustituyendo todo.

En el corazón de La Habana, en Neptuno y Consulado, se tomaban inmejorables batidos de frutas, la especialidad era el de anón, fruta casi desaparecida de la Isla. En el Café Raúl o por los bares y cafeterías de Marianao, en todas partes, había vida, de día y de noche. Por la Playa de Marianao deambulaba un negro que en cualquier pared ponía con tiza CHORI. Cuando él tocaba los cueros, la montaña rusa del Coney Island, el mejor parque de diversiones del país, se movía sola.

La calle Monte, famosa por sus comercios populares, hoy es una ramera travestida, con tiendas por divisas enrejadas en medio de zonas marginales. Los alrededores del Parque Central, con la peña deportiva a diario discutiendo de béisbol, se han ido quedando para turistas. Donde una vez estuvo El Encanto, la tienda más elegante de La Habana, se levanta un parque donde suelen darse cita buscavidas y homosexuales de clase E (empobrecida).

Una octogenaria de Centro Habana cuenta que en noches calurosas, cuando se asoma a su ventana, ve a Leslie Caron y Cyd Charisse bailando bajo la lluvia. De una fuente llena de monedas salen dos caballeros con sendos paraguas. “Ya no distingo bien, pero uno de ellos es Fred Astaire”. ¿Y el otro? Quiero imaginar a un hombre de piel mestiza y mirada penetrante que lleva consigo una Habana bañada por el mar, repleta de cafés, luces y vitrolas. Desbordante de música y libertad.

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