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TECNOLOGÍA

¿Fraude electrónico en época de elecciones?

El cable de fibra óptica que conecta a Venezuela con Cuba levanta sospechas entre los expertos de que los resultados pueden ser alterados por el régimen de La Habana

ALBERTO SCHARFFENORTH*
@digitalaldea

Una de las primeras medidas que tomó el ya fallecido Hugo Chavez al ganar las elecciones con amplia mayoría en 1998 fue encomendar la implementación de un sistema automatizado de votación con la declarada intención de acercar más el derecho al sufragio, consagrado en la constitución vigente para aquel momento, a la mayor cantidad de personas posible.

Desde entonces, y luego del cumplimiento de este deseo para la celebración del referéndum para convocar una Asamblea Constituyente en 1999, el fantasma del fraude perpetrado mediante la manipulación de los sistemas automatizados que asisten todo el proceso de sufragio ha acompañado las más de 10 elecciones celebradas en Venezuela durante los 15 años de la llamada revolución bolivariana.

Automatizado vs Asistido

Uno de los temas de mayor polémica que han acompañado la conducta electoralista que caracterizó a los mandatos de Chávez  y a la elección en la que se le otorgó el triunfo al actual presidente Maduro en medio de muchas protestas y denuncias de fraude, es la percepción de que mediante la implementación de un sistema electrónico de votación, utilizando máquinas que se conectan en línea o por sesiones acumulativas a uno o varios centros de totalización, es posible manipular los resultados cambiando la proporción de votos sufragados en cada mesa electoral. Lo cierto de esto es que el sistema electoral venezolano, basado en la ley que lo gobierna, otorga mayor jerarquía al acta física que es compartida entre los actores electorales, es decir, los representantes o testigos de las mesas.

Esto significa que en el caso de existir una inconsistencia entre el resultado reflejado en una o varias actas físicas y el transmitido electrónicamente al centro de totalización, el resultado que se acepta como válido es el que consta en el acta física que ha sido firmada por las partes en pugna.

Luego de la celebración del referéndum revocatorio del mandato de Chávez en 2004 en el cual resultó vencedor por clara mayoría el teniente coronel, se desató un huracán de protestas de los sectores opositores denunciando un masivo fraude efectuado mediante el sistema automatizado que había sido recién estrenado a un costo de cientos de millones de dólares para esa ocasión. Se acudió a la asistencia del Centro Carter cuyos representantes, después de efectuar una auditoría de cotejo con las papeletas y los resultados de la totalización electrónica dictaminaron que no existía una desviación evidente que pudiera invertir el resultado de la consulta. Esta situación provocó un estado de descalabro tal en los cuadros políticos de la oposición y en sus simpatizantes, que la enorme mayoría de ellos no acudieron a las elecciones del año siguiente para designar a la Asamblea Nacional, quedando esta totalmente dominada por el Socialismo chavista.

Hoy en día es casi imposible probar si en efecto ocurrió un fraude en aquella ocasión. Lo cierto es que para entonces, la protección con que contaban los actores electorales para que el resultado de la voluntad popular fuera respetado, que consistía en la conservación de las actas físicas para su cotejo y denuncia, era sumamente precaria; apenas 70% del total de los centros electorales contaba con cobertura eficiente de testigos de la oposición dejando todas esas mesas vulnerables a la fabricación de votos artificiales, ello sí, siempre correspondientes a un votante potencial real.

Secreto a voces

Otro de los fantasmas dominantes de la mitología electoral venezolana es la duda según la cual el gobierno podía conocer por quién había votado una persona determinada en base a las secuencias ejecutables en los programas de automatización que gobiernan la correlación entre el registro de votantes y la aplicación residente en la máquina de votación. En una ocasión, a raíz de la implementación de un lector de huellas dactilares que se incorporó al sistema automatizado se corrió la voz según la cual era posible saber por quién había votado alguien determinado por efecto de la relación de conexión entre la capta huella y la máquina. Nunca se llegó a hacer una comprobación satisfactoria y determinante en un sentido u otro, a pesar de que el gobierno accedió a ejecutar algunos cambios aparentemente orientados al blindaje del secreto. El resultado de esta situación fue la duda sembrada en las conciencias de los votantes temerosos ya fuera por su dependencia del gobierno o por temor a otro tipo de represalias.

El cable submarino

En 2010 fue culminado el emplazamiento de un cable submarino tendido entre las costas venezolanas y la isla de Cuba. Era el primer medio de transporte directo de alta capacidad con que contaba el régimen comunista de los Castro con el mundo exterior. Anteriormente la isla había tenido que conformarse con la costosa y limitada comunicación satelital para las conexiones telefónicas y de datos. No había sido aún concluida esta facilidad tecnológica cuando comenzaron a surgir los rumores de que ella tenía la finalidad de manipular los resultados de las elecciones desde La Habana. Sobre este particular vale decir que solo con perfeccionar la presencia de testigos en las mesas para lograr una cobertura completa y el consiguiente control sobre el total de las actas físicas sería suficiente para conjurar la ocurrencia de tal acto de injerencia extra territorial. Pero también es válido acotar que la magnitud de la información relativa a la transmisión de los resultados electorales es tan pequeña que podría compararse la capacidad necesaria para completar unos pocos cientos de llamadas telefónicas. No hacía falta un cable submarino de varios cientos de millones de dólares para tal fin. Cierto sí es que también este episodio contribuyó a cultivar las dudas sobre la confiabilidad del sistema automatizado de votación venezolano, dejando para la reflexión quién se beneficiaría de las mismas.

Rodajas de salami

Ninguna tecnología es por si sola perjudicial al ejercicio de cualquier derecho o libertad ciudadana.  En los países libres y democráticos los sistemas de vigilancia electrónica sirven para la protección de amenazas criminales. En los autoritarios sirven para controlar y someter a la sociedad en pleno. En los regímenes donde no hay equilibrio de poderes y contraloría institucional la tecnología puede ser utilizada para generar zozobra y un estado general de sospecha. Pero estos sistemas neoautoritarios han desarrollado formas sofisticadas para usar la tecnología de forma que ninguna transgresión sea tan notoria que pueda ser fácilmente detectable. Por ejemplo, resulta imposible movilizar un ejército de 200 mil personas que voten dos veces con documentos falsos. Pero 10 o 15 mil sí. Y también es posible simular 20 o 30 centros de votación fantasmas en lugar de 400.  Y del mismo modo se puede poner a votar a unos 2 mil muertos a falta de 50 mil. Este conjunto de técnicas ejecutadas con la ayuda de sistemas logísticos y un manejo muy sofisticado de bases de datos puede potencialmente de forma conjunta cambiar el resultado de una elección aunque sea por un par de cientos de miles de votos. 

Para el momento en que se publique este artículo se estarán anunciando los resultados de las elecciones parlamentarias en Venezuela. Algunos dicen que ellas tienen una significación plebiscitaria, pero la forma como está diseñado el peso proporcional de los votos para elegir representantes de un sector u otro, puede provocar que una diferencia de 20 puntos a favor de la oposición de ese país solo genere una diferencia de la mitad en cantidad de curules obtenidos. Resulta difícil creer que un régimen con un record de conducta como el venezolano recibirá alegremente un resultado demoledoramente contrario como el que pronostican todas las encuestas. Allí no será la manipulación orquestada de los dispositivos tecnológicos la que pueda determinar el desenlace sino la sensatez quienes constituyen el fiel de la balanza. En este caso, electrónica.

*Alberto Scharffenorth es experto en Mercadeo Tecnológico, empresario de telecomunicaciones y Creador de la Fundación Aldea Digital

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