Por Marjuli Matheus

CÚCUTA.- "Nos están matando y nosotros lo que tenemos son piedras, necesitamos ayuda ¡por favor! necesitamos la intervención ya. Quiero pasar a mi país”, palabras de una mujer de 45 años que sale llorando del Puente Francisco de Paula Santander, paso fronterizo hacia Venezuela en la ciudad colombina de Cúcuta el sábado 23 de febrero. Es del estado Portuguesa (centro) y solo quería ayudar a pasar la ayuda humanitaria a su hija adolescente.

La noche del viernes 22 de febrero la ciudad de Cúcuta -en la frontera entre Colombia y Venezuela- estaba en calma. A la actividad habitual de la zona se sumaban comentarios por doquier sobre el gran concierto que se realizó ese día con más de veinte artistas internacionales. Venezuela Aid Live, fue el espectáculo con el que el empresario Richard Bradson quiso recaudar fondos para la ayuda humanitaria en ese país.

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Los cucuteños manifestaban sus expectativas sobre lo que ocurriría al día siguiente. “¿Qué cree que va a pasar mañana?, deberían dejar entrar esa ayuda, aquí hay muchos venezolanos que se vienen por las necesidades que pasan allá”, suelta espontáneamente el taxista para romper el silencio del trayecto.

El sábado 23 de febrero fue el día anunciado por Juan Guaidó, presidente encargado de Venezuela, para comenzar el ingreso de la ayuda humanitaria a su país. El principal centro de acopio de los insumos está en Cúcuta y desde ahí se emprendió la misión de entrega.

“El ‘gerente’ de Venezuela, ese gordito que está en Miraflores es un asesino y debe ser enjuiciado por crímenes de lesa humanidad por todo el daño que nos ha hecho. Él cree que es un heredero, quiere apoderarse de Venezuela”, dice, en referencia a Nicolás Maduro, Nayibis Mieres, en la entrada del puente Francisco de Paula Santander, uno de los cuatro pasos fronterizos que comunica la ciudad colombiana de Cúcuta con Venezuela, también conocido como Puente de Ureña.

Mientras Nayibis expresa su indignación y nos cuenta cómo su hijo murió por falta de atención médica, se escuchan a pocos metros las detonaciones de bombas lacrimógenas y perdigones. Las fuerzas represoras de Nicolás Maduro llevaban varias horas reprimiendo a los voluntarios que acompañaban los camiones cargados con ayuda humanitaria que intentaron ingresar la mañana del sábado.

La mañana de ese sábado, en el puente Tienditas a pocos metros de Ureña, el presidente colombiano Iván Duque hizo entrega formal a Juan Guaidó de más de 200 toneladas de insumos de ayuda humanitaria. En el acto estuvieron los presidentes de Paraguay, Mario Abdo Benítez; el de Chile, Sebastián Piñera y el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro.

La carga partió en diez camiones con matrícula venezolana y conductores de esa nacionalidad. Más tarde dos de estos vehículos fueron quemados por las fuerzas represoras de Maduro.

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VIDEO #23feb 9:43am Desde #Cúcuta camiones listos cargados con la #ayudahumanitaria para enviar a #Venezuela

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“Sus lacayos que son los que lo mantienen en el poder, son los escoltas del gobierno no son Fuerzas Armadas, ellos son los escoltas del gobierno (de Maduro), los que se encargan de matar”, continúa diciendo Nayibis quien se mudó a Cúcuta hace unos meses para poder sostener a su familia. Su hijo murió por falta de atención médica y teme que a su hija le pase lo mismo, necesita una operación y no cuenta con asistencia sanitaria en Venezuela debido a la crisis que vive ese país.

Avanzando hacia el puente, se ven uno, dos, tres, cuatro heridos. Uno tras otro, en pocos minutos. Apenas una muestra de las decenas que se verían pasar en las siguientes horas de la tarde del sábado en Ureña.

