martes 31  de  marzo 2026
Opinión

Cómo la triangulación de narrativas de Pekín, La Habana y Moscú difundió desinformación para debilitar a Occidente

Al radicalizar la retórica y consolidar a La Habana como centro, Pekín contribuyó a globalizar esta falsa dicotomía entre los movimientos de liberación de África, Asia y América Latina

Por JOHN SUÁREZ

Las narrativas y la desinformación tiene una relación simbiótica, de interdependencia, que hace que las primeras actúen de “andamiaje” capaz de hacer de la información falsa o engañosa algo creíble y persuasiva. Mientras que la desinformación se refiere a hechos falsos concretos o eventos fabricados, una narrativa es la historia general o el “lente” que da significado a esos hechos.

La falsa narrativa de Lenin sobre el imperialismo y un siglo de desinformación

Por ejemplo, Vladímir Ilich Lenin escribió en 1916 y publicó en 1917 "Imperialismo, fase superior del capitalismo". En esta obra el revolucionario ruso definió “el imperialismo como la etapa final y monopolista del capitalismo, caracterizada por la dominación global del capital financiero, los cárteles y la división del mundo entre naciones ricas”. Permítanme subrayar esta idea repitiendo la cita del capítulo siete: “Si fuera necesario dar la definición más breve posible del imperialismo, tendríamos que decir que el imperialismo es la etapa monopolista del capitalismo”.

Sin embargo, los historiadores profesionales señalan que el primer imperio de la historia fue el Imperio acadio (c. 2334–2154 a. C.), ubicado en lo que hoy es el centro de Irak. El Imperio acadio no era capitalista, sino que al contrario es considerado como uno de los más tempranos ejércitos de economía planificada o dirigida. El Estado se sustentaba en la autoridad de un rey, un ejército de burócratas y la fuerza militar, no un sistema de libre mercado.

La definición de imperialismo que hace Lenin omite la historia de imperios que tenían características similares a los regímenes de Moscú, Pekín y La Habana. Su definición crea una narrativa según la cual las democracias occidentales con sistemas de mercado son inherentemente imperialistas, mientras que los regímenes comunistas no lo son por definición, al no ser capitalistas.

Esta narrativa falsa constituye el fundamento de la campaña de desinformación de los regímenes comunistas para demonizar a las democracias occidentales y sus sistemas de mercado. Definen las democracias como sistemas inherentemente inclinados al imperialismo y, por el contrario, rechazan la posibilidad de que los propios regímenes comunistas puedan ser imperialistas.

Primer esfuerzo por romper la falsa narrativa leninista/soviética

El 13 de enero de 2026, en el Museo de las Víctimas del Comunismo en Washington D. C., el Center for a Free Cuba y la Victims of Communism Memorial Foundation organizaron la conferencia “60 años de terror cubano: cómo La Habana, con la Tricontinental de 1966, construyó una red global de terror”, donde presenté una ponencia centrada en las contradicciones del “antiimperialismo” cubano.

En mi intervención comencé proporcionando información básica.

La Conferencia Tricontinental, celebrada en La Habana del 3 al 16 de enero de 1966, fue el origen de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL). Aunque durante seis décadas proclamó dirigir sus esfuerzos a apoyar a grupos revolucionarios y terroristas en Europa, África, América y Asia con el objetivo declarado de luchar contra el imperialismo, en la práctica se dedicó a subvertir democracias y atacar regímenes autoritarios no comunistas.

Aunque correcta, mi presentación fue superficial. Afortunadamente, este encuentro me brinda otra oportunidad para profundizar en el otro legado de la Tricontinental: el rescate de la narrativa falsa preexistente que sistematizó y potenció difundiendo desinformación a mayor escala durante los últimos 60 años, causando un gran daño a la causa de la libertad y la civilización.

De alguna forma, el título de este evento, “Un año de desinformación: la guerra narrativa de Rusia en América Latina”, subestima el ataque sistemático y continuo de Moscú a la civilización occidental y su legado bolchevique de 110 años. Sin embargo, no deben ignorarse los papeles desempeñados por el castrismo y el maoísmo en la configuración del resultado final.

He estado revisando literatura y archivos sobre la Tricontinental y se evidencia una triangulación clara entre dos superpotencias y una potencia regional que competían por el control, mayor poder e influencia.

