Vivimos engañados. No por otros, sino por nosotros mismos. Nos repetimos, casi como un mantra silencioso, que siempre habrá tiempo: tiempo para empezar, para corregir, para amar, para crear. Pero esa idea —cómoda, seductora— es también profundamente destructiva.
Hay momentos en la vida en los que no se puede negociar con la duda. O avanzas, o te quedas atrapado en la ilusión de que “ya será”. Yo lo entendí cuando, con apenas unos centavos en el bolsillo, decidí “quemar mis naves”, evocando a Hernán Cortés. No como gesto histórico, sino como acto personal: eliminar cualquier posibilidad de retorno. Apostarlo todo, o no apostar nada.
Porque esa es la verdad incómoda: la mayoría de las personas no fracasa por falta de talento, sino por exceso de espera.
En el mundo de los artistas, y especialmente de los músicos independientes, esto se vuelve aún más evidente. Vivimos rodeados de ideas, de proyectos, de obras que podrían existir… pero no existen. No por falta de capacidad, sino por falta de decisión. Se culpa al dinero, a las oportunidades, al sistema. Y sí, todo eso influye. Pero también hay algo que incomoda más admitir: muchas veces no hacemos lo que sabemos que debemos hacer.
He pasado por todos los estados posibles: entusiasmo, agotamiento, duda, incluso ese peso invisible que hace difícil levantarse. Pero hay una diferencia crucial entre quien cae y quien se queda en el suelo: la voluntad de volver a intentarlo. Negarse a levantarse no es descanso; es rendición. Y esa rendición, lenta pero constante, termina por devorar cualquier posibilidad de sentido.
Como advertía Séneca en De la brevedad de la vida: "Vivimos como si fuéramos a vivir para siempre". Y esa no es una frase poética: es una acusación directa. Vivimos como si la vida no tuviera fecha de caducidad, como si el tiempo no se agotara, como si siempre hubiera una segunda oportunidad esperándonos pacientemente.
Pero no la hay.
Cada hora entregada a la distracción vacía (la pantalla interminable, el entretenimiento automático, la rutina sin conciencia) no es inocente: es tiempo que no vuelve. Es vida que ya se fue. Y lo más inquietante es que lo sabemos… pero seguimos haciéndolo.
Si realmente entendiéramos nuestra fragilidad, viviríamos de otra manera. No solo produciríamos más; sentiríamos más. Diríamos “te quiero” sin reservas, abrazaríamos sin prisa, crearíamos sin esperar condiciones ideales que nunca llegan.
Y, sobre todo, dejaríamos de mentirnos.
Porque el verdadero problema no es la falta de tiempo. Es el autoengaño de creer que lo tenemos de sobra.
Arriesgarse no es un lujo ni un acto heroico. Es una obligación moral con uno mismo. Porque al final, lo imperdonable no es equivocarse, sino haber vivido esperando el momento perfecto… que nunca existió.