La violencia verbal y física ha protagonizado varios episodios vergonzosos durante la campaña presidencial norteamericana 2016. Entre insultos y gritos, los candidatos han expuesto sus posturas, mientras que los asistentes han mostrado su desacuerdo con golpes y riñas que ponen en duda los valores culturales y educativos de esta gran nación.
La violencia no es la solución
Es inaceptable que incidentes de violencia tengan lugar en un proceso que debe efectuarse en un ambiente de calma y reflexión. Sin importar qué puede disgustar tanto a los candidatos como a los asistentes, debemos tener claro que la intimidación no es el camino
Para muchos expertos en temas de política, el mensaje de estas elecciones lejos de buscar la unidad o el buen desempeño de los mítines políticos, ha propiciado más división entre los sectores sociales y también entre demócratas y republicanos, lo que a su vez ha desencadenado una ola de comportamientos violentos.
Los acontecimientos registrados indican que en las relaciones políticas de esta campaña la violencia está pasando a un primer plano como resultado de un diálogo fallido entre los candidatos, que no terminan de entender que quien se instale en la Casa Blanca no será el que más dinero haya invertido para popularizarse entre la gente, sino quien ofrezca un futuro mejor para los habitantes de este país.
Es inaceptable que incidentes de violencia tengan lugar en un proceso que debe efectuarse en un ambiente de calma y reflexión. Sin importar qué puede disgustar tanto a los candidatos como a los asistentes, debemos tener claro que la intimidación no es el camino para solucionar ningún conflicto y, mucho menos, los éticos o morales.
La opinión de líderes y activistas sociales señala que durante los últimos meses estos incidentes han cobrado fuerza y cada vez ocurren con más frecuencia y magnitud, situación que pone en el ojo del huracán la manera en que se están resolviendo las diferencias de opiniones en el ámbito electoral, cuya tarea es reflejar al país y al mundo una imagen austera y responsable.
Si históricamente la violencia electoral y política ha ocurrido en naciones tercermundistas que atraviesan crisis sociales o económicas, entonces resulta preocupante que ahora tenga lugar en un país que está considerado como uno de los más desarrollados y en el que la corrupción en las urnas no ha pasado a planos mayores.
Sería válido indagar si este es el inicio de una crisis social en la que los valores son echados a un lado por el libertinaje y el poder, o si estamos atravesando una crisis silenciosa que solo mostrará la cara cuando un acontecimiento mayor de violencia cause estragos en la sociedad y deje víctimas que, luego serán lloradas y pasarán a ser un ejemplo de lo que sucede cuando la violencia se cuela en la escena política.
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