Hacía años que no tenía una guardia tan larga: espero a Lucía. Y con ella, otro cambio de vida de esos que muchas veces ni siquiera podemos suponer. Espero, sin desespero, con paciencia, como se espera la esperanza, como se quiere la familia; espero y pienso en las largas esperas de mi medio siglo.
Esperando a Lucía...
Esperamos ver elevar la nación y fungir como emblema de un pueblo que se sabe distinto como para ser real, se conoce diverso y nos entendemos entre nosotros. Un pueblo del que ahora nos enteramos que tiene tantos problemas de discriminación y sexismo. A mí, que me crié con un gay al que quiero como un primo y jugué con todos los negros del barrio, que hoy son como mis hermanos
Hemos esperado tanto que el tiempo nos parece una patineta hecha de cajas de bolas oxidadas, una goma ponchada loma arriba, un incienso a punto de apagarse. Hemos esperado la vida entera: primero lo que llega, luego lo que debió llegar. Los cubanos tenemos ganados varios campeonatos mundiales de espera, porque hemos repetido tanto lo que queremos que hasta nuestras sombras a veces se olvidan de nosotros, llegando tan tarde que ya nuestros cuerpos están como ausentes para ellas.
Fuimos pacientes luchando contra el dominio español el día que entendimos que la independencia era la única solución para ser como éramos, el día que nos sentimos extraños a la colonia y decidimos dejar de ser útil debilidad de los conquistadores. El día en que nos sentimos ajenos al ceceo en la voz y mucho más próximos a la nueva era que se abría entre naciones raras, diferentes, pero vírgenes de la historia. Fuimos pacientes y luchamos 30 años por una libertad que luego estudiamos con nostalgia cómo se nos arrebató por un sueño imperial naciente.
Fuimos pacientes otros 30 años a ver si enderezaba la República con tantos trompones a diestra y siniestra. Esperamos ver elevar la nación y fungir como emblema de un pueblo que se sabe distinto como para ser real, se conoce diverso y nos entendemos entre nosotros. Un pueblo del que ahora nos enteramos que tiene tantos problemas de discriminación y sexismo. A mí, que me crié con un gay al que quiero como un primo y jugué con todos los negros del barrio, que hoy son como mis hermanos. Creo que si hubo racismo, discriminación, al barrio no llegó.
La paciencia es como la luz. Si miramos y no la vemos es como si no existiera, pero encendemos la vela. Mientras esperamos no tejemos nuestro aburrimiento; rompemos las cadenas, reinventamos el tiempo y entrelazamos los temas que más a mano tenemos. Por eso mientras esperábamos a que la República enderezara, hicimos una Revolución y dejamos en ella sangre joven y nuestra esperanza… por más de 50 años.
Ahora esperamos que las esperanzas den sus resultados. Cuando vemos una golondrina, ya creemos que llegó el verano. Salimos de nuestras casas al menor atisbo del amanecer porque la vida va pasando y lo que quisimos tarda. Se enreda en las esquinas de la vida. Lo entorpecen las personas que saben que el inmovilismo es su único aliado, y estirar el tiempo es su única salvación. Mientras tanto… mientras tanto tejen la telaraña de la continuidad del principal motivo de nuestra espera.
Viendo la televisión en Cuba me di cuenta de que el tiempo es esa extraña condición que puede enternecerse como la moda de nuestras abuelas. Leyendo la prensa cubana me parece que fue ayer cuando dejé mi puesto de reportero y salí de la línea de fuego con la falsa idea de que mi espera había terminado y me había arreado al otro lado del camino. El camino nuevo y esperanzador que solo trae lo nuevo y donde el viejo solo sería el recuerdo para contarle a mis nietos. Sí, porque lo que vendría serían los nietos.
¡¡Equivocado!! No hay manera de saltarse la historia. Nunca he podido cortar el cordón umbilical con los problemas que heredé de mis abuelos, y ellos de los suyos; no he podido sacarme la isla, ni el barrio, ni mi primo gay, ni los negros que son mis hermanos, ni el dominó de la esquina, ni los deseos de gritarle al amigo que no veo desde que monté en el avión... la última vez. No he podido separarme de los deseos de vernos juntos, todos, en busca del lugar que me juraron ocuparíamos en la historia.
Y no llegaron nietos, ¡todavía! Llegará Lucía con esa carga de alegría y responsabilidad con que se esperan los hijos, con el mismo salto en el estómago con que se regresa a la patria, se leen las últimas noticias y se espera que respondan al teléfonos cuando gastamos el dinero ganado el día anterior para saber cómo están nuestros viejos, nuestros pedazos de historia que también esperan.
La larga espera que a veces desespera. La necesidad de que acabe el inmovilismo y la cosa cambie. La impuntualidad de la historia con los que ya no están y no verán que, como todo, los cambios llegan, solo es cuestión de estar preparados para ellos y ayudar a la Historia a encontrar su camino.
Así espero a Lucía, cuando ella quiera llegar.
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