La Conferencia Tricontinental desempeñó un papel en la globalización, sistematización y difusión del "relato selectivo" del imperialismo enmarcada por Lenin y la Unión Soviética. Instrumentalizó la definición de Lenin para atacar el “imperialismo yanqui” occidental, mientras protegía a los Estados comunistas y sus aliados de esa etiqueta.

Este evento integró un marco de desinformación asimétrica en los movimientos de liberación del Tercer Mundo, redes de izquierda y el discurso global antioccidental, con ecos institucionales y culturales que persisten hasta la actualidad.

Las declaraciones, resoluciones y discursos de la conferencia encuadraron el “imperialismo” como lo hizo Lenin en 1916–17: como la etapa monopolista del capitalismo, centrada en el capital financiero occidental, la explotación neocolonial y la agresión militar. El discurso de clausura de Fidel Castro calificó al imperialismo yanqui como el “centro, eje y principal sostén” de la dominación global, uniendo a los delegados en la lucha contra él mientras presentaba la solidaridad socialista como su antídoto. El mensaje de Che Guevara (leído en voz alta) instaba célebremente a crear “dos, tres, muchos Vietnam” para rodear y derrotar a las democracias occidentales.

Cómo la ruptura sino-soviética radicalizó aún más los resultados de la Tricontinental

Tanto Pekín como Moscú asistieron a la Conferencia Tricontinental con delegaciones gubernamentales, pero la ruptura sino-soviética era visible: los discursos y maniobras incluyeron “pullas y recriminaciones” mientras ambas potencias competían por el liderazgo del frente antiimperialista.

Los maoístas no boicotearon ni abandonaron la conferencia; por el contrario, prefirieron participar para superar a los soviéticos en ideología y organización.

Los delegados chinos impulsaron el marco leninista del imperialismo como la “fase superior del capitalismo”, centrado en el capital financiero y la agresión de Estados Unidos/Occidente y rechazaron cualquier tentación de apaciguamiento por parte de los soviéticos mediante expresiones como “coexistencia pacífica” (considerada capitulación por Pekín). Un delegado chino declaró: “La Conferencia Tricontinental debe discutir la unidad de los pueblos de los tres continentes en la lucha contra el imperialismo y no la cuestión de la coexistencia pacífica”. Pekín, junto con La Habana, insistió en que la conferencia se centrara en la lucha armada popular contra el “imperialismo estadounidense como enemigo declarado de los pueblos del mundo y gendarme internacional”, apoyando el derecho a la revolución y la guerra popular.

Moscú habría querido establecer la OSPAAAL en El Cairo, pero Pekín logró que se ubicara en La Habana.

Al radicalizar la retórica y consolidar a La Habana como centro, Pekín contribuyó a globalizar esta falsa dicotomía entre los movimientos de liberación de África, Asia y América Latina. Las resoluciones de la conferencia y las publicaciones de la OSPAAAL (carteles, boletines) difundieron el marco leninista: democracias de mercado occidentales = imperialistas por naturaleza; Estados socialistas/comunistas = liberadores, sin autocrítica.

Esto significaba que no se condenarían la ocupación china del Tíbet, el genocidio en curso contra los uigures, las amenazas de Pekín de invadir Taiwán ni su negativa a reconocer su derecho a la autodeterminación, ni tampoco la iniciativa de la Franja y la Ruta, descrita como “diplomacia de la trampa de la deuda”, que obliga a países en desarrollo a ceder activos estratégicos a cambio de alivio financiero. Por el contrario, La Habana lideró de forma constante esfuerzos diplomáticos en Naciones Unidas para defender las acciones de China y evitar el escrutinio internacional. También apoyó las iniciativas coloniales y neocoloniales de Moscú, participando en atrocidades que alcanzan el nivel de genocidio.

Pekín y Moscú no socavaron la narrativa compartida; intensificaron la competencia por erigirse como el líder antiimperialista más puro.

Esta dinámica hizo la desinformación más potente: las audiencias del Tercer Mundo recibieron un mensaje unificado que justificaba las expansiones de Pekín y Moscú mientras demonizaba ( y aun demonizan ) a Occidente.

John Suarez es el director ejecutivo del Centro para una Cuba Libre. Fue oficial de programas para América Latina en Freedom House. Ha testificado sobre temas de derechos humanos en Cuba ante el Congreso de los Estados Unidos y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Washington, DC

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