MIAMI. – Una de las más devastadoras fuentes confidenciales del periodismo moderno fue Mark Felt. El ex subdirector del FBI que a mediados de los años 70 del siglo pasado ayudó al The Washington Post a desentrañar la madeja de mentiras, engaños y corrupción que la administración de Richard Nixon tejió alrededor del escándalo Watergate.
Las batallas de la Casa Blanca con el FBI no siempre tienen finales felices
Fue el hombre, que en las conversaciones de madrugada en un estacionamiento de Washington, al explicar al periodista Bob Woodward las patrañas de la Casa Blanca acuñó una expresión que se ha trasformado en una leyenda: “Sigue el rastro del dinero”.
Felt era entonces un hombre desilusionado. Muerto el fundador y legendario director del FBI, J. Edgar Hoover, lo natural era que el entonces subdirector asumiera el cargo. Pero Nixon se decidió por L. Patrick Ray, que lo ejerció hasta abril de 1973 sin lograr una confirmación senatorial. La movida del expresidente nunca le gustó a Felt e éste inició una serie de filtraciones sobre el escándalo Watergate, que terminó con la renuncia del presidente, la primera de un mandatario en el ejercicio de su cargo.
El vicedirector del FBI había ganado la partida, en cierto sentido protegió el estado democrático han considerado historiadores, y demostró temprano algo que muchos observadores han sacado a relucir en estos días, es muy difícil ganarle una batalla al FBI.
El jueves, CNN emitió una historia según la cual el jefe de despacho de la Casa Blanca, Reince Priebus, había pedido al FBI que desmintiera oficialmente la existencia de conversaciones no autorizadas entre miembros de la campaña del presidente Donald J. Trump y funcionarios rusos, antes de la victoria en las elecciones de noviembre. La existencia de las conversaciones fue desvelada la semana pasada por el The New York Times, lo cual llevó al jefe de despacho a pedir ayuda al FBI.
Aunque el viernes el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, insistió en que la historia del diario de Nueva York no era cierta, en un briefing informal en otro momento ese día, la Casa Blanca no negó la existencia de esos contactos. Sin embargo, sostiene que no hay nada de malo en ellos y un funcionario superior de la administración aseguró que el FBI considera que tampoco sucedió nada reprochable.
Aun así, el ex asesor de seguridad nacional, Michael Flynn, tuvo de renunciar porque negó al vicepresidente, Mike Pence, sus conversaciones con el embajador ruso en Washington, con quien habría discutido la posibilidad del levantamiento de las sanciones de Washington a Moscú, implementadas por el expresidente Barack Obama.
Durante décadas, los presidentes de ambos partidos han prohibido a sus equipos de trabajo conversar sobre investigaciones o casos policiales sin el permiso del abogado de la Casa Blanca. Aparentemente es lo que ha sucedido, aunque el viernes uno de los portavoces de la mansión presidencial, Michael Short, afirmó a la cadena NBC que Priebus “no conversó (el 15 de febrero) sobre ninguna investigación sino sobre las imprecisiones en el articulo del The New York Times”, con el subdirector del FBI, Andrew McCabe.
Según el articulo, el jefe de despacho de Trump habría preguntado a McCabe, “¿qué se puede hacer con esto?”, en el sentido de llevar a la agencia federal a desmentir la noticia públicamente, según revelaron a la cadena NBC funcionarios superiores de la administración. El subdirector contestó que debería consultarlo con su jefe, el director del FBI James Comey. Posteriormente, ambos telefonearon a Priebus e enfatizaron que no iban a hacer nada. Y la Casa Blanca no puede más que protestar y dejar el asunto como está.
A menos, claro está, que Trump decida publicar otro comentario en su cuenta Twitter como el que soltó el viernes, en dos partes: “El FBI es totalmente incapaz de detener las filtraciones de seguridad nacional que han permeado nuestro Gobierno durante mucho tiempo. No pueden ni siquiera encontrarlos dentro del mismo FBI. Están dando información clasificada a la prensa y que puede tener un efecto devastador para Estados Unidos. ENCUÉNTRENLOS”.
Pero ésta no fue, ni de lejos la primera batalla de un presidente con el FBI. En octubre, el presidente Obama criticó duramente a Comey por haber filtrado la reapertura de una investigación federal contra la entonces candidata presidencial demócrata, Hillary Clinton, sobre el uso de sus correos electrónicos oficiales.
Los demócratas consideran que la filtración tuvo un impacto sumamente negativo en las aspiraciones presidenciales de la ex secretaria de Estado. Pero Comey sigue ahí porque los directores del FBI son nombrados por un periodo de 10 años.
Los encontronazos entre la Oficina Oval y el FBI también han tenido momentos silvestres cuando, por ejemplo, agentes federales se dedicaron a recoger las muestras de sangre y ADN de la becaria Mónica Lewinski que por poco le cuesta la presidencia al expresidente Bill Clinton al final de la década de los 90. El presidente no pudo impedirlo.
A mediados de los 60, tras el asesinato de John F. Kennedy, su sucesor Lyndon Johnson quiso deshacerse de Hoover. No lo logró. La fuerza política y capacidad de manipulación entre bambalinas del legendario director fueron más fuertes.
El 2001, el entonces director de la agencia, Robert Mueller III no titubeó al momento de retar al ex presidente George W. Bush, una semana después de los atentados del 11 de septiembre a las Torres Gemelas en Nueva York. El director entró al despacho del mandatario y puso su lugar a la disposición si Bush no suspendía la orden de llevar a cabo registros domiciliarios de los sospechosos de terrorismo, sin el permiso de los tribunales. El presidente tardó unos días, pero terminó por ceder y Mueller se retiró tranquilamente el año 2013.
Es probable que el rifirrafe de la Casa Blanca con el FBI no se quede por aquí. Trump ha dado claramente a entender que no confía en la comunidad de inteligencia y quiere colocar allí a sus hombres. Todo indica que habrá batalla.
“Estas andanadas contra la comunidad de inteligencia son profundamente contraproducentes, golpean la moral y, francamente, hacen más difícil a nuestros agentes llevar a cabo su trabajo, a las oficinas sus funciones y salir al exterior a reclutar gente en todo el mundo”, porque “¿cómo van a poder reclutar a gente, poniendo en riesgo sus vidas, conseguir secretos, si no creen que el presidente va a valorar el producto de su trabajo conseguido con a tanto riesgo?”, comentó a la cadena ABC, el demócrata de más alto rango en el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, Adam Shiff.
@ruiefe
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