Fue Gabriela Mistral quien, en el discurso El sentido de la profesión, pronunciado en la Universidad de Puerto Rico en 1931, con ocasión de una graduación de profesionales, recordó una afirmación que, según decía, tenía muchos visos de verdad: “Todo el desorden del mundo viene de los oficios y de las profesiones mal o mediocremente servidos”.
El trabajo bien hecho y el desarrollo de las repúblicas hispanoamericanas
La incultura de la queja no es más que el atajo de los mediocres. Promover bienes exige más esfuerzo, pero también resulta más fecundo y apasionante
Llegar a la convicción de lo que encerraba aquella afirmación no fue algo que se le presentara como evidente de manera inmediata. Se preguntaba Mistral si no existían otras fuentes del mal colectivo. ¿No había acaso un desquiciamiento espiritual del mundo? ¿No existían problemas sociales y económicos causantes de la desgracia común? Solo después de observar muchas cosas y conocer el rostro de diversas crisis en distintos pueblos, advirtió finalmente que “el asiento geológico de los males más diversos era el anotado: los oficios y las profesiones descuidadamente servidos. Político mediocre, educador mediocre, médico mediocre, sacerdote mediocre, artesano mediocre: esas son nuestras calamidades verdaderas”.
Han transcurrido noventa y cinco años desde aquel discurso de Gabriela Mistral —en el que más adelante advertía que, debido a la mediocridad de los oficios y profesiones mal servidos, los grados y títulos habían caído en el descrédito— y el paso del tiempo no ha hecho más que confirmar la actualidad de sus palabras. La mediocridad de los oficios y profesiones deficientemente ejercidos provoca que “la religión, la moral, la economía y la pedagogía sean un cortejo ilusorio de la única realidad constituida por el oficio”.
La densidad antropológica de las consideraciones mistralianas debiera hacernos pensar seriamente en las causas del desorden de nuestras repúblicas hispanoamericanas, envueltas muchas veces en el voluntarismo del pensamiento mágico y en ideologías deshumanizantes. En este contexto, el mantra seudorreligioso del “trabajo bien hecho”, repetido hasta el cansancio por políticos, mientras proliferan la incompetencia y la mediocridad profesional, ya no alcanza para embaucar a los ciudadanos de a pie, que observan con creciente ironía la inconsistencia de tantos sofistas contemporáneos.
¿No es acaso el mal advertido por Gabriela Mistral una de las causas más profundas de las pobrezas que padecen nuestras sociedades hispanoamericanas en ámbitos tan diversos como la religión, la moral, la política, la salud, la economía o la educación? Sacerdotes mediocres, políticos mediocres, médicos mediocres, educadores mediocres, empresarios mediocres, artesanos mediocres.
La tentación de superar estos males ha derivado frecuentemente en remedios peores que la enfermedad. Afanes ideológicos refundacionales y verdaderos experimentos de ingeniería social prometen erradicar las estructuras de opresión heteropatriarcal, religiosa o capitalista, mientras la mediocridad adquiere carta de ciudadanía repartiendo pobreza y desesperanza. Sin embargo, no debe olvidarse que la mediocridad no tiene domicilio político ni pertenece exclusivamente al ámbito estatal. Como lo advirtió agudamente Mistral, se trata de un problema de gran hondura antropológica que termina por desvitalizar moral y culturalmente a nuestras sociedades.
Como es sabido, la incultura de la queja no es más que el atajo de los mediocres. Promover bienes exige más esfuerzo, pero también resulta más fecundo y apasionante. Gabriela Mistral, verdadera fuente generadora de recursos —utilizando la expresión homérica para referirse al hombre— propone un itinerario para superar la mediocridad de los oficios y profesiones que han dejado de servir a los demás.
Aunque la “enmienda radical y rápida” de un mal tan extendido estaba dirigida principalmente a los estudiantes universitarios, las consideraciones que propone pueden ser acogidas perfectamente más allá de las aulas y de los habitantes de la casa del saber humano.
La hondura antropológica de sus sugerencias, concebidas como una verdadera “flecha indicadora” para iniciar “una cruzada interior y exterior por la dignificación profesional”, encuentra su marco comprensivo en una afirmación de extraordinaria lucidez: las reformas “salen del tuétano del alma y asoman hacia afuera firmes como el cuerno del testuz del toro, o bien se hacen en el exterior como cuernecillos falsos pegados con almidón”.
