LA HABANA.- Cada vez es más difícil hacer periodismo independiente y activismo opositor en la Isla. La causa principal: el acoso sistemático de la Seguridad del Estado ha provocado una oleada migratoria de disidentes que huyen de la represión o una probable sanción penal.
Más hambre y represión bajo mandato de Díaz-Canel
El gobernante Miguel Díaz-Canel, que en sus cinco años de mandato no ha sabido encontrar soluciones a la profunda crisis económica y estructural del anacrónico modelo comunista, donde todos los rubros productivos decrecen y los servicios básicos están en quiebra, ha sido, sin embargo, efectivo en desmantelar la oposición y el periodismo sin mordaza.
Ni siquiera Fidel Castro, que en la Primavera Negra de 2003 encarceló a 75 opositores pacíficos, pudo silenciar el activismo disidente. Cuatro años después de aquella razia represiva, los reporteros Juan González Febles y Luis Cino comenzaron a imprimir en La Habana Primavera Digital, un periódico abiertamente anticastrista. Y Yoani Sánchez organizó una blogosfera contestataria. Después, Yoani y Reinaldo Escobar fundaron 14ymedio, convirtiéndose en precursores de un nuevo tipo de periodismo digital hecho en Cuba.
Simultáneamente, se incorporaron jóvenes intelectuales y artistas disidentes como Antonio Rodiles, Claudio Fuentes, Lía Villares, Claudia Cadelo, Gorki Águila y Omni Zona Franca, entre otros, quienes renovaron a la oposición local.
Tras la justicia
Un grupo de abogados liderados por Laritza Diversent y Julio Ferrer se sumaron a juristas fundadores de la Corriente Agramontista, como René Gómez Manzano, y trazaron una estrategia para combatir al régimen con el uso de sus propias leyes, crearon oficinas de asesoría legal a los ciudadanos y marcaron un precedente al participar en diversos foros internacionales donde denunciaban a la dictadura.
Diversent y otros abogados diseñaron una metodología que posibilitó que las flagrantes violaciones del castrismo a los derechos humanos, se escuchara en tribunas foráneas. Todo ello contribuyó a que la disidencia se diversificara y surgieran espacios dentro de una incipiente sociedad civil autónoma. La comunidad LGBTIQ, cineastas y artistas descontentos con el gobierno también reclamaron una apertura democrática.
El periodismo independiente se fortaleció. Una camada de excelentes periodistas, algunos recién graduados como Darcy Borrero, Mónica Baró, José Jasán Nieves, Carlos Manuel Álvarez, Abraham Jiménez y la profesora Elaine Díaz elevaron la calidad del gremio. Nacieron varios medios digitales como Periodismo de Barrio, El Toque y El Estornudo, entre otros.
Contrario al pensamiento único del régimen, en la oposición hubo espacio para todos. Desde el veterano disidente socialdemócrata Manuel Cuesta Morúa, un liberal como Antonio Rodiles hasta un neocomunista al estilo de Harold Cárdenas. La profesora universitaria Alina Bárbara López, el escritor y humorista Jorge Fernández Era y los estudiantes universitarios Leonardo Romero Negrín y Alexander Hall, defendían y defienden la tesis de un socialismo democrático.
Lo que ya no hay
En medio de la represión y el acoso, que nunca se detuvo, llegué a tener una vasta red de personas que utilizaba de fuentes en temas como la prostitución, las drogas, corrupción institucional y los incipientes carteles mafiosos que se fueron perfilando en el turismo o comercio interior. Existía una red de comunicadores y periodistas alternativos por todo el país, que cuando viajabas a hacer un reportaje en alguna provincia, te acogían en sus casas. La vez que realicé una cobertura informativa en el oriente de la isla, Rolando Rodríguez Lobaina, fundador de la Alianza Democrática Oriental (ADO) y director de Palenque Visión, agencia de audiovisuales que llegó a tener casi 200 personas, me ofreció alojamiento y comida en su domicilio de Guantánamo.
