La humildad es una virtud. Esta sentencia la escuché en palabras de una psicóloga durante una de las primeras entrevistas que realicé para Diario las Américas, cuando en el año 2006 a solo dos de haberme convertido en una exiliada, gracias a la bondad de la familia Aguirre —entonces propietarios de Diario Las Américas — encontré en este legendario diario un espacio para perderle el miedo a vivir con la libertad que hasta ese momento me había sido negada en el país donde nací.
Llegué a Miami, respaldada por la entrega de un hombre, mi padre, que durante casi treinta años tuvo como ocupación única el trabajo para convertir a sus hijos y nietos en hombres libres.
Después de haberme graduado de estudios superiores en Cuba, pero con un analfabetismo absoluto en términos de derechos individuales porque crecí adoctrinada —y no me avergüenza decirlo—, gracias a que acepté escuchar y aprender para comenzar de cero, recorrí las aulas que fueron necesarias, trabajé en cuanta oportunidad me ofrecieron, puse atención a las experiencias de los que me precedieron y brindé mis servicios como aprendiz en una redacción, aunque ya tenía 16 años de ser una egresada universitaria.
No intento con este recuento situar mis vivencias como un paradigma, pero sí lo tomo como referente mientras reflexiono acerca de la ola de reacciones encontradas que invaden las redes y afloran en muchas de las charlas que se sostienen en Miami, tras la llegada a esta ciudad de Luis Manuel Otero Alcántara.
Otero Alcántara, conocido en Miami y con reconocimiento internacional como rostro identificativo de un grupo de extracción humilde que escogiendo el arte como herramienta, decidió romper con la narrativa de la inercia o resignación de las generaciones más jóvenes de la isla y que a través de representaciones muy peculiares, decidió expresar su inconformidad, hasta el sábado 18 de julio, aun entre quienes no sabían de su hacer, generaba empatía por ser considerado un rebelde ante la dictadura más cruenta y longeva de Latinoamérica.
Otero Alcántara no es un político de carrera, ni un estratega de conflictos, ni creo que alguien en Miami se haya creado esa expectativa con su llegada. Ni siquiera aquellos que clasifican en el grupo de quienes con propósitos peyorativos han sido señalados por allegados de Alcántara como trumpistas, porque esos designados trumpistas por su manifiesta aprobación a las políticas del presidente elegido por los estadounidenses, tienen claro que las más iluminadas de las mentes, bajo el influjo del laboratorio ideológico que es Cuba, requieren un tiempo para el despertar en libertad.
Lo que sí es cierto y considero necesario escribir para que con suerte alguien le haga llegar a Otero Alcántara es que entre los cubanos exiliados, los del exilio histórico, los de las oleadas más recientes, los considerados trumpistas y también los que no se identifican con ese calificativo, quizás cientos, estaban preparados para recibir y abrir los brazos a un joven con el que se identificaron por las innumerables huelgas de hambre reportadas, los maltratos psicológicos padecidos, las inhumanas condiciones de prisiones reseñadas y la verticalidad con la que escuchábamos enfrentaba los vejámenes de los represores.
Qué se rompió
Los periodistas, los que nos ganamos la vida reportando hechos y durante mucho tiempo tuvimos a Otero Alcántara como noticia, tras saber que había sido extraído de la cárcel y, según creíamos, se encontraba en paradero desconocido, secuestrado por la seguridad del Estado, mientras eso sucedía, exigíamos fe de vida del joven artista y retábamos desde nuestros reportes al régimen para que respetara su integridad física. En paralelo, resultábamos cuestionados y señalados por parte de quienes tenían la prerrogativa de preservar como un secreto guardado bajo siete llaves las informaciones sobre Otero Alcántara, “porque no había que dejarse presionar por la prensa”.
Tan guardado fue el secreto que la noche del viernes 17 de julio, cuando ya Otero Alcántara se había despedido de sus familiares en las instalaciones que, según su propio testimonio, le permitieron recibir visitas bajo la supervisión de sus captores, desde micrófonos y plataformas disímiles en Miami se le advertía al régimen que respetara la vida del joven artista porque se le creía en peligro.
El impacto mediático
Desde mi experiencia y porque conozco de cerca los métodos empleados por las mentes detrás del poder real en Cuba, que Otero Alcántara haya sido trasladado a una casa de visitas del Ministerio del Interior y le hayan permitido todas las lisonjas que él mismo ha descrito, ni me asombra, ni constituye noticia; lo asombroso es que Otero Alcántara con un historial contestatario previo haya elegido como centro de su primera entrevista formal en Miami ese relato en lugar de aprovechar la oportunidad ofrecida por el periodista Mario Pentón para en una de sus primeras comparecencias en libertad, levantar la voz y testimoniar en nombre de quienes en esa isla mal sobreviven.
Resultado de ese despropósito del que no culpo únicamente a Otero Alcántara, y sí a quienes en nombre de ser sus amigos allegados, le han visto cometer esas omisiones y repetir esas anécdotas en las que la seguridad del Estado cubano aparece como benevolente y permisiva. La prensa que reporta sobre Cuba, la que denuncia continuas violaciones y abusos contra los prisioneros de conciencia, figura como difusora de mentiras.
Pero además del ridículo asumido por los medios en este caso, así mismo han sido irrespetados los exprisioneros políticos residentes en esta ciudad sobre los cuales pesa el aval de décadas de prisión bajo condiciones que algunos se reservan en sus memorias y se niegan a describir.
Tampoco dudo que en el grupo de quienes se sienten desairados con este actuar se encuentren algunos de los cubanos de las primeras generaciones de exiliados que, sin ser políticos de carrera, a la par que trabajaron en lo que fuera posible para ganarse la vida, a base de respeto y civismo hicieron política para que los cubanos que les sucedimos contáramos con espacios ganados en este país que sin ser nuestro, nos ofrece asilo como refugiados de una dictadura.
No me preocupan los alimentos con los que Otero Alcántara pudo ser agasajado en la casa de descanso de los gendarmes del régimen porque el peso que pudieron hacerle ganar estaba calculado para generar toda esta disputa entre quienes desde verlo bajar del avión no vieron en su rostro las huellas del presidio político; las mismas que en muchos rostros, después de décadas de excarcelación aún permanecen intactas. Con el propósito de enviarnos una prueba de que aún nuestro discurso de denuncia puede ser desmontado desde La Habana, es que Otero Alcántara recibió “buen trato” por parte del MININT y para corroborarlo, él lo ofrece como testimonio.
No voy a caer por eso en la trampa de calificar a Otero Alcántara de agente, ni fabricarle una historia de infiltrado, porque, aunque parezca extraño, asumir ese juego resultaría hacerle un favor al régimen que disfruta esta polvareda pensada con la intención de que nos entretengamos mientras ellos ganan tiempo y se inventan cómo prolongar el fin.
Lo que sí busco con este pronunciamiento, como periodista en el ejercicio de las libertades que me son conferidas, es resumir en mis palabras el sentir de quienes consideran que gracias a una desafortunada combinación de egos desmesurados y negligente asesoría, la llegada de Otero Alcántara ha levantado una atmósfera enrarecida alrededor de un joven cuyo historial de rebeldía ante el régimen ha sido reemplazado por una imagen de mensajero de la indiferencia.