En el corazón del progresismo contemporáneo se halla una matriz inconfundible, la llamada dialéctica del conflicto. No importa el tema —identidad personal, familia, etnia, medioambiente, religión—, siempre hay una misma clave explicativa: alguien oprime, alguien es oprimido. Una clase debe ser vencida, una identidad debe ser disuelta, un orden debe ser invertido. Es la vieja lógica marxista de la lucha de clases que inunda todos los ámbitos de la existencia humana. Donde antes se alzaba la figura del burgués contra el proletario, hoy se dibujan nuevas oposiciones: hombre contra mujer, padres contra hijos, heterosexual contra disidencia, civilización contra naturaleza, religión contra deseo.
La dialéctica de los contrarios no busca ya comprender el mundo, sino desfigurarlo. No promueve la comunión, sino la fractura. La identidad ya no es herencia, es campo de batalla. Se trata de imponer un nuevo sentido común, tal como lo propuso Gramsci.
El sujeto moderno ya no se reconoce a sí mismo. La consigna “soy lo que decido ser” oculta una despersonalización radical, el rechazo de la naturaleza humana, del don originario que nos antecede a nosotros mismos. Judith Butler, una de las figuras más influyentes de la teoría de género, lo expresa así: el género no es el resultado de una esencia, sino un acto performativo que produce el efecto de una esencia.( Gender Trouble, 1990). Por consiguiente, la identidad personal es una construcción voluntaria. Y por tanto, no hay varones ni mujeres dados, sino roles asumidos que pueden y deben ser subvertidos. La diferencia sexual deja de ser fuente de igualdad, diferencia y complementariedad para convertirse en eje de opresión. Paul B. Preciado, más radical aún, va más allá de la crítica a la categoría binaria varón-mujer: el sistema de sexo/género no es una estructura biológica, sino un régimen epistemológico, político y farmacopornográfico. (Testo yonqui, 2008).
En este nuevo escenario, la afirmación de que “soy varón” o “soy mujer” se vuelve ofensiva, excluyente, retrógrada; la verdad radical de la persona, cede ante el deseo emancipatorio.
En esta lógica del conflicto, la relación entre varón y mujer se convierte en campo de lucha. El amor, el eros purificado, perfeccionado, por el ágape y la fecundidad derivada, dejan de ser vínculos constitutivos y se transforman en expresiones de dominación. Kate Millett lo formula así: Toda relación sexual es una relación de poder, y la ideología patriarcal ha naturalizado esta desigualdad.( Sexual Politics, 1970).
Desde esta perspectiva, la heterosexualidad no es una condición, sino expresión de un régimen opresor. Todo lo que se derive de aquello está bajo sospecha. Silvia Federici, por su parte, insiste en que el control del cuerpo femenino por el hombre no es un accidente histórico, sino la piedra angular de la organización capitalista, ya que: la opresión de las mujeres fue condición previa para la acumulación originaria. (Calibán y la bruja, 2004).
La solución, entonces, no es la reconciliación y complementariedad entre varones y mujeres, sino la insurrección. El varón es denunciado como portador de privilegio y la mujer ya no es madre o esposa sino sujeto político autónomo que debe emanciparse. La igualdad esencial, la diferencia en sexualidad y la complementariedad entre la persona femenina y masculina, ha desaparecido. Ya no hay mujeres y varones, solo enemistad, lucha, guerra permanente.
Si el sexo es opresión, la familia —como institución fundada sobre la diferencia sexual y la transmisión de la vida— debe ser desmantelada. Friedrich Engels lo expresó en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884): la primera opresión de clase coincidió con la opresión del sexo femenino por el masculino en la familia monogámica. Pues la familia no es una institución natural sino expresión de la burguesía opresora. La familia ya no es una comunidad de vida y amor, sino una cárcel. Los padres no son guías, sino opresores. En los discursos actuales sobre crianza respetuosa, derechos de la infancia y autonomía progresiva, se insinúa esta misma lógica: los hijos deben ser protegidos... de sus padres.