El itinerario mistraliano —verdadero desiderátum moral y cultural— contempla un camino de perfección en tres tiempos y en gradas ascendentes.
El primero consiste en pensar la profesión o el oficio como un pacto con Dios o con la ciencia, que obliga profundamente al alma y, después de ella, a la honra mundana. El segundo exige organizar las corporaciones o gremios profesionales donde no existan y, allí donde ya estén constituidos, depurarlos de la corrupción y de la pereza, es decir, del relajamiento moral. El tercero consiste en obligar a la sociedad a restituir la consideración primordial a las profesiones que ha terminado por despreciar.
En el primer tiempo se encuentran las bases para el florecimiento del hombre que ejerce su oficio o profesión con excelencia y espíritu de servicio. A mi juicio, se trata de vivificar aquello que llamamos “trabajo bien hecho”, entendido no solo como eficiencia técnica, sino como servicio a los demás y perfección de la realidad. Dotado de una dimensión religiosa, moral, económica y educativa. Solo entonces, como advertía Mistral, estas dimensiones dejarán de ser “un cortejo ilusorio”.
En este sentido, la reflexión realizada en Chile por Juan Pablo II, en un discurso pronunciado en la CEPAL el 3 de abril de 1987, sintetiza admirablemente el amor al trabajo bien hecho: “Las causas morales de la prosperidad son bien conocidas a lo largo de la historia. Ellas residen en una constelación de virtudes: laboriosidad, competencia, orden, honestidad, iniciativa, frugalidad, ahorro, espíritu de servicio, cumplimiento de la palabra empeñada y audacia; en suma, amor al trabajo bien hecho”.
Y completando, en cierto modo, el segundo tiempo propuesto por Mistral, el Papa añadía: “Ningún sistema o estructura social puede resolver, como por arte de magia, el problema de la pobreza al margen de estas virtudes; a la larga, tanto el diseño como el funcionamiento de las instituciones reflejan estos hábitos de los sujetos humanos, que se adquieren esencialmente en el proceso educativo y conforman una auténtica cultura laboral”.
Advertimos así, de la mano de Gabriela Mistral y de san Juan Pablo II, el verdadero remedio para los males presentes. Como siempre ha ocurrido, el protagonista es el hombre y su perfección mediante la adquisición de virtudes que lo enriquecen en el pensar (logos), en el actuar (ethos) y en el hacer (téchne). Todas ellas son dimensiones propias del hombre como ser inteligente y político que, perfeccionándose, perfecciona la realidad y su relación con los demás.
Eso es, precisamente, lo que llamamos cultura: conocer el bien, actuar bien y hacer bien las cosas. Por ello, el trabajo bien hecho no constituye una actividad meramente técnica, sino una realidad profundamente religiosa, ética, económica y educativa.
La superación de la mediocridad en los oficios y profesiones —causa del desorden del mundo y de muchos de nuestros males presentes— implica, mediante este itinerario de perfección y virtud, “meterse en la realidad”, vivir humanamente, configurar el espacio y modelar el tiempo. Significa abandonar el voluntarismo y el pensamiento mágico para amar verdaderamente la realidad.
Finalmente, en un texto de Mariano Navarro titulado Sobre el trabajo, encontramos una notable síntesis del trabajo bien hecho como culminación de todo proceso de perfección en los diversos órdenes de esta actividad humana. En el plano personal, el hombre se realiza del modo más pleno; en el económico, alcanza el más alto nivel de competencia profesional; en el social —especialmente en las dimensiones profesional y familiar— obtiene verdadero prestigio; en el laboral, dignifica el trabajo mismo e inspira confianza; en el político, potencia el valor humano de un país; en el artístico, expresa la intuición de que todo lo bueno es también bello; y en el religioso, abre un camino nítido de perfección espiritual mediante el cumplimiento de los deberes ordinarios de un cristiano.
Acometer la tarea de superar los males presentes en las repúblicas hispanoamericanas, a través de un trabajo bien hecho, es una empresa apasionante. Comienza en nosotros, nos perfecciona interiormente, se ordena al servicio de los demás y contribuye al perfeccionamiento de la realidad creada.
Volver a las reflexiones de Gabriela Mistral y de san Juan Pablo II constituye, en este sentido, un verdadero tónico espiritual y cultural para sustituir la mediocridad por el servicio a los demás; es decir, por aquello para lo cual el hombre fue hecho y encaminarnos a la superación de las pobrezas que por tanto tiempo han azolado nuestras repúblicas hispanoamericanas.
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