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PUNTO DE VISTA

La mentira elegante de la libertad

Y aquí aparece la contradicción más incómoda: mientras más consciente eres, más evidente se vuelve tu falta de libertad

Por YALIL GUERRA

“Ser cultos es el único modo de ser libres”. José Martí

Repetimos esta frase como si fuera una verdad incuestionable, como si en ella se escondiera la llave de nuestra emancipación. Pero, ¿y si no fuera más que una ilusión sofisticada? ¿Y si la cultura no nos libera, sino que simplemente nos hace más conscientes de nuestra propia prisión?

Ser culto no rompe cadenas. Las ilumina.

El individuo instruido comprende mejor el sistema que lo oprime, reconoce sus engranajes, anticipa sus trampas… y aun así participa en él cada día. Se levanta temprano, trabaja, paga, cumple. La diferencia es que ahora sabe exactamente por qué no es libre. Y ese conocimiento, lejos de liberarlo, puede convertirse en una forma más refinada de angustia.

Porque la verdadera libertad no es entender el mundo: es poder ignorarlo sin consecuencias.

Y eso, seamos honestos, está reservado a una minoría.

Nos han vendido la idea de que la educación es el gran igualador, el camino hacia la autonomía. Pero basta observar la realidad para desmontar ese mito. Universidades llenas de mentes brillantes que terminan hipotecando su tiempo, su energía y su vida a estructuras que no controlan. Profesionales altamente capacitados atrapados en rutinas que detestan, sobreviviendo dentro de un sistema que no premia la cultura, sino la productividad.

La cultura, entonces, no libera: adapta.

Nos enseña a pensar mejor dentro de los límites impuestos. Nos entrena para navegar el sistema sin cuestionar demasiado su existencia. Nos da lenguaje, argumentos, discursos… pero rara vez nos da poder real.

Y aquí aparece la contradicción más incómoda: mientras más consciente eres, más evidente se vuelve tu falta de libertad.

El ignorante, al menos, vive sin esa carga.

El culto, en cambio, lleva consigo una lucidez que puede ser casi cruel. Ve la repetición absurda de la vida moderna, la rutina que devora el tiempo, el desgaste que se disfraza de progreso. Sabe que su libertad está condicionada, fragmentada, dosificada. Y aun así, no puede escapar.

¿O sí?

La respuesta, otra vez, incomoda: escapar tiene un precio. Y no todos están dispuestos o pueden pagarlo.

Porque salirse del sistema implica riesgo. Implica renuncia. Implica, en muchos casos, marginalidad. Y aquí es donde la advertencia de Benjamin Franklin resuena con una fuerza incómoda:

“Quien renuncia a su libertad por seguridad no merece ni libertad ni seguridad”. “Quien renuncia a su libertad por seguridad no merece ni libertad ni seguridad”.

Y sin embargo, eso es exactamente lo que hacemos a diario.

Aceptamos horarios, deudas, estructuras, dependencias. Cambiamos tiempo por estabilidad. Silencio por aceptación. Pensamiento por comodidad. No porque queramos, sino porque el sistema está diseñado para que esa sea la opción más viable.

La libertad absoluta, decidir sobre el tiempo, el cuerpo, el destino, no depende únicamente de la cultura. Depende del poder. Y el poder, históricamente, no ha estado en manos de los más cultos, sino de los más estratégicos.

Entonces, ¿qué nos queda?

Quizá aceptar que la cultura no es la puerta de salida, sino el espejo.

Un espejo que nos obliga a ver lo que somos: individuos conscientes dentro de una estructura que nos supera.

Y tal vez, en ese acto de ver, aunque duela, exista una forma mínima, casi irónica, de libertad.

No la que nos prometieron.

Pero sí la única que, hasta ahora, parece posible.

Por Yalil Guerra, Ph.D.

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