WASHINGTON .SONIA SCHOTT
@schottv
Cuánto vale la ideología en Venezuela
La crisis política venezolana sigue en el ojo de Washington, tras darse a conocer sendas declaraciones del Departamento de Estado y de la Organización de Estados Americanos que ponen una vez más en duda la autenticidad de esa democracia
La crisis política venezolana sigue en el ojo de Washington, tras darse a conocer sendas declaraciones del Departamento de Estado y de la Organización de Estados Americanos que ponen una vez más en duda la autenticidad de esa democracia.
Y mientras las malas noticias, que viajan tan rápido como la luz que ahora escasea en Venezuela, no tienen fin en la patria de Bolívar, el Gobierno de Nicolás Maduro insiste en sus esfuerzos por conseguir liquidez, buscando congelar, todavía sin éxito, el precio del barril de petróleo que la OPEP sitúa en unos 38.05 dólares con una ligera tendencia a la baja.
La situación se ha deteriorado drásticamente en las últimas semanas. Ahora también será más difícil hacer llamadas al exterior o ver televisión por cable, luego de que las empresas de telecomunicaciones locales declararon que no tienen las divisas necesarias, controladas por el Gobierno, para pagar a los proveedores internacionales.
Esta circunstancia se suma al anuncio hecho por el propio presidente Maduro, de un racionamiento eléctrico para ahorrar energía, que se hará oficial el 1de mayo con un cambio de hora y que promete extender el tiempo de los cortes de luz, que van de dos a cuatro horas diarias, y que ya tienen lugar desde hace varios meses por regiones, en horarios distintos y sin previo aviso.
¿La razón? Que la central hidroeléctrica Simón Bolívar, mejor conocida como la represa del Guri, se está quedando seca. Es esa misma obra maestra de ingeniería y orgullo del pasado, que suministra más del 60% de la energía que consume el país, con un impresionante poder de 16.000 MW/hora y que la ubica como la cuarta hidroeléctrica en el mundo, después de Tres Gargantas y Xiluodu en China, e Itaipú, en la frontera entre Brasil y Paraguay.
Por lo pronto, los venezolanos, con el ego ya bastante golpeado por la incapacidad del Estado para contener la rampante violencia criminal, que los hace recurrir a expertos israelíes privados, para negociar la liberación de sus secuestrados, también tienen la difícil tarea de abastecer sus necesidades diarias de comida y medicinas, acudiendo al mercado negro que suple la escasa oferta, al mejor estilo de aquellos países que se encontraban detrás de la otrora Cortina de Hierro.
Ese mercado negro, que es organizado en comunas por integrantes provenientes de las zonas pobres del país, comienza con los propios gerentes de los establecimientos, que pasan la información al líder de estas estructuras piramidales o bachaquero, a cambio de dinero, utilizando plataformas sociales, previo arribo de sus existencias.
El nombre de bachaquero es una analogía que hace referencia al bachaco, una especie de hormiga voraz, de gran tamaño, que puede llevar consigo grandes cargas de comida para almacenar.
El dirigente de estas instituciones del acaparamiento, provisto de dinero y cédulas de identidad falsas, para pasar los controles de esos captahuellas electorales que impiden la trampa, es quien decide quién compra para beneficiarse con este tipo comercio por especulación.
Ya bolsa en mano, cada bachaquero se dirige a su centro de acopio donde proceden al canje de los productos que se venden al consumidor final con un sobreprecio que oscila entre un 500% a un 1.000%, creando así una red de tráfico y corrupción a costa de las necesidades más básicas.
Con este panorama a ritmo de apagón, cabe la pregunta: ¿Cómo se despierta a Venezuela de este sueño revolucionario?
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