MIAMI.-REDACCIÓN
Villa de Leyva y Monguí, un viaje colonial por el centro de Colombia
Ambas localidades, situadas en el departamento de Boyacá, destacan entre los 17 pueblos patrimonio que el Gobierno pretende potenciar como destinos turísticos
La Villa de Leyva y Monguí, dos pueblos de casas con balcones y calles empedradas en el corazón de Colombia, resguardan una gran riqueza arquitectónica y artesanal que tienen el poder de regresar a los visitantes a la época colonial.
Ambas localidades, situadas en el departamento de Boyacá, destacan entre los 17 pueblos patrimonio que el Gobierno pretende potenciar como destinos turísticos con una oferta cultural y gastronómica.
Visitar los dos pueblos, distantes entre sí unos 76 kilómetros, requiere un viaje por carretera que parte de Bogotá, con paradas en otros departamentos departamentos de Cundinamarca y Boyacá, para admirar los paisajes, sus construcciones coloniales o visitar yacimientos arqueológicos.
Una de ellas es Cucunubá, pequeño pueblo de mineros, ganaderos y agricultores cuyas casas de dos plantas están adornadas con franjas horizontales de colores blanco y verde.
Los más arriesgados pueden hacer el recorrido a bordo de vehículos todoterrenos, y en el camino conocer minas de carbón, montañas o pozos azules, llamados de esa manera por la tonalidad que las sales y otros minerales del suelo otorgan a sus aguas
El paseo desemboca en Villa de Leyva, monumento nacional, cuya plaza central empedrada es la más grande de Colombia, siguiendo el tradicional diseño español de los tiempos de la Colonia.
La plaza tiene como marco la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, construida en 1850; la Alcaldía, y la casa del Primer Congreso, que en 1811 albergó a los representantes de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, recién independizadas de España.
La Villa de Leyva, fundada hace 444 años, ofrece a los visitantes valiosas construcciones coloniales que sirvieron de residencia para escritores y poetas. Asimismo, el lugar posee vestigios arqueológicos y es la cuna de festivales como el de cometas, en agosto, o el de luces, en diciembre.
Como parte de otras interesantes actividades, los turistas también pueden visitar la cascada en el parque ecológico de La Periquera, o Iguaque, un santuario de fauna y flora que hospeda diferentes especies y un cuerpo de agua de origen glaciar que fue un espacio sagrado para los muiscas, un pueblo precolombino.
La historia y arquitectura colonial también se entremezclan en Monguí, conocido además por ser el principal polo de fabricación de balones de fútbol, actividad a la que los lugareños dedican un festival en el mes de octubre, así como de ruanas y mantas elaboradas con lana de oveja.
También es sede de la Basílica Menor de Nuestra Señora de Monguí, nombrada en 1966 por el papa Pablo VI; el Convento de los Franciscanos; la capilla de San Antonio y el Puente de Calicanto, lugares declarados monumento nacional en 1975.
El gran puente que cruza el río El Morro, es una obra de la ingeniería española del siglo XVII, edificado para transportar el material usado en la edificación de la capilla, la basílica y el convento.
Para los amantes de la naturaleza en las afueras de Monguí se encuentra el páramo de Ocetá, que recibe su nombre de una princesa indígena que tras la muerte en combate de su enamorado, el guerrero Penagos, llegó a ese lugar sumergida en tristeza para morir de hambre y frío.
Ocetá, situado a unos 4.000 metros de altura, está colmado de frailejones, la vegetación típica de los páramos andinos, además de lupinos y animales como venados de cola blanca.
En el páramo también se puede visitar La Mesa, un tablón de piedra donde se presume que los pueblos precolombinos hacían sacrificios a los dioses; la "Calle del Eco"; la Ciudad Perdida y la cascada de los Penagos, que según la leyenda se formó por el llanto de Ocetá.
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