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PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

Atlánticos

Con tanta luz no se puede rimar, con tanto sol no se puede leer. Las primaveras ahora vienen ahítas de melancolías, no como antaño, que venían a curar las soledades

Por ITXU DÍAZ

Como todos los románticos, Becquer era un mentiroso. “Mientras haya en el mundo primavera, habrá poesía”. Pero las piezas más bonitas en verso se han escrito bajo el cielo negro de febrero, o en la inmensidad abrasadora de un páramo castellano en agosto. Y sin embargo, en la explosión de esta primavera, tiene el mar una sonrisa especial. La costa oeste presume hoy con extraño calor en la mirada, anticipo de un verano de salitre en la piel y resaca en la orilla. Escribo y todo lo veo azul. Nieve azul desde el cielo. Ríos azules desde el suelo. Azul el aire, azul el tiempo, y azules graciosos, mezclados y embelesados, en el horizonte, azul, azul también. Todo tan azul como una noche en blanco. Como este verano de marzo.

Quizá solo hay poesía porque hay verdades eternas que no sobreviven en la mortaja de una prosa, y corazones solitarios que necesitan apoyarse en una estrofa de esperanza, y morenas de ojos verdes cruzando el puerto a esa hora en que los marineros dan palmas a la pleamar, y los vapores de la marea lo llenan todo de infancias pisando redes, entre nubes de brea o sentados en noráis. Éramos más niños que los recuerdos. Éramos niños como viejos felices. Y son versos que son fantasmas de primaveras breves, son manos pálidas danzando en los bares, son ojos como abismos en los acantilados de los domingos, siempre más lánguidos y huesudos que el resto de la semana. Quizá por todo eso hay poesía, y hay borrachos, y hay bohemios, y hay santos, y hay lunáticos aullando bajo las farolas del puerto. Yo los he visto a todos, con los ojos ausentes, desde el fanal de mi puerto.

Hay poesía porque el mundo rebosa de flores sin remite, de partidas sin retorno con pañuelos blancos alzados al albur de los vientos, y de paisajes conmovedores y misteriosos, como esas puestas de sol de agosto, que congelan el cielo en un rojo tan intenso que parece que va a sangrar. Y solo es de pena, porque no hay más herida que la agosteña, la lenta despedida de un amor de verano, o de un verano de amor.

Hay un vínculo estrecho y fugaz entre bebedores de versos y poetas. El autor zigzaguea y dibuja letras en el aire, sin atreverse a apoyar la pluma sobre el papel. Son las dudas de la palabra exacta en la explosión del corazón. El lector zigzaguea con la mirada y relee cada palabra, sin atreverse a dar por cerrado el círculo de cada verso, porque nunca un poema termina de entenderse; como el agua de un río, cada verso es otro cada día.

Con tanta luz no se puede rimar, con tanto sol no se puede leer. Las primaveras ahora vienen ahítas de melancolías, no como antaño, que venían a curar las soledades, y a llevarte allá a lo lejos, a las cosas de altamar, a las risas de todos los veranos que se esconden en los rizos de las olas. Tantos versos hemos trazado a la orilla de una playa, como nombres y corazones a contraluz han robado las mareas a la arena mojada. Si no han podido con el mar, no podrán con nada.

Dice el mentado impostor que habrá poesía, al fin, mientras responda “el labio suspirando al labio que suspira”. Pero caerán versos como chuzos precisamente cuando no responda, cuando sea el silencio el que todo lo venza, y cuando al amor callado le corresponda el amor silente. Será entonces el amor inmerso, ahogado, terso. Como el eco de la estaca en el paso procesional, recorriendo nervioso cada pliegue de las calles más angostas. A cada golpe más lejos. A cada eco, más serio. A cada silencio, más bello.

Y más azul. A todo poema lo contempla una niebla azul, como una noche que le arrebata el alma y la esparce por el universo. Así nacen versos como estrellas, o senderos de soledades, o brindis de sonrisa animal, o tragedias en voces de locos que perdieron la cabeza por quererse y no poderse. A todo verso lo invade este azul, tan de marzo, tan desteñido de sol como las fotos de media tarde de nuestras primaveras, cuando utilizábamos los jerséis de almohada y, tendidos sobre la hierba verde, creíamos saberlo todo. No sabíamos nada. Y en eso supimos muchos que estábamos predispuestos a la poesía. En eso, y en el recuerdo gélido de ese cielo azul y limpio, y de esas noches vacías, llenas de sueños por cumplir.

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