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VENEZUELA

El peligro del odio

Mientras la sociedad civil se encamina hacia el hambre “a paso de vencedores”, Maduro sigue disociado inventando conspiraciones en cada esquina, magnicidios, planes desestabilizadores de la CIA, del Imperio y hasta de Narnia

Por EDITORIAL DIARIO LAS AMÉRICAS

La cuerda está tensa en Venezuela y ya no da para más. La situación entró en una espiral que pudiera tener un final desafortunado, una explosión social que está impulsando con su muy torpe manera de actuar Nicolás Maduro, quien se ha convertido en un experto en eso de tratar de apagar el fuego con un chorro de gasolina. Para tomar prestada una frase de Henry Ramos Allup, dirigida a una asambleísta chavista, “de inteligencia no se va a morir” Maduro.

Porque hay que estar muy desconectado de la realidad –a niveles de enfermedad mental- o ser alguien genuinamente maligno para desconocer lo que está sucediendo con su pueblo, con la sociedad que lo votó en 2013 para liderar a un país, que hoy en día es un compendio de tragedias.

Mientras la sociedad civil se encamina hacia el hambre “a paso de vencedores” –como bastante le gustaba decir al chafarote con ínsulas napoleónicas de Hugo Chávez-, Maduro sigue disociado inventando conspiraciones en cada esquina, magnicidios, planes desestabilizadores de la CIA, del Imperio y hasta de Narnia, tácticas ya cansinas y típicas de los charlatanes para tratar de esconder su fecunda incapacidad. En otras palabras, para Maduro, así como alguna vez lo fue para Fidel Castro, la responsabilidad de convertir a un pueblo en una sociedad de mendigos, la tienen otros.

Pero en Venezuela no sólo hay hambre, también hay un enorme rencor acumulado, un volcán que amenaza con hacer erupción y que pudiera devenir en un horrendo baño de sangre. Ante situaciones como esta, cualquier líder entendería que se debería priorizar la cabeza fría sobre la verborrea, extender puentes en lugar de dinamitarlos y apostar por la unión en vez de la ruptura. Pero Maduro ni el chavismo lo entienden. Aspiran a seguir succionando las mieles del poder y perpetuarse, sin entender que eventualmente los líderes opresores pueden terminar en el cadalso, como le tocó a Saddam Hussein, o aniquilados por un pueblo con ánimo de venganza, como le pasó a Gaddafi.

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