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OPINIÓN

La ideología y las pasiones ciegas: una ecuación para el fracaso

Cada uno de nosotros posee una interpretación del mundo y, con frecuencia, la defiende como si fuera la verdad misma

Por YALIL GUERRA

La ideología es un tema complejo. Diría que puede llegar a convertirse en una poesía escrita por una mente retorcida: capaz de embellecer lo absurdo, justificar lo injustificable y convencernos de que el fracaso es una victoria que todavía no sabemos comprender. Al final, somos lo que creemos, lo que vemos y, muchas veces, también aquello que decidimos ignorar aun teniéndolo frente a nosotros.

Lo que hoy me concierne no tiene una geografía específica. No tiene colores rojos ni azules, ni está dirigido contra una persona, un partido o una religión. Es una observación que me acompaña desde hace muchos años. Sé que estas reflexiones pueden herir susceptibilidades, pero tampoco quisiera que la precaución terminara convirtiéndose en silencio. Las dejo abiertas, como una invitación a mirar hacia dentro o, si hace falta, a soltar un grito.

Las creencias, sean políticas, religiosas o de cualquier otra naturaleza, encuentran un espacio en nuestra existencia. Les abrimos la puerta porque nos parecen justas, creíbles o necesarias, mientras dejamos fuera aquello que nos incomoda o contradice nuestras certezas. Aceptamos unas ideas y rechazamos otras, a veces después de examinarlas; otras, simplemente porque unas nos acarician y las otras nos duelen.

Sin embargo, no todo lo que hoy somos entró en nuestra vida con nuestro consentimiento consciente. Mucho llegó sin pedir permiso: mediante una conversación, una lección repetida, una imagen o la pantalla de un teléfono. Esos dispositivos que tanto nos facilitan la vida también pueden servir como armas de adoctrinamiento masivo. Todo depende de quién construye el mensaje y de cuánto estamos dispuestos a cuestionarlo.

Mi pregunta es: ¿quién está en lo cierto? ¿Quién tiene la verdad ante las preguntas que nos enfrentan?

La incertidumbre puede ser abrumadora. Cada uno de nosotros posee una interpretación del mundo y, con frecuencia, la defiende como si fuera la verdad misma. Pero creer profundamente en algo no lo convierte en cierto. La pasión puede sostener una convicción; demostrarla exige mucho más.

Buena parte de nuestras certezas comienza a formarse en la infancia, primero en casa y luego en la escuela. Allí recibimos conocimientos, pero también una manera de mirar el mundo, atravesada por el país, la religión, la época y las construcciones sociales que nos rodean. Aprendemos lo que debemos admirar, lo que debemos condenar y, en ocasiones, hasta las preguntas que conviene no hacer.

Revisar esos conocimientos, verdades o medias verdades requiere un valor extraordinario. No todos estamos dispuestos a descubrir que algo defendido durante décadas podría estar equivocado. Hay ideas que terminan fundiéndose con nuestra identidad: cuestionarlas se siente casi como una agresión contra nuestra propia existencia.

Ahí surge otra pregunta: ¿por qué defendemos algo que no funciona? ¿Por qué insistimos cuando lo vivido nos advierte que ese camino no conduce adonde nos prometieron?

Quizás porque reconocer el fracaso también nos obliga a reconocer nuestra participación en él. Cuesta admitir que entregamos años, afectos y esperanzas a una promesa incumplida. A veces preferimos buscar otro culpable antes que revisar aquello en lo que creemos. Y así, lo que comenzó como una convicción termina convertido en una pasión ciega.

El ser humano está hecho de hábitos, de pequeñas repeticiones diarias que sirven de sostén a su existencia. Cambiarlos cuesta, y mucho, especialmente cuando nos acostumbramos a las delicias de la vida. También el pensamiento adquiere hábitos: repetimos argumentos, acudimos a las mismas voces y descartamos de antemano lo que pueda perturbarnos.

Por eso, quien pretende influir sobre nosotros encuentra un terreno fértil en nuestras costumbres, nuestros deseos y nuestros temores.

La libertad, la soberanía, el placer y hasta la autodeterminación parecen elecciones enteramente nuestras. Quiero creer que tenemos la capacidad de decidir, pero también me pregunto cuánto de lo que deseamos ha sido sembrado previamente en nuestra mente. ¿Lo escogimos después de pensarlo o aprendimos a desearlo de tanto verlo?

Despertar la conciencia y desarrollar el pensamiento autocrítico es una responsabilidad individual. Y esa exigencia también me incluye. No basta con señalar la manipulación ajena: hay que examinar las ideas propias con la misma severidad con que juzgamos las del vecino.

Conformarme con caminar como una oveja por este mundo me produce escalofríos. Pero tampoco puedo asumir que estoy libre del rebaño solo porque me considero independiente. Debo preguntarme, una y otra vez, de dónde vienen mis certezas y qué evidencia estaría dispuesto a aceptar para cambiarlas.

Para salirse de este juego es necesario abandonar algunas cosas de nuestra vida cotidiana, el celular. ¿Les ha pasado por la cabeza volver a uno de aquellos teléfonos antiguos, o quizás vivir sin ninguno? Sé que la propuesta puede sonar ridícula. Estamos tan acostumbrados a estas herramientas que prescindir de ellas parece una renuncia imposible.

Sin embargo, Madrid, París, Nueva York, Ciudad de México y La Habana existían mucho antes del teléfono inteligente. Se levantaron edificios, se compuso música, se transmitieron conocimientos y se organizaron sociedades sin llevar una pantalla en la mano. Recordarlo permite poner en perspectiva nuestra dependencia actual.

Entonces, ¿cuán preparados estamos para vivir sin aquello que hoy damos por garantizado?

Pienso en la posibilidad de una guerra de alcance mundial y, sobre todo, en lo que significaría una confrontación nuclear. Me inquieta nuestra capacidad de seguir deslizando un dedo sobre la pantalla mientras contemplamos noticias de destrucción, como si la distancia pudiera protegernos de todas sus consecuencias.

Ojalá las futuras generaciones no tengan que reconstruir sobre las ruinas que les dejemos. Si algún día les corresponde hacerlo, necesitarán mucho más que herramientas: tendrán que decidir qué conservar de nuestras ideas y qué errores no repetir.

Porque el adoctrinamiento puede comenzar de nuevo, incluso entre los escombros. Siempre habrá alguien dispuesto a ofrecer una verdad absoluta y alguien necesitado de creer en ella.

La pregunta es si tendremos el valor de examinarla antes de entregarle, otra vez, nuestra conciencia.

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