Endy, de 19 años, muestra su brazo herido. “Un perdigonazo, allá adelante defendiendo el páis”, explica mientras señala su herida y el Puente de Ureña donde fue lesionado. “Eso es una locura allá, quemaron dos gandolas (camiones de carga) con toda la ayuda, pudimos salvar una nada más”, cuenta el muchacho delgado, sin camisa y con pantalones cortos, quien fue atendido por asistencia médica de Colombia que improvisaron en el Puente de Ureña para atender a los heridos.

"¿Sabes si nos van a dar refugio?”, pregunta una mujer que luce cansada y explica que por el cierre de la frontera pasó la noche del viernes en las calles de Cúcuta. “Yo me vine sola, con Dios y la Virgen, dejé a mis dos hijos allá (en Táchira) con su papá”, continúa y prefiere no dar su nombre, pero cuenta con elocuencia lo que vive en Venezuela y las dificultades que tiene para alimentar y mantener a sus hijos.

El viernes en la noche, Delcy Rodríguez, vicepresidenta del gobierno de Maduro, anunció el cierre de la frontera en el estado Táchira con Colombia. Cientos de personas que habían cruzado para asistir al concierto, se quedaron atrapadas en Cúcuta.

La entrada del puente de Ureña se mostraba repleta. Manifestantes, voluntarios, policías colombianos, carpas para asistencia médica, equipos de prensa. Unos metros hacia adentro, hacia el lado venezolano, una batalla campal se libraba. Jóvenes, muy jóvenes, casi todos de menos de 30 años, muchos de 18 a 22, todos con historias similares: huyeron de Venezuela para mantener a sus familias con sus trabajos en Cúcuta, otros viven en Venezuela y acudieron a esa ciudad para acompañar la ayuda humanitaria. Todos, sin excepción quieren que Maduro salga del poder.

“Yo tengo a mi mamá con cáncer, a mi hermano me lo mataron. Yo soy de Petare y estuve ahí cuando mataron a Neomar Lander (en las protestas contra Maduro en 2017). Yo aquí tengo un buen trabajo y con eso puedo mantener a mi familia y mandarle las medicinas a mi mamá”, explica Kleiver Malavé de 21 años.

Su hermana mayor viaja periódicamente a Cúcuta para llevarse comida y medicinas. “Yo quiero regresar a mi país, tengo casi dos años sin ver a mi mamá que está enferma. Estoy cansado, esto es mucha responsabilidad”, dice Kleiver y voltea el rostro para que no se vea que está llorando, se seca disimuladamente las lágrimas y continúa: “Yo no me quería ir de mi país, pero si no lo hacía se me moría mi mamá”, explicó.

Los manifestantes estaban ansiosos por que la prensa difundiera lo que ocurría y trataban de proteger a los comunicadores. “Agáchate, agáchate” dice, tras oír detonaciones, Yoswel Cisneros de 28 años, que acababa de ser herido por cuatro perdigones en su cara, pero se incorporó para seguir luchando. “En La Guaira (costa centro-norte de Venezuela) nadie sabe nada, tienen los canales bloqueados y el Internet está caído para que la gente de por allá no sepan nada. Necesitamos que todo el mundo se entere todo lo que está pasando aquí”, pidió el joven.

Elvis Vivas, de 22 años, es de Maracaibo, capital del estado Zulia al occidente de Venezuela. También está herido en su rostro por perdigones lanzados desde el lado venezolano. Lamenta que las fuerzas represoras de Maduro quemaran los camiones con la ayuda humanitaria. “No por mí, uno es joven y uno se puede defender, pero la familia de nosotros que está allá en Venezuela y están llevando más dificultades que uno”, dice y aseguraba que se quedaría luchando hasta que dieran entrada a la ayuda humanitaria.

“Soy del estado Miranda, pero vivo acá en Cúcuta, ya tengo cuatro meses viviendo acá, porque no se consigue trabajo allá, no hay comida, y estoy acá buscando una nueva vida un futuro, mi familia está en Venezuela, lamentándolo mucho”, dice Mauricio de 21 años, quien no está herido pero sí muy afectado por los gases y sostiene en sus manos dos bombas lacrimógenas como trofeos de guerra.

