MIAMI.- Ambientada en un país que atraviesa un conflicto bélico, The Glassworker cuenta una historia de amor imposible —y casi predestinada— entre Vincent y Alliz. El chico es de orígenes humildes y, siguiendo los pasos de su padre, está aprendiendo a trabajar con vidrio para hacer figuras hermosas. La chica es una violinista que viene de una familia acomodada y es hija de un Coronel que es clave en la guerra que se vive. Superando sus contextos tan disímiles, Vincent y Alliz descubrirán que ambos tienen en común más de lo que parece gracias a la pasión que sienten por el arte, construyendo un vínculo tan fuerte que trascenderá las barreras del tiempo y el espacio.
"The Glassworker": el hermoso y frágil cristal de la vida
Llega a la cartelera The Glassworker, una película animada pakistaní donde la pureza del amor y el arte le hacen frente al caos de una sociedad sumergida en una terrible guerra
Escrita, dirigida y animada por Usman Riaz (que también compone la música), The Glassworker es la ópera prima de este realizador y, al mismo tiempo, es la primera película animada a mano hecha en Pakistán (marcando un hito en este país). A pesar de contar con un modesto presupuesto y un equipo mínimo, The Glassworker posee una factura técnica impecable —que hace homenaje a Studio Ghibli- y que nada tiene que envidiarle a una superproducción de Hollywood. Sin necesidad de querer inventar el agua tibia y con una premisa que hemos visto cientos de veces, lo que hace diferente a este largometraje es la personalidad que derrocha a través de la incorporación de elementos culturales de Pakistán (como los bazares, la comida, los “genios” que dan un toque sobrenatural a la trama y el trabajo con el vidrio) creando imágenes que nunca antes habíamos visto en este formato.
En cuanto al guión, la película se aleja del camino fácil de desarrollar “una historia de amor imposible” y pone el foco en temas más complejos como la búsqueda de identidad de sus protagonistas a través del arte que practican y la lucha con un contexto que quiere “moldearlos” para que renuncien a lo único que los sostiene. Sin caer en el panfleto o fantasías escapistas, The Glassworker nos enseña cómo la vida es tan efímera y hermosa como el vidrio o la música contrastando con los horrores y la brutalidad de una guerra que desprecia todo aquello por lo que vale la pena vivir. Para hacernos sentir esto, Riaz pone un especial énfasis en escenas al mejor estilo “slices of life” donde descubrimos la belleza que radica en la sutileza de los pequeños momentos que solemos pasar por alto (como tocar un instrumento, jugar con las olas del mar, sentir el calor del fuego, ver el cielo estrellado, correr en la grama descalzos, etc) y como estos, en cualquier momento, pueden extinguirse como una ráfaga de viento fugaz que apaga una fogata.
Al mismo tiempo, la película es una suerte de coming on age, narrado en retrospectiva por su protagonista y que nos permite ver la evolución de sus sueños y la mella que puede hacer la guerra en cualquier persona durante su infancia, adolescencia y adultez. Contrastando la inocencia de los chicos que ven en el arte un refugio impenetrable frente a un mundo lleno de violencia con la visión curtida y nihilista de los adultos (quienes representan la posición más recalcitrante en los conflictos: el padre de Vincent desprecia la guerra y por transitividad a Alliz por ser hija del Coronel, en la otra antípoda, el padre de Alliz odia a los “cobardes” que no van a pelear y por ende a Vincent y su padre). Al final, la gran pregunta de que plantea The Glassworker no es si chico y chica terminarán juntos, sino las consecuencias que tendrá el entorno en su relación con aquello que tanto aman y cómo podría alejarlos de su verdadera vocación, haciendo que la tragedia que plantea la película sea mucho más profunda y compleja de lo que pareciera a simple vista.
The Glassworker no intenta ser “otra” reflexión sobre los horrores de la guerra como Grave of Fireflies, pero sí plantea cómo la empatía, el amor y el arte pueden ser las únicas respuestas para no perder nuestra humanidad en un conflicto bélico donde el resentimiento está a la orden del día. Lecciones universales y más que pertinentes en los momentos tan convulsos que estamos viviendo en la actualidad. Siguiendo el espíritu de las profundidades como Vincent y yendo en dirección opuesta al espíritu de los tiempos, la película nos enseña que la guerra más importante es la que se libra en nuestro interior y cuyo resultado debería ser obtener la libertad de poder hacer eso que amamos.
Lo mejor: su propuesta visual que recuerda a Studio Ghibli, las referencias a la cultura de Pakistán, los temas que toca y cómo van tomando fuerza durante el desarrollo de la historia, su último acto demoledor.
Lo malo: las voces del doblaje en inglés no le hacen justicia a la película, son demasiado acartonadas y muchas veces sin ningún tipo de sincronización con la animación de los personajes.
Sobre el autor:
Luis Bond es director, guionista, editor y profesor especializado en cátedras de guion, construcción de personajes, dirección, mitología, arquetipos y lenguaje simbólicos. Desde el 2010 se dedica a la crítica de cine en web, radio y publicaciones impresas. Es Tomatometer-approved critic en Rotten Tomatoes (https://www.rottentomatoes.com/critics/luis-bond/movies ), miembro de LEJA y Florida Film Critics Circle. Su formación en cine se ha complementado con estudios en Psicología Analítica profunda y Simbología.
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