En la Venezuela de antes, la de hace más de 20 años, las fuerzas castrenses estaban ligadas a conceptos como honor, tradición, respeto…pero con el chavismo las cosas han cambiado radicalmente.
El país militarizado
Cuando Hugo Chávez llegó a la Presidencia de la República se inició una progresiva militarización. Su objetivo siempre estuvo claro: convertir las fuerzas castrenses en un partido al servicio de la llamada revolución bolivariana
Cuando Hugo Chávez llegó a la Presidencia de la República se inició una progresiva militarización. Su objetivo siempre estuvo claro: convertir las fuerzas castrenses en un partido al servicio de la llamada revolución bolivariana.
Esa era, en aquel momento, la via más rápida y segura para mantenerse en el poder. Involucrar a los militares en el Gobierno a través del otrora famoso Plan Bolívar 2000, fue apenas el primer paso, una jugada bidireccional que abría a los representantes castrenses nuevos espacios a cambio de lealtad.
El esquema funcionó y, poco a poco, los militares de alto y medio rango comenzaron a ocupar cargos fuera de los cuarteles, en instituciones como hospitales, universidades y organismos gubernamentales. Un patrón que tras dos décadas se mantiene, no en vano 10 de los 32 ministros actuales vienen de los cuarteles.
Pero además, también la tropa tomó las calles bajo la excusa de la seguridad pública. Los soldados comenzaron a ser figuras cotidianas, tanto así que actualmente forman parte del paisaje que rodea a mercados, farmacias y otros comercios.
Lo que otrora fue casi un culto a la vida militar, se ha resquebrajado. No solo por los cambios en la estructura de mando, sino por la visión distorsionada de que en el marco del militarismo revolucionario todos los ciudadanos son combatientes.
Los militares venezolanos considerados capaces y eficientes, defensores de la patria, que no tenían participación política para garantizar la equidad y que vivían bajo normas y principios éticos, son ahora una imagen asociada al delito y el narcotráfico.
La militarización iniciada por Hugo Chávez, y afianzada por un Nicolás Maduro desesperado ante la inminente pérdida de la gobernabilidad, resulta ser una estrategia perversa para un país que giró 180 grados hacia el lado negativo.
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