Cada vez que suenan ráfagas de disparos, uno o dos o tres manifestantes caen heridos. Los demás se enardecen. Algunos vuelven a luchar luego de ser atendidos por la asistencia colombiana.

Otros descansan en establecimientos alrededor del puente que prestaban sus tomas eléctricas para que periodistas y manifestantes cargaran sus celulares.

Ahí, esperando para cargar el celular, dos jóvenes comentan lo que viven en Venezuela. Ambos universitarios, cuentan que no les alcanza el dinero para tomar el transporte público a sus universidades. Ante esta situación algunos profesores les asignan tareas en línea, pero el Internet precario en Venezuela y en especial en Táchira, les impide cumplir con las asignaciones. “Estamos cansados, allá no se puede vivir, no tenemos futuro, yo por lo menos no me quiero ir de mi país, necesitamos la intervención, nosotros solo no podemos”, dice el más joven sin dar su nombre por temor a represalias.

Quieren apoyo internacional. “Ya nos están matando, Maduro nos está matando, nada es peor que eso”, dice la joven que lo acompaña al explicarle los peligros de una acción como esa. “Estamos desesperados, nosotros no tenemos armas y ellos (Maduro y sus fuerzas represoras) tienen colectivos armados hasta los dientes”, remató.

Ya anocheciendo una algarabía contrasta con las detonaciones que se habían convertido en el sonido recurrente esa tarde. La gente corre, grita, llora, aplaude. De la muchedumbre salen tres oficiales venezolanos uniformados, uno de ellos con la cara ensangrentada, las otras eran dos oficiales mujeres. “Se entregaron, ¡se entregaron tres más!”, grita una joven emocionada y sonriente que corre hacia los establecimientos aledaños al puente.

Más temprano se supo de otros cuatro oficiales venezolanos que se entregaron en el Puente Simón Bolívar, seis llegaron al Puente de Tienditas y ahora estos tres que estaban en primera línea de combate del lado venezolano corrieron hacia Colombia sin mirar atrás. “Yo protegí a la chama cuando la vi con las manos arriba corriendo desesperada, ella solo decía ‘mi esposo, mi esposo’ el otro militar que los muchachos golpearon cuando corrió hacia acá”, cuenta uno de los manifestantes que recibió a los militares.

“La orden es disparar a matar”, dijo el militar al llegar al lado colombiano.

Para la mañana del miércoles 27 de febrero, Migración Colombia había contado 411 militares venezolanos que cruzaron la frontera a los que el el Director General de Migración Colombia, Christian Krüger Sarmiento, instó a no llamarlos desertores. "No podemos tachar como desertores a aquellos que huyen de la dictadura de Maduro en busca de comida, de paz y de libertad. Aunque algunas de estas personas han llegado a nuestro país con sus armas, sus uniformes, de civil o con su familia, todas tienen algo en común, llegan a Colombia con la esperanza de un futuro", afirmó Krüger.

A medida que avanzaba la tarde del sábado en el Puente de Ureña, la situación se tensa aún más. Cansados, pero con la voluntad intacta, muchos manifestantes insistían en seguir combatiendo las lacrimógenas y los perdigones que les lanzan desde el lado venezolano. Pero estos jóvenes solo tienen piedras y algunas bombas caseras tipo molotov.

Poco antes de las 9 de la noche, la Policía Nacional de Colombia invitó a los manifestantes a abandonar el puente pues la frontera sería cerrada del lado colombiano también. Durante unos minutos hubo desacuerdos, algunos manifestantes no querían abandonar “la lucha”, pedían que les dieran una hora más para llegar al otro lado, apreciaban el terreno ganado, pero otros advertían que se trataba de una emboscada, que una vez que pisaran suelo venezolano los iba a “masacrar” advertían. “Allá lo que hay son colectivos (civiles armados por Maduro), esos están esperando que lleguemos para masacrarnos”, alega uno de ellos ante la insistencia de sus compañeros de seguir.

Finalmente, accedieron y el Puente de Ureña fue cerrado por la policía colombiana pero con la promesa de los manifestantes de regresar al día siguiente y continuar la lucha.

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