Noté primero el perfume fresco y joven y el frenazo de unos tacones. Al instante, un suspiro de desesperación. Y entonces me giré. Yo era el primero de la fila y la causa de su malestar. Ella, tan guapa como apresurada, la segunda. Yo tenía en mis narices una de esas máquinas con las que en España puedes pagar por dos horas de parking, que cuesta más o menos lo mismo que alquilar un apartamento en la playa durante un mes. Nosotros y los diez que completaban la cola mirábamos a la máquina con los ojos indefinidos que ponen los tíos en los urinarios públicos. Los segundos se volvieron densos como en un cuadro de Dalí. “Alegoría del estoicismo”, podría llamarse la obra. Pero la verdad es que yo no sabía por dónde meter el ticket. Tal vez ha llegado la hora de alcanzar un acuerdo sobre el espinoso asunto de por dónde se meten las cosas y por dónde van a salir. No podemos pasarnos la vida buscando ranuras inalcanzables mientras el resto del planeta nos suspira en el cogote con suficiencia.
Encontrar la ranura
El problema es que lo que resulta intuitivo para una persona no lo es para los demás. Lo único realmente intuitivo para un hombre es golpear una pelota. Todo lo demás requiere un proceso intelectual severo
El mundo moderno cree que ha inventado lo intuitivo. El problema es que lo que resulta intuitivo para una persona no lo es para los demás. Lo único realmente intuitivo para un hombre es golpear una pelota. Todo lo demás requiere un proceso intelectual severo, que se produce en el interior del cerebro, según tengo entendido, y que puede calificarse de cualquier cosa menos intuitivo. De niños nos entrenan para meter aros de colores en un cono, e incluso ordenarlos por tamaños. Yo mismo podría completar ahora el juego y con los ojos cerrados. Pero lo del ticket es más complicado: solo es uno, solo funciona en una posición, solo hay un agujero, y a esa máquina del parking no le encontré el cono por ningún lado.
Al fin, resignado, tuve que hacerlo. Me giré y le pregunté a Pocahontas si sabía por dónde había que meterlo. Y ella, mirándome como se mira comúnmente a una babosa, pero a una babosa con malaria, señaló con indolencia la ranura, grande, rodeada de lucecitas, y con una pegatina con letras gigantes en donde se podía leer “INSERTE AQUÍ SU TICKET”. Queda descartado por tanto que se trate de un problema que pueda resolver mi oculista.
En estas máquinas tampoco sabes por dónde van a salir las monedas. Por suerte hacen ruido al caer, y si te dejas guiar como en un concurso de caza de patos con los ojos vendados, puede que logres acertar en el agujero adecuado. Sea como sea, hace tiempo que los apóstoles de lo intuitivo decidieron que todas las máquinas te devuelvan las monedas a la misma altura a la que te gustaría arrojárselas al ministro de Hacienda, si te permitieran pagarle tus impuestos en persona. Así que el único modo de recuperar el dinero sobrante es hacerle una reverencia al aparato, en esa especie de culto cibernético que tanto divierte a los fabricantes de estos cacharros, y doblar la espalda hasta límites insospechados, procurando no exhibir la ropa interior ante el resto del respetable del parking, muy dado siempre a comentar lo adecuado o no de los motivos florales o los tonos pastel en esta época del año.
La tecnología es lo que ocurre mientras crecen y disminuyen y mutan las diferentes ranuras que la vida nos va poniendo delante. Cada vez más. Se multiplican como contraseñas. Y si el siglo XX lo llenó todo de agujeros para tarjetas, el XXI está plagado de dispositivos de lectura óptica, que no han mejorado las cosas. Precisamente por ser más intuitivos que las ranuras, estos sensores nos vuelven seres extraños bailando flamenco en el descansillo de la escalera para conseguir que se encienda la luz antes de partirte los dientes en la entreplanta; que tiene ya más cruces en memoria de vecinos despeñados que el peor punto negro de una carretera bosnia.
Es tal la fiebre por automatizarlo todo que casi no queda gente de carne y hueso. Hace un par de noches, un poco confuso, intenté pagar en la autopista metiéndole la tarjeta de crédito en la boca a un empleado de caja que, igualmente confuso y tal vez algo contrariado, se limitó a exclamar mecánicamente: “Error: su tarjeta no ha sido leída”. Al segundo intento, entonces sí, alzó la voz tras escupir violentamente la Visa: “¿Le importa dármela en el mano?”. Sorprendido, mi reacción, por supuesto, fue tirarle de la nariz en busca de activar el “interfono” de emergencia para pedir auxilio a la central. Y él tampoco debió encontrar la ranura para levantar la barrera, porque intentó abrirme la cabeza a golpes de un modo muy poco ortodoxo y nada intuitivo, si lo que pretendía era que retirara mi tarjeta y continuara el viaje. Tal vez el tipo estaba también averiado.
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