Aunque las detenciones arbitrarias y las amenazas de cárcel de la policía política continuaban, colegas de la prensa independiente habíamos creado mecanismos que conseguían burlar la censura informativa. Todo eso cambio a partir del verano de 2019. Se recrudeció la represión y decenas de activistas y periodistas fueron forzados al exilio. Era un ultimátum: emigración o cárcel.
Desmonte de la oposición
Una dictadura incapaz de producir o permitir que se produzcan alimentos, que no ha podido evitar el deterioro de instituciones que eran estandartes del régimen como la educación y la salud pública; donde casi un 10 por ciento de la población ha emigrado en la última década, en lo que sí ha sido eficaz, es en desmontar la oposición y acallar a quienes opinan diferente dentro de Cuba.
El país es un manicomio. La gente sobrevive como puede. Pero al Departamento de Seguridad del Estado no le faltan recursos ni financiación. Su capacidad operativa para amedrentar a la población sigue intacta. Los actuales oficiales de la policía política tienen una preparación deficiente. Es fácil pisotearlos intelectualmente en un debate serio.
Pero el régimen cuenta con una aceitada maquinaria jurídica y represiva que todavía infunde miedo a muchos. Ningún opositor tiene vocación de héroe ni madera de mártir. Y ante la posibilidad de una sanción penal, la opción es emigrar. Ha habido casos de disidentes y periodistas independientes que han renunciado a su labor contestataria por las presiones de los servicios especiales.
Otros, como Luis Manuel Otero, ahora mismo en huelga de hambre, Maykel Osorbo, que se cosió la boca en señal de protesta, José Daniel Ferrer, Lázaro Yuri Valle Roca, Félix Navarro y su hija Sahily, son seis de los más de mil prisioneros políticos que cumplen injustas sanciones penales.
El periodismo independiente está en mínimo, igual que la disidencia, que nunca tuvo poder de convocatoria entre la población, debido a que la Seguridad del Estado se encargó de dinamitar los puentes y aislar a los ciudadanos de los opositores. Se valían de diversos métodos. No solo expulsaban del trabajo a un disidente también presionaban a familiares y amigos para que rompieran relaciones con ellos.
La periodista Camila Acosta es un buen ejemplo de esa táctica de tierra arrasada que utiliza la policía política. Intentaron dividir a sus padres, abuelos y amigos con descalificaciones y mentiras. Han tratado de asesinar su reputación. Recientemente, la televisión estatal la calificó de ‘terrorista’. Su único delito: escribir sin mandato.
Los próximos años se vislumbran muy duros para la disidencia interna. Los que emigran ni siquiera pueden acceder a programas de refugiados políticos. El de la Embajada de Estados Unidos no está funcionando desde 2016 a raíz de los presuntos ataques sónicos a sus diplomáticos en La Habana. Tampoco funciona el programa de cursos y becas que beneficie a hijos y nietos de opositores. Y las embajadas occidentales son tan rigurosas en sus requisitos para aprobar el estatus de refugiado político, que los disidentes forzados al exilio optan por la emigración irregular.
La buena noticia es que en los últimos dos años hay una revolución ciudadana en marcha en Cuba que ha desplazado a la oposición tradicional. El descontento popular, debido a la pésima gestión gubernamental y los deseos de un cambio democrático se han convertido en un reclamo de los cubanos de a pie.
La mayoría de los nuevos presos políticos no eran activistas ni opositores. Eran estudiantes, profesionales y trabajadores cansados de vivir en la pobreza, con una sola comida al día y un futuro rodeado de signos de interrogación.
Cada año que pasa la longeva autocracia verde olivo es más torpe. El sistema no funciona. Está roto. A golpe de represión pueden encarcelar y estimular la emigración de cientos de miles de cubanos. Pero la vida es un ciclo. Y tarde más o menos, el final siempre llega.
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