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MEMORIAS

Sin papel higiénico ni almohadillas sanitarias

Si en una agonía se convirtió alimentarse, vestirse, calzarse, bañarse, limpiar la casa, lavar la ropa y contener la menstruación, en un verdadero calvario devino el transporte

Por TANIA QUINTERO

Antes de la llegada del “período especial”, eran excepcionales los cubanos que podían tener papel higiénico: la mayoría utilizaba hojas de periódico. La escasez de papel fue generalizada, menos para imprimir el periódico Granma y toda la folletería propagandística del pececé, la ujotacé y demás organizaciones del régimen.

Una vecina en el baño de su casa decidió poner los libros de marxismo utilizados por sus hijos en la universidad: “Pa’ qué los queremos, si ya el comunismo se cayó”, decía riéndose. Menos risueña fue la realidad de las cubanas trabajadoras. Salvo excepciones, la inmensa mayoría, después de orinar, se secaban con papeles y modelos que una vez fueron utilizados en informes y estaban tirados en cualquier almacén, sucios, amarillentos y con rastros de haber servido de guarida a ratones y cucarachas.

No sé si habrá datos al respecto, pero en esos años deben haber aumentado considerablemente las infecciones urinarias y vaginales de las mujeres cubanas. Capítulo aparte merece la desaparición del algodón y las almohadillas sanitarias, denominadas 'íntimas', uno de los productos más deficitarios en el castrismo.

La cacareada revolución socialista ha controlado casi todo en Cuba, pero no ha podido impedir ni controlar, que las mujeres en edad reproductiva dejen de menstruar. Ante la escasez de 'íntimas', la solución fue comenzar a utilizar trapos, obtenidos de sábanas, toallas y cuanta ropa vieja o pasada de moda se tuviera. Las que aún conservaban pañales de cuando sus hijos eran bebés tuvieron un tesoro y sufrieron un poco menos, pero con la llegada de los culeros desechables ese tesoro ha ido desapareciendo. Esos trapos no se botaban: se enjuagaban bien y se ponían a hervir, la mayor parte de las veces sin jabón o con astillitas, que alcanzaron categoría VIP.

En mi casa, y en casi todas las casas, las astillitas de jabón se clasificaban. En una lata se ponían a hervir las procedentes de jabones de tocador y en otra las de jabones de lavar. El “período especial”, no se puede negar, desarrolló la inventiva y algunos se 'especializaron' en la fabricación casera de jabón.

Por esa época tenía muchos amigos brasileños. Al principio, por pena, no les pedía nada. En una ocasión, una brasileña me mandó un juego de cuchillos de acero inoxidable, de la marca Tramontina, ideales para cortar todo tipo de carnes. A través de una tía, que solía “resolver” productos alimenticios con una búlgara, me cambió el juego de cuchillos de calidad por dos bandejas de picadillo (carne de res de segunda molida), cuyo costo no sobrepasaba los ocho dólares. No me quedó más remedio que decirles la verdad de la situación a los brasileños, y empecé a recibir jabones, desodorantes, champús y hasta agua de colonia.

Si en una agonía se convirtió alimentarse, vestirse, calzarse, bañarse, limpiar la casa, lavar la ropa y contener la menstruación, en un verdadero calvario devino el transporte urbano e interprovincial. Surgieron en La Habana los “camellos”, culpables en buena medida de la destrucción de las avenidas por donde pasaban con su pesada carga (casi 200 personas en cada recorrido). Y los bicitaxis y las bicicletas cambiaron el panorama y también llevaron dolor a numerosos hogares, por la cantidad de muertos causados.

En el interior de la isla, renacieron los carretones y coches tirados por caballos y los viajes de una provincia a otra se hacían en cualquier vehículo rodante, fuese la parte de atrás de un camión o de una rastra. Los vuelos nacionales de Cubana de Aviación se redujeron a la mitad o menos, los trenes, lentos y viejos, fueron incapaces de satisfacer la demanda, sobre todo en meses de vacaciones y fin de año.

Los añejos carros americanos -más conocidos por almendrones- exteriormente delataban el fabricante (Ford, Chrysler, Oldsmobile, Chevrolet, Buick) y la década (1940-50), pero para que de verdad funcionaran había que ponerles motores “nuevos”, la mayor parte de las veces procedentes de autos rusos (Lada, Volga, Moskovich). Los mecánicos de autos comenzaron a ser cotizadísimos: eran capaces de armar verdaderos "frankensteins" automovilísticos. Decían que el 'deporte nacional' en Cuba ya no era el béisbol, sino 'ponerle los cuernos' a esposas o novias. Pero el “período especial” dejó tan desguabinados a los cubanos, que sin ganas de templar (follar) se quedaron.

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