El progresismo educativo lo traduce en manuales, currículos, políticas públicas. El niño se convierte en sujeto de derechos antes que en miembro de una comunidad de enseñanza y aprendizaje. La autoridad parental es vista como sospechosa. La patria potestad como instrumento del heteropatriarcado. Y el hogar, como estructura a intervenir por parte del estado.
La lucha de clases se traslada también al campo étnico. El varón blanco europeo es presentado como el gran opresor planetario. La categoría de “raza” no se supera, sino que se reactiva como trinchera. Aníbal Quijano lo sintetiza así: el colonialismo no terminó: se transformó en colonialidad del poder, que continúa jerarquizando el mundo a través de la raza y la cultura. (Colonialidad del poder, 2000). Walter Mignolo profundiza esta visión, afirmando que la razón occidental es en sí misma racista: la epistemología eurocéntrica impone lo que cuenta como conocimiento y excluye otras formas de saber. (La idea de América Latina, 2005). La lucha ya no es solo por derechos, sino por narrativas. Occidente es demonizado. Lo indígena se vuelve paradigma. El mestizaje es sospechoso. La reconciliación, imposible.
En el ámbito ecológico, la dialéctica se expresa como lucha entre el hombre y la naturaleza. Murray Bookchin lo formula en clave anarquista: La dominación del hombre por el hombre precedió a la dominación de la naturaleza. Liberar a la naturaleza exige liberar primero a la sociedad. (The Ecology of Freedom, 1982).
Vandana Shiva, desde una visión ecofeminista, acusa a la ciencia moderna y al desarrollo económico de ser formas de colonialismo contra la naturaleza: El desarrollo es una guerra contra las mujeres, contra los pobres y contra la naturaleza. (Staying Alive, 1988). En esta visión, el ser humano ya no es custodio de la creación, sino agresor. El trabajo y progreso técnico asociado es ecocidio. Pues el trabajo deja de ser un modo en que el hombre se perfecciona y perfecciona el mundo a su cuidado.
Finalmente, incluso Dios es convertido en opresor. Ludwig Feuerbach ya lo había anticipado cuando afirmó que: el secreto de la teología es la antropología: el hombre proyecta en Dios su esencia alienada. (La esencia del cristianismo, 1841). Nietzsche lo exclama sin contemplación: Dios ha muerto.( La gaya ciencia, 1882).
Para el progresismo contemporáneo, la religión es el último enemigo. Porque representa la verdad, el límite perfectivo y el sentido de la vida más allá de la muerte. Toda forma de trascendencia se vuelve sospechosa. La fe y la liturgia; lo sagrado, se difumina en lo intrascendente y ridículo.
El resultado de esta expansión de la lucha de clases a todos los planos de la existencia humana, es un sujeto fracturado, una comunidad rota, una cultura en guerra consigo misma. Ya no hay unidad; ni orden; ni origen, solo conflicto. El progresismo posmoderno ha convertido la dialéctica de los contrarios en principio total y absoluto. Y la persona —dividida entre deseos, contradicciones e identidades enfrentadas— se disuelve en un panteísmo igualitario.
Dejar atrás la ideología progresista despersonalizante para recuperar el sentido común, es una tarea que consiste en volver a proclamar que el hombre y la mujer no son enemigos, que la familia no es cárcel, que la identidad no se elige, que la tierra es hogar, no trinchera, y que Dios no oprime, sino que ama. Más aún, promover los radicales antropológicos que caracterizan a la persona femenina y masculina: la gratitud, la ayuda mutua y el perdón. Tal empeño, implica un esfuerzo notable y superador del odio y de la cultura de la muerte por la cultura de la vida y la civilización del amor. En este sentido, Sófocles, puso en boca de Antígona frente al tirano Creonte, lo que podría ser una actitud superadora de la fragmentación antropológica del progresismo contemporáneo que tiene como motor la lucha y el odio: No he nacido para odiar, sino para amar.