WASHINGTON.-SONIA SCHOTT
@schottv
La institucionalidad en América Latina
Las memorias de la OEA no estarían completas sin mencionar su accidentada trayectoria, resucitando de entre las cenizas para reinventarse en su función de custodia de la democracia
Darse un paseo por la OEA es un buen ejercicio para tomar el pulso de Las Américas. La oportunidad no pudo ser mejor con la visita del canciller dominicano quien logró reunir quórum un viernes, para oficializar a su país como sede de la próxima asamblea, que tiene el ambicioso título de Fortalecimiento institucional para el Desarrollo Sostenible.
Las reacciones no se hicieron esperar. ¿De qué instituciones hablamos? ¿La OEA, la ONU o la institucionalidad de los países miembros?, preguntaba un diplomático con la ironía de una genuina preocupación sobre la urgencia y capacidad de América Latina para asumir esos costos.
Cuestionamientos válidos que no son fáciles, pues hablar de “instituciones” abarca tantas áreas como fines: un personaje con valores extraordinarios, normas de conducta social, el lugar físico de establecimientos nacionales u organizaciones interestatales que han sido ideados por los Estados, instituciones en sí mismas, para regular actividades colectivas y menos como centros superiores de poder que imponen medidas coercitivas, o no sin previo acuerdo entre las partes; pero hay una esencia constante que les da vida: las instituciones trascienden las voluntades individuales por el bien común.
Es la interpretación de esta idea lo que causa al parecer la confusión en nuestros sistemas, despertando a menudo la tentación política, de si el bien común está justificado en la decisión personal del poder sin tiempo ni límites.
A propósito de los recientes cambios en la región y el referéndum en su país, el representante boliviano asegura que “estamos en la búsqueda constante de la propia identidad y el tema de las ideologías lastimosamente se diluye, circunstancia que nos vuelve más vulnerables, particularmente a Argentina y Cuba”, país al que adjudica el rol de gran mediador política, social y últimamente religioso, de la región.
Cierto o no, el anunciado viaje del presidente Barack Obama a esos dos países, promete la panacea siempre renovada de la apertura comercial, para luego dejar que las fuerzas de la economía hagan el resto.
La idea de Obama, en realidad tiene historia y viene de la mano de la propia Organización de Estados Americanos y su origen y según cuenta, se consolida inicialmente gracias a la invitación de Estados Unidos a los países del hemisferio, para discutir temas de arbitraje, resolución de controversias e “intercambio comercial recíproco y asegurar mercados más amplios para los productos de cada uno de los países”.
Abolengo político o comercial, las memorias de la OEA no estarían completas sin mencionar su accidentada trayectoria, resucitando de entre las cenizas para reinventarse en su función de custodia de la democracia, mientras ha sido utilizada, criticada, desautorizada o menospreciada por sus propios miembros en más de una ocasión, por no dar la talla o no ser oportuna o diligente ante las circunstancias tal y como usualmente se le exige a la justicia.
Cabe preguntarse entonces, cuáles son exactamente esas competencias, que a pesar de estar en la Carta Interamericana Democrática son interpretadas a voluntad de los gobiernos; y es que a veces demostramos más arraigo por las decisiones que emanan de la bandera de la soberanía, a toda costa y a toda prueba, haciendo parecer nuestras instituciones como cautivas de las fuertes personalidades que lideran esas democracias presidenciales.
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